Terror Universal
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Fecha de publicación: Octubre de 2016

El Fantasma de la Opera existió realmente [XIV entrega]

A través de esta investigación, nos proponemos echar luz en los precedentes históricos de una famosa creación literaria inmortalizada por el 7mo. Arte.

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Natán Solans



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Capítulo 12: El Romance, donde el lector no iniciado reconoce el popular relato, el nudo de la historia deformada por el cine, confundida por la tradición oral, vilipendiada por los pseudo-historiadores y periodistas sabiondos, crucificada al fin por los lectores, escuchadores y asistentes a los cinematógrafos que no tienen en su vida una pizca de romanticismo

Defilarán en este importante capítulo La pequeña Girí (devenida luego en la Noble Señora Baronesa de Castelet-Barbezac), su madre Madame Girí, la Prima Donna Carlotta (Carlotta Giudicelli de Orsini Baraldo), la Sorelli (Stephanie Sorelli Arnaud Surés), el ahorcamiento del tramoyista José Bouquet (quizá fuera ese el verdadero nombre, pese a sus alias), la desaparición de una soga, los directores salientes (Olivier y Halazier, del staff saliente de directores de la Opera de París, prolijamente documentado en Wikipedia) y el entrante (el pintoresco André Messager), del espectador del palco número 5 y por supuesto, de Raúl y Cristina. Doy prolijamente los nombres y circunstancias verdaderas de todos estos personajes históricos, pero seguiré usando los nombres bautizados por Gaston Leroux para no complicar más esta ya bastante complicada pero, a la vez, simple biografía.

Cristina se revolvió en su cama. Hacía dos días que no dormía, solo cabeceaba a ratos y en esos ratos soñaba imágenes muy vívidas de su corta vida. En ellas aparecía Raul, el único hombre que la había impresionado, pese a haberlo tratado solo unos días en diez años; su padre muerto sonriéndole y tocando el violín; sus lecciones y la aplastante responsabilidad; la imagen impresionante de la Opera Gardnier de la cual jamás había transpasado sus puertas; su infancia; el siniestro cementerio de Perros-Garrés que ella veía tan romántico, aquel verano; los cuentos... los cuentos que hablaban siempre de la ominosa presencia invisible del Ángel de la Música. La razón de este insomne duerme-vela era la tremenda responsabilidad de ser tomada como estudiante en la Opera.

El Angel de La Música, bañado en oro
El Ángel de la Música, bañado en oro

Luego, al darse su baño semanal, inmersa en agua caliente, tomó conciencia de que solo faltaban unas horas para la gran prueba: debía cantar delante de Gounod, de Liszt y una docena de personalidades más. Temió enmudecer, tenía pánico.

Blanca, más blanca que de costumbre, avanzaba por la calle sola. Quizás nunca antes había estado tan sola. Todos sus afectos se habían puesto de acuerdo para no acompañarla, según era tradición: la candidata debía empezar a sentir la importancia de su papel desde el principio. Ayudó a esto el cielo nublado, los nubarrones que anunciaban lluvia. Entró por la puerta principal y unos pasos despúes se encontró en el Gran Foyer, frente a la gigantesca escalera de mármol de la cantera de Carrara. Ahogó un grito y abrió muy grande los ojos; las cuatro arañas-chandelier, con luz diurna iluminaban aquella entrada imponente revelando los frescos de los techos donde angelotes desnudos bailaban tocando liras en torno a pífanos envueltos en girnaldas de flores, los adornos de oro laminado, los sillones y sillas forrados de gobelino... el lacayo tocado con peluca blanca tuvo que toser para llamar su atención. Fue conducida con parquedad hasta un costado del inmenso escenario donde otras candidatas esperaban ansiosas.

Eran unas cincuentena de señoritas vestidas a la moda; las sedas y brocatos de colores pastel, rosa, verde y celeste hacían ruido de fru-frú; las sombrillas cerradas daban elegancia a aquellas jóvenes no demasiado hermosas algunas, los sombreros de ala muy ancha con adornos de flores, plumas y pajaritos embalsamados se movían nerviosos mientras sus dueñas parloteaban ansiosas. Una adusta señora regordeta imponía orden aquí y acuyá. Era Madame Girí.

Las más delgadas se veía que venían a estudiar baile, las otras más bajas y regordetas competirían en canto, también habían algunas, muy raras, que tocaban instrumentos musicales, tarea casi totalmente dedicada a los hombres en aquellos tiempos. Luego de llenar algunas planillas pasaron a "vestirse para escena", para la audición. Allí fueron maquilladas por primera vez, peinadas o coronadas con pelucas y vestidas para el papel que les tocó.

