Terror Universal
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Seccion: Artículos (Lecturas: 175484)
Fecha de publicación: Octubre de 2016

El Fantasma de la Opera existió realmente [XIV entrega]

A través de esta investigación, nos proponemos echar luz en los precedentes históricos de una famosa creación literaria inmortalizada por el 7mo. Arte.

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Natán Solans



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Capítulo 11:  Donde se conoce al "Ángel de la Música", se presenta a la verdadera novia del Fantasma, se habla de una calavera viviente en un olvidado cementerio

"¡Ay, qué feas... mirá que mala leche hacerle esta cara a las muñecas! ¿Por qué las hacían regordetas, retaconas, todas rubias? ¿Por qué no las hacían flacas y altas, como la "Barbie"? Yo no entiendo esto."

Christina NilssonEstas sabias palabras pertenecen a Carmela Bárbaro, panelista del programa "Mañaneras", del canal América, en ocasión de una muestra de muñecas de 1880 a 1930. Claro, la Sra. Bárbaro jamás había leído ni observado que la estética cambia cada 10 años y que, además, esas muñecas se hacían en Alemania, por eso eran "todas rubias".

Cuento estas barbaridades para explicar que la estética incluye medio ambiente, vestuario, maquillaje y tipo corporal y que las muñecas eran muy diferentes en 1870: una belleza de aquella época tendría que bajar unos 30 kilos hoy en día. Y ese era el caso de Christina Nilsson (20 de agosto de 1843-20 de noviembre de 1921), que entre las muchas experiencias de su larga vida le tocó ser nada menos que la novia del Fantasma de la Ópera.

Como yo no me dedico a escribir cosas sencillas, tengo la paranoia de no ser convincente, por eso ruego a mis lectores que busquen, que investiguen lo que aquí cuento. No me crean, busquen ustedes la existencia de esta soprano que fué muy conocida hasta 1910. Yo mismo me sorprendí al comprender lo célebres que eran Cristina Daaé, el Vizconde de Chagny... el mismísimo Fantasma, al estudiar breve y seriamente unos pocos documentos, muchos de dominio público.

Christina no era una belleza moderna. Tenía el tipo humano que fue atractivo desde la Antigua Roma y que duró hasta los años 50's, con exponentes tales como Marilyn Monroe y Sophia Loren, por nombrar solo dos ejemplos. Medía 1,68 mt y pesaba 70 kg. Tenía una forma corporal que recuerda a la actual Beyoncé. Su piel, como la mayoría de la etnia europea rubia, era semejante en blancura y limpieza a la de un bebé. Tenía ojos de un celeste casi blanco y un cabello amarillo-maiz rizado a la moda de la época.

El niño Nilsson y el violín que un día tocó Erik
El niño Nilsson y el violín que un día tocó Erik

Pero comencemos por el principio (vuestra paciencia, lectores, es ejemplar); ella, como lo relata Gaston Leroux, nace en el seno de una familia humilde pero culta en Skotclof (Sjöabol, según algunos autores), en una pobre aldea sueca en tiempos de las guerras napoleonicas tardías. Todo esto fué rescatado gracias unicamente a la colección de cartas de nuestro conocido Persa. El Sr. Nilsson era un rústico y forzado labriego que ocupaba sus ratos libres tocando el violín e interpretaba melodías escandinavas inspiradas en las mismas tradiciones orales que más tarde, sabia e interesadamente, recogieron, editaron y cobraron escritores judíos tales como Andersen y Rumberg. Si no fuera por estos ambiciosos comerciantes "La Sirenita", "El Patito Feo", "El Flautista de Hamelín", "La Cenicienta", y muchos más, serían hoy desconocidos.

