Terror Universal
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Seccion: Artículos (Lecturas: 175354)
Fecha de publicación: Octubre de 2016

El Fantasma de la Opera existió realmente [XIV entrega]

A través de esta investigación, nos proponemos echar luz en los precedentes históricos de una famosa creación literaria inmortalizada por el 7mo. Arte.

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Natán Solans



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Capítulo 14: Donde los espejos y sillones cobran vida, Erik desata sus celos, se regresa al cementerio de Perros-Garrós y llueven las calaveras.

En esa única semana, el grupo de concejeros del Director (entre los que se contaba el Director de Orquesta y el propio Raúl Vallejo y Miranda) aconsejaron a éste crear una especie de "semillero" de talentos, teniendo en cuenta que muchos músicos, bailarinas, cantantes y técnicos estaban ya viejos y venían trabajando desde la vieja Opera de la rue Pelletier. Monsieur André Méssenger no era un hombre que se dejara influenciar pero vio que los consejos eran bien intencionados y sabios, por lo cuál cedió en varios puntos, uno de los cuales fue convertir a Cristina en 2da. solista y darle un camarín propio. "La verdad, se lo merecía", pensó el Director Méssager pero también, como era perro viejo, notó la alegría de Raál tras este trámite.

Se le concedió el camarín No E-14, tres veces más pequeño que el de La Sorelli y varias veces más chico que el de La Carlotta, pero cuando Cristina vio en la puerta de pintura verde cuarteada el cartelito de simple cartón color manteca con letras azules que decían "Cristina Nilssen" sus ojos se le llenaron de lágrimas.

Adjunto la única foto que pudieron enviarme de dicho camarín, aunque la decoración que se ve en la misma es posterior, cercana a la que se usaba 30 años después, en los días cercanos al fín de la Primera Guerra Mundial (1918).

Al entrar experimentó un ramalazo de humildad y no se sintió digna de aquello. El coqueto cuartito, todo pintado de humilde y sobrio verde inglés, tenía un mobiliario victoriano escaso, un biombo hecho con partituras viejas (esto lo rescata la versión cinematográfica inglesa, protagonizada por Herbert Lom), una bibliotequita, una otomana (sofá bajo que usan los artistas para reclinarse y descansar entre actos), una alfombra persa roja y verde muy descolorida, una ventanita alta por donde entraban las últimas luces del día, una pequeña araña y un hermoso mueble de maquillaje con un gran espejo. Ese mueble y la araña estaban provistas de la modernísima luz eléctrica. Era la primera vez que la usaba y no todos en París la tenían todavía.

La vida lírica es hoy dura, pero en aquella época lo era mucho más; se debía tener una total dedicación a la profesión. Por eso al atardecer, antes de la magra cena, era común retirarse a los camarines para hacer un análisis de las tareas del día y preparar el siguiente.

Según las tres fuentes de que se proveyó Gastón Leroux, fue un atardecer cuando Cristina escucho la Voz. Acostada sobre la otomana acolchada de raso bordeux, muy gastada, adormecida por la luz del ocaso (nadie prendía las luces eléctricas ni de gas hasta último momento, pués esto era parte de la economía de La Opera), muy queda, se la escuchó:

- ...Cristina, Cristina... no temas...

Los párpados de la chica se abrieron más rápido que nunca antes en su vida, se puso pálida pero trató de estar en control.

- No temas; tú me conoces... soy El ángel de La Música...

Temblando Cristina se incorporó lentamente y, venciendo el impulso de salir corriendo por la puerta, giró el interruptor de loza y el camarín todo se iluminó.

- Dime, por favor quién eres... ¿es una broma? Es...

- No, me conoces desde siempre y tu padre también me conoce... soy simplemente El Ángel de todos ustedes...

Tan hermosa, redonda y diáfana era aquella voz que parecía venir de todas partes que Cristina se calmó.

Pensó enseguida en la enorme estatua enchapada en oro que coronaba La Opera y así mantuvo en su psiquis aquella figura.

- ¿Qué quieres de mi...?

- ¡TODO!

- Explícate... por favor...