Cristina en su siniestro papel de Rivque, del himno funerario gregoriano "Dies Irae", estaba espléndida. Las chicas la miraron con envidia. Su alta majestad vestida en cinco tonos de negro y gris, muy medieval, peinado alto, estaba segura ya que conocía muy bien aquella área. Solo una niña, menudita y simpática, de una belleza frágil muy distinta a Cristina, con el pelo rojizo, la miraba con admiración; era su futura gran y mejor amiga, la pequeña Meg Girí. Años después, riquísima y poderosa noble, pensaría seriamente comprar aquella Casa de Operas.

Todo aquel que asistió alguna vez a una prueba de casting sabe bien de los nervios, expectativas y desazón que reinan por allí. Tal era el clima de aquella lluviosa mañana del 10 de Marzo de 1880, cuando Cristina tenía, según distintas fuentes, entre 18 y 37 años. Cuando le tocó el turno, casi se desmaya por el pánico escénico del que fue presa. El venerable jurado de personalidades estaba acostumbrado; hacía una semana entera que evaluaba talentos y aquel era el último día. La Orquesta Oficial, de un centenar de profesores, atacó haciendo temblar los cimientos de la Casa. La Gran Lucerna central tintineó sus cristales sumándose a la música. Cristina se sintió fulminada al avanzar sobre el proscenio hasta su lugar. Las candilejas eléctricas, modernísimas, dejaban ver a los graves notables. La inmensidad de aquel Teatro daba vértigo, la hermosísima música de muertos aterraba como truenos en el Juicio Final, la responsabilidad en toda su crudeza penetró el sistema nervioso de Cristina.

La voz salió de su garganta... pero salió mal.

El director que parecía una señora vieja, histéricamente golpeó con su batuta de marfíl haciendo parar la orquesta que lo hizo, como siempre, de a poco.

El silencio.

- ¿Puede comenzar nuevamente Señorita?

La segunda vez pasó exactamente lo mismo.

Silencio, verguenza, risas apagadas de las otras concursantes, risas y codeos de los técnicos en las alturas, fastidio en las caras y gestos del jurado y ayudantes. Por un brevísimo momento la sonrojada Cristina miró al suelo y pensó en salir corriendo, luego algo, quizás el recuerdo de su padre, tal vez la conciencia del tiempo dedicado por su Maestro a educarla, a lo mejor la subliminal visión del Ángel, le dio un golpe de energía insospechado. Se compuso, miró directamente a los ojos al director de orquesta y dijo:

- Voy a comenzar de nuevo... música por favor.

Muy abajo, en la humedad y oscuridad, en el quinto subsuelo, rodeado por el Lago Averno, detrás de una sólida pared de varios metros de espesor, en unos ámplios departamentos de piedra sólida -de excelente acústica- una delgadísima figura dejó de escribir. Prolijamente dejó la pluma de ganso en el tintero de cristal y miró hacia arriba, hacia la lejana sala. La autoritaria voz juvenil también a él le llamó la atención.

La voz comenzó dolida y triste cómo rezaba el argumento fúnebre de "Dies Irae", la obra preferida del habitante de los sótanos. Ella, la voz de Cristina, recorrió toda la sala traspasando a la gente, estremeciéndolos. Había en aquel sonido calidad genética, mucho estudio, femenidad, juventud, sensibilidad y mucha, mucha fuerza. Con impecables gestos interpretativos de rostro, cuerpo y manos, el sonido de aquella voz única subió en su dramatismo hasta alcanzar una calidad increíble. Todos los presentes, conocedores y envidiosas, se complacieron como pasa siempre ante un producto artístico de calidad. Solo una persona, en las últimas filas, estaba demudada, echaba chispas por los ojos y su corazón latía fuerte.

Carlotta, la Prima Donna indiscutida de toda Europa, apretó con fuerza el brazo de su manager, protector y también marido, haciéndolo dar un salto. El antiguo policía, era practicamente un esclavo de su exigente esposa italiana. La envidia la dejó pálida y temblequeante. No podía gozar de aquella maravilla que era Cristina sino que veía una amenaza en esa joven casi treinta años menor que ella.

Tras unos saltos asombrosos, terminó bruscamente el himno y, solo entonces, el público rompió en un aplauso cerrado. El jurado no aplaudió: estaban ocupados escribiendo con sus plumas la más alta calificación para aquella notable cantante bisoña. Pero había un crítico que no estaba totalmente conforme. El hombre de las profundidades volvió a tomar su pluma y volvió a su obra "Don Juan Triunfante" y, como si alguien lo escuchara en esas soledades dijo en voz alta.