Papá Nilsson con su pequeña familia
Papá Nilsson con su pequeña familia

Desde muy pequeña Christina escuchaba a su algo desvariante padre relatar sus cuentos y canciones. Eran un poco monotemáticas porque siempre el protagonista de sus historias era "El Ángel de La Música". Este ángel en los cuentos del Sr. Nilsson y en los de toda la aldea nunca se presentaba, jamás se lo veía; solo se escuchaba su hermosísima voz y el sonido de los instrumentos que el tocaba. Esto debe haber quedado grabado en la pequeña, ustedes, seguramente, lectores de Leroux, saben porque lo digo. Cuando la vida en el campo se les hizo muy difícil a la familia Nilsson, a causa de los abusos de los poderosos y las malas condiciones, padre e hija se deciden ir por las aldeas tocando el violín y cantando, pero no por dinero si no por albergue y comida. Así recorre todo Upsala, de feria en feria, incluyendo la de Ljinby, llegan a Gotenburgo e impresionan a un aristócrata bretón que los invita a regresar con él a su comarca.

Perros-Guirec-Estatua de Cristina Nilsson, muy significativa
Perros-Guirec-Estatua de Cristina Nilsson, muy significativa

Christina NilssonUn día, en esta aventura, el viejo y la pequeña cantora sueca recalan en Perrós-Guirëc (hoy sitio turístico muy romántico y medio dark),  donde había una iglesia nueva, levantada en 1855 en la Playa Trestraou. Ahí llama la atención de la pareja artística el enorme cementerio al pie de la colina. En un día nublado recorren desleidas tumbas talladas en piedra, tratando de leer las fechas... 1024, 1056, 1100... Preso de gran agitación, el violinista saca de su estuche su intrumento que jamás abandona y toca una muy triste letanía fúnebre, mientras brotan lágrimas de sus cansados ojos. Y así caminan en una escena digna de Antonioni, y encuentran delante de las ruinas de la vieja iglesia -cuatro paredes semiderruídas- un muro de calaveras de casi dos metros de altura, salpicadas aquí y allá de fémures, húmeros y costillares. Los cráneos estaban ordenados con el rostro hacia el camino y contenidos por una malla de alambre oxidada: el cuadro era algo impresionante. La niña pensó lo espantoso que sería esa visión de noche. Esa imagen nunca abandonó su mente. Dicen que un pensamiento recurrente suele convertirse en realidad; en este caso así pasó, pués 15 años despúes Cristina se encontró allí una noche, escuchando en el violín de su padre una música inédita, tocada por el Ángel de la Música mientras que a la muralla de calaveras se sumaba otra...

Tanto impresionó el lugar al Sr. Nilsson que, cuando las cosas mejoraron, comenzó a veranear en Perrós-Guirëc todos los años y en un día soleado, cuando el violinista se encontraba inusualmente calmo, en medio del cementerio, les dijo a su pequeña familia.

- Elga, Christina, les pido que cuando muera, dentro de poco, mi cuerpo y mi violín descansen en este antiguo cementerio...

Aquello fué un contrato, un legajo, un pacto de honor y, algunos años despúes, así se hizo. Pero mientras tanto sucedió algo entre tanta dificultad, algo fundamental en esta crónica. Una ventosa y nublada tarde un viento arrancó del cuello la chalina de Christina y la depositó a unos metros, en medio del mar. La pequeña suspiró; esa prenda la había tejido su abuela para su madre y a ella no le sobraba la ropa. Se resignó a la pérdida cuando de pronto algo se agitó a su lado. Un bello jovencito, alto, moreno y atlético, se sacó su camisola de playa y solo con sus pantalones color crema corrió hacia el mar gritando:

- ¡No se preocupe, señorita! Yo rescataré su prenda.

Vizconde Raul Vallejo & Miranda, Vizconde de la Casa de Alba
Vizconde Raul Vallejo & Miranda, Vizconde de la Casa de Alba

Solo los mozos le decían "señorita" y quedó embobada mientras veía al cuerpo de mimbre zambullirse y bracear hasta la chalina, en el proseloso océano. Media hora después parecía que se conocían de toda la vida, mientras charlaban animadamente en aquel lugar casi desconocido por los parisinos. Ni siquiera oían las protestas de la aya que gritaba todo el tiempo, temerosa, porque el jóven noble estaba a su cargo. Se llamaba Raúl, pero no De Chagny, como disfrazó Leroux la alcurnia de tan rancia familia. Raúl (no Raoul) Vallejo y Miranda, Vizconde de la Casa de Alba.