- Tu voz, tu interpretación, son casi perfectas... pero te falta estilo... solo eso. Ya antes guié a otras artistas a alcanzar su perfección, ¿me entiendes? ... A partir de este momento te tomo bajo mi tutelaje; solo a MI obedecerás en tus lecciones y solo YO velaré por ti, para convertirte en una Diva... ¿comprendes ?

- Sí, déjame pensar... nunca antes estube en contacto con crímenes, fantasmas y... un ángel...

- ¡Ha, ha, ha!... ¡qué inteligente eres, niña, qué claro es tu pensamiento y qué valor tienes!

- Si es una broma, deja de asustarme...

- No, no lo es; no debes pensar, solo obedecer; tienes que concentrarte, concentrarte totalmente en tu Arte. Para ello debes alejarte de las influencias que lo perturben. El Vizconde Raul, por ejemplo...

Y, sin dejar que ella contestara, La Voz comenzó a enseñarle un sistema de vocalización como jamás ella había escuchado. En realidad solo se trataba del sistema musical industani, basado en el silabario brahmi dravídico, totalmente desconocido en Europa en aquellos años, adaptado a la lengua francesa. Por supuesto no necesito informar a mis cultos lectores iniciados que "El Ángel" era El Fantasma pero lo que, lamentablemente, no puedo contarles es como realizaba aquel truco, porque hay más de una decena de versiones de ello.

De estas (que me siguen llegando de parte de los lectores; muchas gracias) tomaré solo tres.
La primera, que es la que mostró Narciso Ibáñez Menta en televisión argentina, en 1960, simplemente era un receptáculo separado del camarín por un "cristál inglés" (abuelo del vidrio polarizado actual) y una abertura cubierta de tela (como las de las radios capilla) por donde hablaba Erik.

La segunda es que Erik era ventrílocuo y podía "enviar" y "localizar" la voz haciéndola salir de donde el quisiera. El Sr. Lembo, presidente de C.I.V.E.A.R. y amigo mío, duda de que esto pueda hacerse, pese a que ambos lo vimos realizar por el recientemente desaparecido ventrílocuo Wilson.

La tercera posibilidad es la que más me gusta, quizás porque tiene que ver con esa técnica que tanto amo y que se llama "origasti", que ya mencioné en pasados capítulos de esta biografía.

Esta teoría dice que Lumley Nerú se disfrazó de sillón tal como lo hacen los Tres Chiflados en sus cortos u otros cómicos del cine; simplemente agachándose con la fuerza de sus cuádriceps o sentándose en un pequeño banquito de caddy y adoptando la forma del mueble se cubre con una tela. Algunos tratados ninjas dicen que dominando la técnica de la "contracción espástica", se podría tocar a estos hombre y, dada la dureza que adquieren, "confundirse con piezas de madera" (sic).




Explicación del origasti
Dibujo original de Natán Solans







Secuencia de origasti en Fantomas (1932)

Otro ejemplo maravilloso de este Arte Negro figura en la película Fantomas (1932) de Paul Fejos. Se trata del truco llamado "Sillón Humano", utilizado por Larry Semon, Los Tres Chiflados, los payasos del Ringling Bros, Barnum & Bailey Circus y muchos otros, pero que es un recurso espléndido para mimetizarse en una habitación, sobre todo si está recargada de adornos y decoración. El Maestro Wa Tsu cuenta en "Secrets from the Ninja Grandmaster " (Paladin Press, 1986) que existieron asesinos que se ponían en cuclillas y fingían esto durante horas (!) con el solo soporte de sus fuertes y seguros músculos cuádriceps. Además no se trataba solo de estarse quieto ("... el verdadero Arte del Mimo es la quietud, no el movimiento, tan importante como los silencios en una partitura", Marcel Marceau), si no de reaccionar sin calambres para atacar, neutralizar o matar a la víctima, igual que una araña.


El caso es que, cuenta la mismísima Cristina en su desordenada autobiografía, las clases eran tan satisfactorias que cuando tomaba las habituales, "las aprovechaba mucho más y me resultaba sencillísimas".

Aquella primera clase debió durar bastante porque Cristina se durmió apoyada sobre sus brazos que descansaban en el pupitre de maquillaje y fue el grito clásico del sereno que la despertó:

- ¿QUEDA ALGUIEN EN LOS CAMARINES?