- Le falta técnica.

Descartadas unas cuarenta aspirantes, las privilegiadas que quedaron se cambiaban en un camarín especial y parloteaban contentas. Cristina y la pequeña Meg, sin presentarse, charlaban como viejas amigas. La menudita joven iniciaba en ese momento su carrera de bailarina clásica. Su historia también era la de una niña pobre que creció amparada por la sombra de las dos Operas de París. Su madre, Madame Girí, fue primero portera de la antigüa Casa, para pasar luego a preceptora del Cuerpo de Baile y acomodadora de palcos bajos. Las otras chicas, una hora atrás envidiosas, se unieron al grupo y, como suele pasar con los jóvenes cuando están tan llenos de miedo, cambiaron su actitud. Al otro día se unirían al Conservatorio de la Opera y conocerían a las pupilas de años anteriores y a la célebre Sorelli.

Al día siguiente, martes, también llovía de a ratos sobre París. Ese día fue presentada a la Sorelli, Stephanie Sorelli Surés, pocos años mayor que Cristina pero ya una célebre primera bailarina del Palacio Garnier. El trato con las demás alumnas fue grato, pues Cristina era una líder natural y su belleza y autoridad, quizás debido a que siempre había tratado con gente mucho mayor que ella, le allanaron la situación. Pero, sobre todo, Cristina estaba ya muy segura de su calidad artística. La primera clase fue muy agradable y pasó rápido. Luego del almuerzo, frugal y nutritivo (souflé de huevos y champiñones, con un cuarto de baguette con manteca, una fruta y agua) las pupilas todas se iban al inmenso camarín de la Sorelli.

Allí las niñas bailarinas, cantantes y músicos se sentaban alrededor de la Etoile (estrella), que era muy paciente, condescendiente y democrática con sus colegas. Otra de las razones por la cuál asistían a ese camarín es porque era lujoso y amplio, muy diferente a sus pequeños dormitorios (estaban en el tercer) que, en verdad, eran "dormideros", pués casi todo el día se la pasaban en el Conservatorio o curioseando por las instalaciones.

En la primera página del libro de Leroux se explica algo curioso. Se cuenta que el mobiliario, empapelado de florones, iluminación, biombos, espejo de tres cuerpos, sillones de cuero, eran muy a la moda y que la Sorelli tenía grabados en sus paredes (tal y como hoy las "vedetongas" tienen fotos). Estos grabados, heredados de su madre -figura de la antigüa Opera de la calle Le Peltier-, eran retratos de Vestris, Dupont, Bibottini y... Gardel, todas figuras líricas del siglo XVIII, del 1700. Llevado por la curiosidad quise saber quién fue el tal Gardel. Se trataba de un notable bailarín de la corte del Rey Sol, que fue el primero que descartó la obligatoria máscara con que se cubrían el rostro los bailarines...

Todas sentadas alrededor de la Prima Ballerina la escuchaban con atención, pués esta era muy supersticiosa y justamente París pasaba en esos momentos por un período donde el Espiritismo, las Cábalas, la Brujería y los fantasmas estaban en plena moda, un poco por la influencia de Madame Blavavsky. La hermosa y pequeña Saint-James, de solo 12 años, tenía cierta notoriedad pues era la modelo preferida del Señor Grevín, dueño del segundo gran Museo de Cera de París (la pedofilia no existía ni en la imaginación de aquellas gentes; recuerden que Cristina, poco después, posaría desnuda para un escultor) y había traído justo ese día, el primero de Cristina allí, una noticia que "alborotó el gallinero", según palabras de la Sorelli.

Inmediatamente, como era usual - igual que se hace hoy entre el ambiente lírico de nuestro Teatro Colón, pero sin pastillas sedantes ni anfetas- aparecieron las escondidas botellas de barro de cerveza helada, anís y ron (verifiquen esto, por favor, en el Capítulo I, en la primera página de la obra de Leroux) y todas, niñas de 12 años y la Sorelli misma, comenzaron a libar copiosamente para prepararse para la larga siesta.

La Sorelli estaba algo nerviosa pues debía memorizar las palabras de despedida a los directores renunciantes, Sres. Debienne y Poligny. Había mucho nerviosísmo entre las niñas sentadas en el suelo, la Sorelli preguntó qué pasaba , medio fastidiada.