Para que se den una idea de la importancia de dicha familia, hay un ejemplo que dieron hace poco en History Channel. Allí contaban que si hoy, en un hotel de Mónaco, por ejemplo, se dirigen al ascensor la reina de Inglaterra y la actual Duquesa de Alba, la reina mirando el suelo debe cederle el lugar a la española, tan importante es su prosapia en el repertorio de blasones europeo.

Raúl era vizconde; esto es complicado, pues existe también el poco conocido título "de los Condes" (Milli Bellucci De los Condes Negroni, fue una gran amiga y asesora mía) pero el caso es que su hijo Angel Ramón María Vallejo y Miranda heredó el título de Conde. Yo adjunto una foto de él, en la década del '30 y agradezco a su joven nieto actual, Jaime y Aragón de la Casa de Alba, por haberme pasado algunos datos de su abuelo, fundamentales para este relato y por leer esta página.

El caso es que lejos de estas complejas y mundanas cuestiones los jóvenes hacen lo que siempre suelen hacer desde el comienzo del tiempo: se enamoraron.

Raul era huérfano y vivía con su tia materna en Lonión. Retozaron y se divirtieron juntos por cuatro días, hasta que el jovencito debió partir. Esos felices días fueron suficientes para que le robara un casto beso a Cristina en el medio del cementerio, frente a la mirada de censoras cuencas vacías de 1.500 cráneos... Cuando partía en su clavelina, Raúl le prometió que se encontrarían el verano siguiente. "Si quieres hacer reir a Dios, cuéntale tus planes", reza un antiguo proverbio. El verano siguiente se produjo el encuentro con el arte que cambiaría la historia de Christina, pero que pospuso 15 años el encuentro de los jóvenes.

Nilsson, el violinista pobre, tenía un ídolo: el Profesor Valerius, especie de mánager y mentor de más de un lírico famoso. No sabía, claro, que un día sus pasos se cruzarían con los caminos predeterminados. Y que ello desencadenaría una de la más romántica, bella y siniestra historia jamás contada, una historia que superaba aún a los mil cuentos de "El Ángel de la Música". 

Un venturoso día el famoso Profesor Valerius repara en el simpático y talentoso dúo y se los lleva, junto a la Sra. Nilsson, a París. El entorno era el que tan bien describió Poe en "Los crímenes de la Rue Morgue",  con sus casitas de dos pisos, sus techos y terrazas únicos en el mundo. La pequeña Christina estaba deslumbrada al ver los maniquíes de cera que le sonreían desde las vidrieras vestidos de raso, seda y chifón. Los tapados de chinchilla y los sombreros con pajaritos embalsamados dejaban con la boca abierta a la culta y hermosa niña. Ella no sabía nada de la moda, del lujo y de esa arquitectura tan moderna para los ojos de una aldeana. Su mentor, el Profesor Valerius, no era demasiado rico pero ofició de algo que hoy sería un mánager y no escatimó dinero para mostrarles el "tout Paris". Algo le decía al anciano que tenía dos diamantes sin cortar entre sus manos.

Vestida "de señorita", junto a su madre, a su padre que jamás se separaba de su violin dentro de su estuche de madera, al lado del profesor, Christina se sentía totalmente feliz. Sentada en la mesita redonda de mármol rosa, en la vereda del bar que 25 años después se llamaría "Café de la Paix", percibía como su corazón latía más acelerado que de costumbre en aquella tarde de primavera temprana. Algunos jóvenes petimetres, muy elegantes y con pocos años más que ella, se sacaban el bombín y la galera saludando su belleza que no era poca entonces y que llegó a ser mayor. Todavía no habían conocido toda la ciudad y ese día, luego de desayunarse en aquel bar, abordaron un carruaje. El Profesor quería mostrarles "la Cajita de Música de Napoleón": la Ópera de Paris...