Esta costumbre data de los tiempos isabelinos, porque era común que, borrachos, los actores se durmieran allí, en la companía del Teatro "El Globo" de William Shakespeare, por ejemplo. Narciso Ibáñez Menta supo darle una vuelta de tuerca a ese llamado, convirtiéndolo en una muletilla que todo Buenos Aires repetía, a modo de broma, durante toda la década de 1960. En ocasión de trabajar en el Teatro San Martín me emocioné mucho al comprobar que la costumbre todavía existe.

Luego de gritar, el forzado portero cierra las numerosas puertas y portones del teatro; la tarea le lleva cuatro horas. Al otro día cada artista, oficinista o técnico retira su llave del inmenso panel pintado de rojo que todavía permanece allí.

Las lecciones continuaron y a nadie que pasara por el pasillo le llamaba la atención escuchar a una soprano vocalizando.

Cristina, pasada su sorpresa tomó como algo natural sus clases con "El Angel". Me gustaría acotar aquí que yo mismo observé esto a lo largo de toda mi vida: la aceptación de lo sobrenatural de forma inmediata, cuando se tiene contacto con ello; gente que habla por medio de una médium con parientes muertos, contactos de tercer tipo con extraterrestres, enfrentamientos con bestias de la criptozoología tales como yetis, piesgrandes, monstruos de lagos, etc. Las personas se habitúan casi inmediatamente a estas nuevas relaciones como pasó con los incas y aztecas con el extraño hombre blanco.

Inevitable y voluntariamente Cristina y Raúl se encontraban a menudo por los pasillos y salones de La Opera. Cuando la atracción es mútua, ustedes lo saben, las charlas se dan naturalmente y el tiempo parece pasar demasiado rápido.

Ambos se esforzaban en guardar las formas pero, también como pasa siempre, todos se daban cuenta a su alrededor de la atracción que había entre ellos... todos, principalmente Erik. Por esa época sucedió un hecho triste: falleció el padre de Cristina. Por suerte, en esas famosas "dos semanas", padre e hija charlaron mucho y el Sr. Nillson pudo conocer la Opera por dentro ; sueño acariciado por todo artista lírico.

El buen músico murió sonriente, abrazado a su violín blanco (que ahora era color crema), arrellanado en su cómoda cama, anestesiado por el buen ron y con la sensación de haber dejado a su hija bien encaminada, en manos de "El Ángel de la Música". La Opera de Paris no tenía aún sindicatos, pero existía en la comunidad lírica mucho compañerismo y el nuevo Director reforzó la seguridad social, por él mismo recordar cuando el trabajador estaba completamente indefenso. Raúl también colaboró con su inmensa fortuna a brindar comodidad a tanto artista y técnico.


El cementerio de Perros-Garrós, en la actualidad, casi una escenografía de terror

Digo toda esta perorata para contar que el Sr. Nillson fué enterrado con honores en el cementerio de Perros-Garrós como había sido su deseo e inauguró la Cripta Lírica que aún se puede visitar hoy. De otro modo, de no estar Cristina empleada en La Opera, seguramente su cadáver hubiera tenido que ser arrojado a una zanja como ya dije...

En el blanco edificio de mármol (una ruina romana restaurada, realmente), en su nave, en el centro, el negro ataud de ébano mostraba el violín de Nilsson apoyado en el. Un centenar de personas acompañaron al músico a su última morada.

Al salir, al lado de Raúl, la llorosa Cristina se sobresaltó al encontrarse de nuevo con la antiestética muralla de calaveras y, hasta le pareció ver una que la miraba furibunda, con los ojos refulgentes. Cuando se limpió con su pañuelito rococó, la calavera ya no estaba en la fila y todo era tranquilidad en el débil sol de la mañana.


Uno de los famosos osarios franceses, similar al de La Opera

En la siguiente clase, el maestro fantasmal, luego de dar su pésame y asegurarle a Cristina que su papá "estaría por siempre a mi lado", se dedicó a reprocharle su liviandad, a decirle que su relación con un "accionista de La Opera", solo le daría mala fama, tiraría su reputación por el suelo y la cubriría con el lodo de la malidicencia...