- ¡El Fantásma! - exclamó Saint-James.

- ¡Chicuela tonta! - estalló la Etoile.

- ¡No, no! ¡Es verdad... lo vimos todas nosotras!

La pequeña Meg Giri tomó la palabra:

- Sí, todas lo vimos... es igual a como lo describió Bouquet, el jefe de tramoyistas, el que siempre nos molesta y como contó que era el bombero encargado y tanta gente más...

- ¿Y cómo es? - inquirió la Sorelli, que le gustaban más los misterios que el ron.

Cristina escuchaba aquello divertida. Nunca había estado entre gentes tan extrovertidas... entre artistas. Meg Giri carraspeó, se sintió importante en aquel grupo y, moviendo sus pequeñas manitos como colibríes danzando, comenzó la descripción de lo que había visto:

(Nota: esta descripción fidedigna, de primera agua, se parece muchísimo a la que hizo Forrest Ackerman del maquillaje de Lon Chaney cuando interpretó al "Fantasma", en 1925)

José Bouquet, según ficha de prontuario
José Bouquet, según ficha de prontuario

- Nos íbamos a dormir, por la escalera del fondo, cuando, como por arte de magia, apareció frente a la pared lisa que no tiene ninguna puerta. Ninguna de nosotras gritó. Quedamos mudas. Era una figura alta, muy, muy delgada, vestida con un frac de gala parecido a los que usan los empleados de pompas fúnebres. Lo cubría una capa larga. La cabeza era la de un muerto, casi una calavera, la piel era como un parche de tambor de la orquesta. También se parecía, por el color, a la cáscara de un queso, lleno de manchas, de un amarillo sucio, casi verdoso, la dentadura se veía a través de la piel, tan pegada estaba. Unas hebras de pelo marrón rojizo colgaban aquí y allá como las ramas de un sauce seco. En un principio pensamos que era un muerto, una momia, pero sus ojos... sus ojos brillaban en la oscuridad, como... como si fueran lamparillas eléctricas de Edison, tanto brillaban. Estaba muy cerca nuestro, a un metro. De repente una mano esquelética se movió rápido enviando un nauseabundo olor a muerto e hizo una señal de silencio en sus... labios. Luego hechó la cabeza para atrás y apenas entreabriendo su boca hizo un sonido parecido al chirriar de una puerta, un sonido seco, hueco... ¿estaba riéndose..? ¡Sí, estaba riéndose de nosotras, de nuestro miedo! Nos miró fijo, sus ojos brillaron como los de un gato. Con un movimiento brusco levantó un brazo arrastrando su capa y... desapareció en la pared. Luego de un rato, llorando, nos acercamos al muro, lo tocamos y comprobamos que no había nada...

El silencio era total, todas miraban a Meg: su relato había sido impresionante. Era una gran relatora. Unos golpes vigorosos atronaron la puerta del camarín y todas, Cristina y la Sorelli incluídas, gritaron histéricas. La puerta del camarín se abrió y la bella y gruesa Madame Girí apareció riendo pero con gesto adusto.

- ¿Otra vez hablando de fantasmas? - dijo, risueña.

- No - dijo la pequeña Meg, su hija - no, mamá. Hablábamos de nuestro Fantasma.

No aburriré aquí contando la ceremonia de despedida de los directores renunciantes ni la asunción del nuevo director (no "directores" como dice la obra original); solo presentaré una anécdota que relata el Sr. Moncharmín (realmente el director se llamaba André Messager y su administración fue muy importante ya que de sus "Memorias de un Director" sacamos muchos pasajes de esta crónica). Los directores salientes no cabían en sí de contentos, no veían la hora de irse. La ceremonia de despedida era un evento informal, fuera del programa de la temporada. Por ello las estudiante, pupilas y aspirantes tenían su oportunidad de lucirse artísticamente. Cuando le tocó el turno a Cristina Daé no se lució demasiado. Un papel menor de Verdi que quedó opacado por las risas de chiquilinas, técnicos, invitados, críticos y prensa, todos empapados en champaña. La orquesta también estimulada etílicamente tocaba más fuerte que de costumbre. Hasta las mujeres de limpieza andaban por ahí vestidas con ropas que habían estado de moda hacìa un lustro. Los enanos lúbricos que cubrían los papeles de niños, pajes y bufones, hacían lo de siempre pero más desenfrenados esa noche: espiaban en vestuarios y baños, tocaban a las chicas y salían corriendo con sus piernas cortas, miraban debajo de las faldas (esto lo rescató Joel Schumacher en su film de 2004). Los enanos comían tanto que vomitaban por los rincones, se empujaban entre ellos, gritaban... eran un mal necesario.