El coche no avanzó por la Avenida de la Ópera; a pedido del Profesor doblaron por la Rue Saint Augustin, Rue Glück, Place Diaghilen, Rué Scribe, Rue Auber... para encontrarse con el monumento de golpe. Quería impresionarlos. Y lo hizo.

De repente de las estrechas callejitas fotografiadas por Atget se encontraron en la Plaza de la Ópera y enfrente mismo a la Ópera Garnier. Allí el vehículo refrenó sus caballos y todos quedaron estáticos ante ella, pero solo Christina se paró lentamente con los ojos fijos en la piedra pulida, los bronces, vitrales y ornatos. Sus bellísimos ojos celestes, casi blancos, subieron hasta la estatua de Apolo con su lira y hasta el ángel de oro que brillaba exultante bajo el sol pleno. Las lágrimas brotaron (no era habitual) y se sintió aún más feliz. Hasta el cochero, que veía aquello desde siempre, se emocionó un poco. Mamá Nilsson estaba hipnotizada; de niña solo había conocido su aldea. El Profesor estaba satisfecho tras su golpe teatral. Solo el padre violinista no se mostraba sorprendido; gustaba de fanfarronear un poco, como todos los viejos, así que solo dijo, sonriendo:

- Conozco este sitio, ¿ves Christina? Aquí vive el Ángel de la Música.

La emoción que sintió entonces aquella niña fue una de las razones que la convirtieron en una señorita; todos los cuentos sobre este personaje volvieron con un escalofrío a su memoria y una alegría serena invadió toda su persona. Se sentó con una majestad que nunca había tenido antes. Quién sabe, ningún hombre, ningún cronista, puede comprender la intuición femenina pero tal vez en aquel momento supo que su historia estaría ligada para siempre a aquella casa gigante, aquella casa que albergaba a "el Ángel de la Música".

Nota sobre este Capítulo

Al cierre de esta nota recibí una información muy valiosa. Debería dejarla para los inminentes capítulos finales... pero no. Algunos de mis lectores se quejan de que aún no empezó la historia en sí; claro, acostumbrados a leer solo best sellers, a su métrica común, no se dan cuenta que la historia empezó desde el Capítulo 1. Desde allí conocimos al desconocido Erik, más aún que en la novela original. Pero igual, yo me debo a ustedes, para eso escribo.

Debido a un lector, justamente (Mademoiselle Lertó, gracias niña) me llega una noticia un poco rutinaria pero para mi fue un puñetazo en el pecho:

En la Opera Garnier funciona la Academia Nacional de la Música y dentro de ella (como en una caja china) hay un pequeño cuarto, suerte de mini-museo, abierto ocasionalmente al público que se interesa por los pequeños detalles. Dentro del mismo, en "urnas mal iluminadas" (según Mlle. Lertó) existen recuerdos de los sucesos de la Comuna, algún arcabuz oxidado, volantes de propaganda, una bandera sucia y apolillada, una urna con tierra ensangrentada... "Todo esto está mal clasificado, porque las administraciones consideraron siempre que esto tiene poco que ver con la función del edificio, que es la Lírica", le dijo un cuidador a nuestra colaboradora francesa (solo tiene 19 años).

Pero en un rincón, en una pequeña urna sobre una tela colocada en 1977 (la última restauración del museito) hay un extraño calco, una máscara mortuoria de yeso que representa un rostro horriblemente desfigurado. Al pie de esto hay un cartel destruido por el tiempo, totalmente ilegible: "víctima de la Comuna" dice el desganado guía-cuidador. Por eso me doy cuenta, por esta investigación para Cinefania, que eso no es posible.

Primero, dada la humedad de los sótanos del monumento, solo se encontraron esqueletos. Luego, mi conocimiento de 42 años en "calcos", de haberlos sacado en la Facultad de Medicina de cadáveres y luego de actores vivos, me hace comprender que ese molde fue sacado de un hombre vivo, desfigurado hasta el horror, pero vivo. Uniendo esta información a la de la niña Lertó y la de las máscaras encontradas en el 4to. subsuelo, tengo una ecuación natural: ¡Ese es el molde del rostro de Erik que usó para hacer las máscaras de mimetismo y la que usaba siempre, de cartón prensado!