Cristina, aunque molesta, comprendió que algo de verdad había en esas palabras, además estaba acostumbrada a obedecer a las autoridades así que, por un tiempo trató de evitar al enamoradísimo Raúl.

Se acercaba la gala anual, La Grand Soiré, la noche de las noches y el empecinado Lumley Nerú quería que su protegida fuera solista; el camino natural para llegar a Prima Donna, a Diva... El Teatro todo era un hervidero; el departamento de escenografías (que no se llamaba así en ese entonces) levantaba paisaje tras paisaje, auténticos cuadros primorosos que apilaba en los lugares correspondientes y aún en los pasillos de la Opera. Un ejército de niñas y adolescentes montaban ramos de flores artificiales de pedrería, de nácar, con rígidas hojas almidonadas, pérgolas enteras hechas trabajosamente una a una. En props, atrezzería, utilería de acción, etc. era lo mismo; los antifaces, las máscaras, los asombroso vestuarios de enormes miriñaques, zapatos de ensueño, abanicos, caballos artificiales, carruajes... de todo, brotaba como por arte de magia, día a día de aquel hormiguero humano. Muy arriba una telaraña de sogas y cordeles eran manejados por los maquinistas , únicos iniciados en aquel extraño arte de nudos de marinería.


La Sorelli muy joven, circa 1860

Las pequeñas bailarínas ensayaban tres horas de más cubiertas de sudor y con gesto adusto, hidratándose furtivamente con cerveza fría. La Sorelli ya estaba en punto muerto; no sentía el cuerpo, hacía tiempo había dejado que la Música la guiara como una involuntaria marioneta. La Carlotta estaba más insoportable que nunca, demandando cosas irrisorias, como un nuevo tapizado a todo el mobiliario de su camarín; es que, decía, ahora estaban de moda las telas con bandas verticales, blancas y rojas.

El Señor Méssager no tenía la paciencia de los directories salientes y varias veces le había demostrado a ella y a su esposo su pésimo humor. Los coros de ochenta cantantes levantaban más la voz para tapar el vozarrón agudo de Carlotta, que vociferaba insultos en italiano; la orquesta de 160 profesores (la mayoría viejos y homosexuales), aporreaban sus instrumentos esparciendo con sus ondas sonoras los nervios que se sumaban al ambiente.

En el camarín  Cristina, exhausta, trataba de alcanzar una nota imposible, parecida a la sirena de una moderna ambulancia y, quizás, del otro lado del espejo o desde algún disfraz de mueb le Erik dictatorial exigía:

- ¡Canta, canta Cristina! ¡Canta para mi...! (¿familiar no?)

LLOYD WEBBERLloyd Webber, sabiamente, estudió mucho la vida de Erik y logró con este pasaje una de sus mejores composiciones en Broadway y el mundo entero.

Solo algo consolaba a la cantante y era el hecho de que al otro día, sábado, visitaría la tumba de su padre y, además, se encontraría con Raúl. Nada de esto le había comunicado a su Ángel de la Música porque, muy adentro, consideraba a esta deidad como alguíen con algo de terrenal, de mundano... Y continúo y continúo hasta que logró por fin esa nota que se elevó y dispersó con enorme potencia y belleza.

En algún lugar del cuarto un rostro imposible, una cara de muerto, sonrió como nunca lo había hecho y el agujero lleno de dientes torcidos y marrones expresó su máxima alegría; dos lágrimas rodaron desde los luminosos ojos dorados por las mejillas.

Dicen que cuando sucede eso, las Divas no se dan cuenta, que entran en éxtasis y se proyectan, se vuelven, por así decirlo, en la nota misma que están emitiendo. En esa ocasión la nota subió hasta unirse con toda aquella cacofonía, con aquel ordenado caos que eran las vísperas de un acontecimiento.

Muy arriba, entonces la gran lucerna, la Araña Máxima, vibró en toda la magnitud de todo su enorme kilaje y los querubines pintados a su alrededor parecieron cobrar vida mirando todo aquello... En cambio, muy, muy abajo las calaveras de los miles de cadáveres que poblaban aquellas oscuridades parecían mirar para arriba, envidiosos de tanta vida.

No se pierda la segunda parte de este mismo capítulo, en breves días...

 

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