Director Saliente Olivier Halazier
Director Saliente Olivier Halanzier

Cristina no estaba angustiada por aquel entorno si no que, al contrario, por primera vez se sintió (como se dice hoy) en un "grupo de pertenencia": era parte de la Opera. Por eso siguió cantando, sabiendo que era una más, sin pretensiones, contenta, y logró uno o dos momentos notables en su aria, tanto que algunos miraron, callándose. Atrás de un grupo de tramoyistas que, aún vestidos "de domingo", trabajaban en su oficio mientras comían y bebían copiosamente (absenta, ya que el champán no era lo de ellos), se corrió un panel en la pared de ladrillos. Se deslizó, mejor dicho, silenciosamente sobre goznes bien lubricados. La alta, delgada y negra figura enmascarada se adelantó unos pasos y el panel volvió a su lugar. Erik pasó delante del grupete y cuando ellos repararon en él, les hizo el gesto de silencio sobre el tul de su careta. Cómo el absenta es una bebida que se toma con cianuro de sodio, produce alucinaciones y los técnicos pensaron que aquella visión era parte de un espejismo y, en todo caso, no les interesaba demasiado.

Ubicado al costado del escenario, entre cajas, abajo de las bambalinas, el genio de la Música reparó en aquella voz extraordinaria en bruto.

- Le falta técnica -murmuró.

No fue el único que reparó en esta notable cantante.

Carlotta, parada cerca del escenario, estaba roja de ira. Sus manos destrozaban el fino abanico de nácar y seda. Su marido quisó llamarle la atención pero un codazo de la diva en su estómago le hizo desistir. Sus feos ojos color estiércol lanzaban chispas mirando a la joven Cristina. Tomó conciencia, de repente, que uno de los directores salientes, aquel que era su amante, no tomaría más contacto con ella y entonces no tendría más privilegios. El nuevo director no parecía reparar en sus miradas, caídas de ojos y comentarios.

- "¡Bruto!" - se dijo a si misma - "pensar que vienes de la mugre, de la basura... ¿qué sabes del "Bel Canto" tu?"

Carlota, la repugnante Prima Dona y su marido policía
Carlota, la repugnante Prima Donna y su marido policía

Efectivamente, el nuevo director tenía un origen muy humilde. Era el equivalente a un cartonero porteño. Con su carro, juntando basura, se costeó una educación, pudo asistir a la Antigua Opera y ahora, casi en su vejez, alcanzó la dirección de la nueva. Otras gentes también escuchaban arrobada y pensativamente a la joven estudiante. El director de orquesta, de vasta experiencia, y Raúl de Chagny.

El jóven Vizconde sabía perfectamente quien era Cristina pués nunca la había olvidado y, pese a las diferencias sociales (a toda actriz, bailarina, cantante, atleta circense, etc., le decían "cómicas") que impedían a un noble tener nada serio con gente del espectáculo. Él, en lo profundo de su corazón, tenía una tibia esperanza, casi subliminal.

Erik, con una máscara de media cara que representaba a un hombre joven, hecha en cartapesta (papel sobre papel, aglutinados con cola caliente), una tela semi-transparente en la zona de la boca y un sombrero de ala ancha tipo chambergo, se paseaba con su frac flotante sobre su esquelética humanidad con sus manos tapadas por la larga capa negra. Al verlo, la gente reaccionaba de distinta manera. Lo saludaban, saltaban para atrás, los más viejos hacían el clásico gesto de la "yetta" con la mano (cerrando el puño y alzando meñique e índice). Hasta había gritos de las niñas que se perdían en aquel inmenso barullo.

Un leve , levísimo, aroma a muerto, a flores mustias, a velatorio, quedaba como resabio de su paso pero enseguida era olvidado.

José Buquet, el jefe de tramoyistas, se jactaba frente a un grupo de subordinados de haberse acostado con varias de las niñas del coro, cosa casi imposible porque aunque estas viboreaban por todo el Teatro, cada integrante de aquella casa era cuidada como una hija y algún que otro atrevido había recibido una terrible paliza por haberse propasado alguna vez.

- Si... - decía el perverso - yo las espío. No son gran cosa, muy flacas para mi gusto, pero... son tan fáciles que es una pena dejarlas pasar... ¡ha, ha!

Los subordinados reían sin ganas algunos, otros no.