Opera Garnier-Molde de una víctima de la Comuna
Opera Garnier-Molde de una víctima de la Comuna

Perdonen pero mi agitación es mucha. Además este yeso es muy, muy parecido a la única foto que existe y que yo tengo de Erik. Esto me obliga a mostrar ESA foto en el próximo capítulo Nro.12, aunque en el estado natural en que la encontré, no restaurada, pues dicho trabajo aún lo está realizando el artista.

Pero mi agitación no es solo por eso. Lertó me informa que el mismo cuidador le dijo en tono confidencial: "Todo esto, mademoiselle, es todo bouffe, porquería. De a poco la vamos sacando de exhibición. Hace falta espacio para nuevos emprendimientos, para salas de conferencias... para tantas cosas. Todo esto está yendo a un depósito en la parte de atrás de la Ópera, pronto terminará en la basura". 

Nota sobre la foto de el Vizconde Raúl:  En la foto que adjunto (provista por su nieto que, como dije, es lector de este sitio web) notaremos que tiene un atuendo extraño, como teatral. Ello se debe a que el Vizconde, novio de Christina, practicaba el croquet, deporte preferido del grupo de la más alta nobleza católica apostólica romana y, por supuesto, española que es la más antigüa y rancia en el repertorio de blasones europeos. Raúl (no digo "el Sr.Raul" porque en mi locura de escritor e investigador, lo considero un amigo) solía ejercitarse también en polo y el antiquísimo pato, observado quien sabe en algun viaje a la antigua Argentina en alguna época en que ese cruel deporte no estuviera prohibido... o aún así.

Digo todo esto para que se comprenda que Raúl era un verdadero "príncipe azul" (azul por la sangre, según la tradición) depositario digno de la más auténtica aristocracia, heredero de guerreros Templarios o celtas, que luchaban con sus pares defendiendo y conquistando tierras envueltos en armaduras y gloria, blandiendo pesadas espadas y escudos. Expongo esto (y les ruego a los directivos de Terror Universal que publiquen esto bajo mi responsabilidad), porque la palabra "nobleza" suele confundirse en Argentina con los apellidos patricios que solo consiguieron tierras y oro asesinando a los pueblos originarios, depredando a indios, a indígenas ingenuos y de un armamento muy inferior (mi segundo apellido es Santamarina, por las dudas), en un ejemplo de cobardía patológica como nunca se vio. Esta explicación es solo para que se comprenda que Cristina y Raúl eran una pareja ideal, romántica, de buena genética, dignas del final feliz que todos los fanáticos de "El Fantasma..." conocemos.

Cristina Nilsson-M.Lambert-Eva revelada.1861
Cristina Nilsson-M.Lambert-Eva revelada.1861

Más notas al pié sobre Cristina: En la novela "Trilby" (1894) de George Du Maurier (abuelo de la famosa Daphne Du Maurier), la protagonista Trilby O'Ferrall debe ganarse la vida posando desnuda. Svengali, el profesor de violín judío, que vivía mangando e hipnotizando mujeres para poder vivir, la "conquista" con sus malas artes, la somete. En 1931 el director Archie Mayo realizó una versión fílmica con el gran, enorme, John Barrymore. Siempre se dijo que Gaston Leroux se inspiró en esa novela paras su "Fantasma". Lo significativo es que se descubrió quién fue la modelo que posó en 1861 para Maurice Lambert, para su estatua "Eva revelada". ¡Era nada menos que Christina Nilsson!

Tenía entonces 18 años y debió escapar a la tutela paterna, suponemos, para posar impúdicamente como Eva. Como haya sido, el Louvre expone cada tanto la obra de Lambert y hay otras piezas, cabezas y manos que, según los archivos de dicho museo, aseguran que fueron copiadas de la entonces modelo Mademoiselle Nilsson.

Erik, al igual que Svengali, parecía tener una personalidad hipnóptica y decididamente misteriosa.

 

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