- Ahora... ahora tengo en vista a una... no me va a costar mucho... es una campesina... Cristina Daaé.

Detrás de un telón que representaba el Infierno, Erik frenó su paso y sus ojos luminosos se abrieron muy grandes, sus delgadas y fuertes manos de muerto se tornaron blancas por la presión. De un bolsillo secreto, como el de los prestidigitadores, surgió un simple pañuelo blanco. Mejor dicho, lo que parecía ser un simple pañuelo. En uno de sus extremos tenía una pesada bolita de bronce y en el extremo opuesto había un aro del mismo material: era el temible Lazo Punjab, el arma preferida de los Thugs, los Estranguladores de Bombay.

Pletórico de cerveza negra tibia y absenta, el degenerado Bouquet se paró y se fue tambalenado hacia la zona de los baldes que usaba esta gente para orinar. Como una figura seráfica el Fantasma levantó un brazo rígido y de un tirón se elevó con gran fuerza hacia un andamio, luego siguió subiendo con el lazo de seda en la mano.

Un ejemplo cinematográfico de estrangulamiento
Un ejemplo cinematográfico de estrangulamiento (Gunga Din, 1939)

Regeneau: boceto de "lazo Punjab"José Bouquet ya casi llegaba a los baldes-escupideras, situados en un rincón alejadodel escenario y de pronto se sobresaltó. En las telas pintadas que lo rodeaban, aquellas que represetaban el Infierno, un demonio impresionante estaba pintado en un telón de fondo. El tramoyista miró gravemente el dibujo, luego rio sobradoramente y sacudió su cabeza. Se acercó al demonio y a los baldes y entonces hubo un zumbido. Un latigo le azotó el cuello y le rodeó la garganta. La bola ingresó en el aro y Erik, con toda la fuerza de sus dos manos y sus piernas sólidamente prensadas alrededor de una columna, tiró hacia arriba.

Los ochenta y tantos kilos del hombre abandonaron el suelo. El asesino no quería tirar bruscamente y así romper el cuello, sino que quería que sufriera. Y lo logró.

Bouquet, en su desesperación, sabía que estaba siendo atacado. Sus ojos, por la presión, se proyectaron hacia el exterior al igual que su lengua. Todo su cuerpo se tensó como nunca antes, dificultando la muerte aún más. Sus manos se trenzaron alrededor del lazo que se hundía en el pescuezo. Los capilares y venillas como si fueran un centenar de rayos, le cubrieron todo el rostro, rompiéndose y produciendo derrames, aún en sus globos oculares. La lengua, como un obsceno órgano erecto, se proyectaba casi como una corbata, haciendo estallar el frenillo debajo de ella. Alborotadamente, los sucesos de su triste y mezquina vida pasaron por sus ojos que ya no veían. La falta de aire era peor que el peor de los dolores. El dolor de la glotis aplastada, de la piel rota al estirarse en el cuello, el dolor de la cabeza que parecía explotar no era comparable a la angustia de los pulmones a punto de reventar reclamando, exigiendo, rogando una pizca de oxígeno.

Lanzo HindúCuando luego de dos o tres minutos ya sobrevenía la inconciencia, Erik jaló de un golpe y un ruido parecido al de una hoja seca cuando es pisada, pero mucho más fuerte, acabó con la vida del tramoyista. Era el cartílago de la glotis y los discos cervicales que cedieron al aplastarse. Mercier, tesorero de los dineros del Teatro, escuchó sobre la fanfarria este sonido tan particular y trató de ver de que se trataba. Con paso rápido, tan rápido como le permitían sus ciento treinta y pico de kilos, se dirigió al sitio. La gente no está acostumbrada al horror real (este folletín de Leroux fue bautizado en España con el nombre genérico de "terror material", por no haber en él elementos esotéricos ni fantásticos) y cuando el gordo tesorero vio aquel horror pendulante, cuando se enfrentó a aquello que había sido un rostro, ahora con la lengua afuera, los ojos rojos salidos como lámparas sobre una piel totalmente violeta, quiso gritar, pero su entrenada mente calculadora pensó que no era bueno que cundiera el pánico aquella noche. No era bueno para las entradas de boletería.

El Inspector Milfroid de La Sureté quedó perplejo cuando acudió a la escena del crimen. El lazo, la cuerda, habían desaparecido.

Luego de galas y jornadas intensas se solía descansar al otro día. Así que ese día el cuerpo de baile y canto se despertó a eso de las 11 de la mañana y como era costumbre, se fueron todas al camarìn "comunitario" de la Sorelli. Era gracioso, pero todas estaban tan acostumbradas que llevaban el "tutú", el traje de bailarina (inaugurado en 1827, en "El Lago de los Cisnes") y ropa de escena (la higiene nunca fue virtud de los franceses, menos hace 129 años). Casi todas tenían resaca, así que prescindieron esa mañana de bebidas blancas pero tomaron litros de cerveza helada que, dicen, limpia la cabeza de vapores etílicos.

La Sorelli era soltera y la mayoría de las niñas aún "no habían conocido hombre" por lo que eran muy nerviosas y charlatanas. Como los chismosos de la TV moderna, aquellas niñas pasaban revista a los sucesos de la noche anterior, que no eran pocos. El primero de los tres temas imperantes fue la brusca muerte de Bouquet.

- ¡Justo decide ahorcarse cuando el Fantasma andaba por allí! Todas lo vimos.

- ¡Bien muerto está, por perverso... que la Vìrgen de Lourdes me perdone!

- ¡Su cara era horripilante! Yo nunca había visto un muerto.

- ¿Y la cuerda..? Que raro lo de la cuerda...

Todas guardaron silencio recordando.

Cuando el gordo Mercier descubrió el cadáver estaba colgado. Cuando llegó la policía con el Inspector, el cuerpo llacía en el suelo y... no había cuerda alguna.

Se supusieron muchas cosas. En un ambiente tan supersticioso era común que cuando se descubría un ahorcamiento, los cabuleros se avalanzaran sobre el cadáver, le sacaran la soga y la cortaran repartiéndosela como amuleto para el "Mal de Ojo", cosa que pasaba muchas veces en París. El observador tesorero declaró que la soga era blanca, como de seda, pero el perezoso escribiente obvió ese párrafo en el acta. La soga, como tantas cosas, cayó en el olvido y solo esas niñas recordaban el hecho.

El segundo tema era risueño, romántico y se dijo tímidamente, entre risas y caras cubiertas por las manitas.

- ¡Uh! ¿Vieron que buen mozo es el Vizconde de Chagny... y qué cuerpo tiene..?

- ¡Sí, sí, y qué cara, qué ojos y qué galante es..! Pero no se fijó en nosotras, bah... solo en una.

- ¡Si... qué afortunada que eres, Cristina... ha, ha..!

Cristina ni siquiera se sonrojó. Mundana, explicó que era un viejo amigo de hacía diez años atrás. Esa noche se encontraron luego de tanto tiempo, bailaron y charlaron durante horas. Lo que se dijeron no lo sé, por lo tanto nadie lo sabe, pero no es necesario ser el Oráculo de Delfos para adivinarlo. Se hablaron futilidades que enmascaraban los intensos pensamientos de la mente primitiva. Se atraían como los polos de un imán, aunque el entorno educado de una época hipócrita, hiciera que permanecieran a cierta distancia. Las hoy descubiertas feromonas hacían su trabajo intercambiando felicidad. Y el ruido todo de la Opera Garnier solo era un rumor lejano en aquella pompa hermética que era su intimidad. Estaban perfecta, idealmente enamorados para siempre, como sucede cuando el auténtico amor actúa.

El segundo tema no daba para más.

Y el tercero surgió por accidente:

- No, yo no creo que El Fantasma lo haya asesinado... - dijo Saint-James.

- ¿Por qué no? - se acaloró la pequeña Giri.

- ¿Cómo una calavera, un esqueleto, va a matar a un hombre?

- No es una calavera común... es una calavera de fuego, como dijo el bombero... -dijo una.

- No es una calavera, es un fantasma, es... invisible. Yo lo se bien... - respondíó Girí.

La pequeña "ciruelita" (cómo la llamaba la Sorelli) lo afirmó de tal modo que todas se acercaron, para escucharla. Ella, dándose cuenta, advirtió:

- ¡Pero no diré nada!

Todas, incluso la Sorelli, le rogaron que hablara, la conminaron.

- ¡No... no... prometi no hablar!

Por supuesto, luego de hacerse rogar un rato habló.

- ¡Ay, mi madre me matará si se entera..! ¡Ustedes no cuenten nada, eh! Bueno, no sé si notaron que ayer el palco número 5, el segundo después del primer palco balcón que da sobre el escenario, uno de los mejores de todo el Teatro, estaba vacío... Bueno, desde hace unos ocho años, cuando el Fantasma apareció por primera vez, cuando empezaron a suceder cosas extrañas, los directores salientes dieron la orden de no habilitar jamás ese palco. En boletería ya lo saben y nunca, ni por equivocación, lo alquilarían.

Evidentemente aquella pequeña tenía el don de la elocuencia, porque todas, incluso Cristina, que había tomado el relato de el Fantasma risueñamente, le prestaban una atención hipnótica.

- Mi mamá, ustedes saben, tiene varios trabajos aquí. Es acomodadora de palcos... bueno... no lo vayan a contar, ¿eh? Ella... ella le deja el programa en el palco al... Fantasma...

En ese punto ya todas daban su opinión histéricas, casi gritando... cuando amainó la lluvia de vocecitas, Girí continuó.

- Muchas gente ha visto, en el medio de la función, elevarse el programa como si alguien lo sostuviera... por eso les digo que la calavera que vimos es solo un disfraz... porque los fantasmas no tienen consistencia... son invisibles...

Cristina pensó entonces.

- "Invisible", como el Ángel de La Música...

Nota sobre este Capítulo

No es que tenga mucho que ver esto que voy a relatarles, pero no sé donde ponerlo. Me va quedando tanto, tanto material sobrante en cada capítulo que podría hacer un pequeño libro con cada uno. Como dije, en 1894, fecha en que coinciden casi todos los autores (y yo mismo) fallece Erik, se habló mucho en toda Europa sobre él. A raíz de esto no solo circularon relatos y anécdotas, cancioncillas populares y obrejas para retablos de títeres sino también dibujos garrapateados en pasquines, impresos en diarios y hasta retratos al óleo. La tarea de clasificar todo esto sería titánica así que escogí, un poco al azar, algunos dibujos (de Fragonard, por ejemplo) y pinturas y aquí se los presento.

Erik - fotografía de prontuario (sin restaurar)
Erik - fotografía de prontuario (sin restaurar)

También, no por que fuera mi deseo si no por el pedido de docenas de mis lectores, muestro por primera vez la deteriorada foto original de Erik. Foto "tumbera", de prontuario, de la Isla del Diablo. Esta foto fue "presentada en sociedad", fue revelada hace poco tiempo en la muestra sobre el Terror en el Cine Argentino realizada en el Museo Jauretche. Allí fuí convocado y asistí junto con mi hijo Natán II, Darío Lavia, Gustavo Leonel Mendoza y otros seres queridos y personalidades que enriquecen mi vida.

Debo informarles, también, que ya tengo en mi poder la misma foto, pero totalmente restaurada en dramático color sepia como se veía alla por la década de 1870. El magistral trabajo fue realizado por Mariano Maddío, un artista digital fabuloso. No digo esto porque me moleste vuestra insistencia, todo lo contrario, lo tomo cómo órdenes de un hijo caprichoso. Esta foto será mostrada en el último capítulo de esta vida inaudita.

Los desagradables dibujos y gráficas que ilustran el ahorcamiento de Bouquet con el lazo Punjab son acompañados por fotogramas de la película Gunga Din (1939) donde se ve el procedimiento de esta secta de fanáticos. Y también un moderno ahorcamiento con dicho lazo en el 2002 en donde la víctima salió viva, aunque, como se puede apreciar en la foto con los vasos y capilares rotos y abotagados.

Víctima del lazo Punjab
Víctima del lazo Punjab: sobrevivió (Irak, 2002)

Este capítulo debía ser el más sencillo, pués es sobre los sucesos principales que graficó Gaston Leroux pero no. Tardé mucho en escribirlo pues las distintas fuentes, como dije, no coinciden en fechas de nacimiento y muerte de muchos de los nombres reales de esta biografía. Les pido sinceramente disculpas y los invito a que me hagan llegar otros datos, quizás más fidedignos si los obtienen. Es la política de Terror Universal. Aquí no hay egos, solo deseo de intercambiar figuritas con nuestros pares.

También quiero regalarles estas imágenes de los óleos de la exquisita Anne Bacheliér, quién como nosotros está enamorada de aquel Amor.

Anne Bacheliér
Óleo de Anne Bacheliér

Pero aún falta tanto... los secretos del Palco No. 5; las extorsiones de Erik; más crímenes; un Hombre Rata comido por sus pares; una portera aplastada por la 2da. araña de cristal más grande del Mundo; una Prima Dona... bueno estoy hablando de más, como siempre. Es que me gustaría que faltara más, me gustaría que esta historia nunca terminara, que Erik siguiera vivo, pero...

Hasta el capítulo No 13. No se lo pierdan, yo no pienso hacerlo.

 

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