Terror Universal
E mail Nombre

Seccion: Artículos (Lecturas: 111)
Fecha de publicación: Octubre de 2017

Vampiros en Buenos Aires

Firme en nuestro inconsciente colectivo, la figura del vampiro pervive en el teatro y la pantalla y se sirve por televisión al respetable en sus propios hogares, no sabemos si como un entretenimiento más o tal vez silenciosa alusión a la elocuente pasión por lo morboso que nos anima día y noche.

Darío Lavia



Registro de marcas

Bookmark and Share

Artículo originalmente publicado en el diario Perfil (23/07/2017)

Pensar en vampiros nos remite, sin escala, al monstruo clásico moldeado por la Meca del cine que ya consumimos como habitual nutriente fantástico: el conde Drácula. Pero pocos saben que en nuestro país hubo bastantes no-muertos que dieron digno contrapunto a las criaturas de la noche que nos asaltaban desde Hollywood, donde sabemos bien que el mito cobró entidad a partir de febrero de 1931, cuando Universal estrenó el famoso Drácula de Bela Lugosi. Este largometraje –hoy ícono cultural y artístico—fue una versión del éxito teatral de Hamilton Deane y John T. Balderston de onerosa vida útil en la década del veinte. Esa misma obra, adaptada para nuestras tablas por Benjamín Díaz, fue la que se estrenó el 24 de enero de 1947 en el Teatro Apolo, con el protagónico de un actor extranjero, Andrés Mejuto, Delfy de Ortega como Lucy Seward, el olvidado animador de Sábados de la bondad Héctor Coire en el rol de Jonathan Harker, Ricardo Argemí como el cazavampiros Profesor Van Helsing e Iván Grondona –olvidado presentador de El país que no miramos—como Butterworth.

Nathán Pinzón en "El vampiro negro" de Viñoly Barreto

Se dice que nuestros productores artísticos y nuestro público nunca fueron muy afectos a los vampiros vernáculos sin embargo, en la década del cincuenta, el vampiro que predominó fue aquel moldeado por el Peter Lorre de El vampiro negro (1931) de Fritz Lang, el psicópata paidófilo que silba compulsivamente la pegadiza melodía del "Peer Gynt" de Grieg. Román Viñoly Barreto realizó una soberbia versión, muy nuestra, El vampiro negro (1953) que inmortalizó a Nathán Pinzón en el rol de Teodoro Ulber. El año anterior el santiagueño Carlos Hugo Christensen había logrado un cuasi opus magno con Si muero antes de despertar (1952), thriller de quitar el aliento con Homero Cárpena como el lunático asesino de escolares. Pero estos no eran vampiros chupasangres como mandaba el canon y el cine argentino tuvo que esperar a que Emilio Vieyra tuviera la necesidad de ofrecer películas fantásticas al circuito latino de Estados Unidos para filmar Sangre de vírgenes (1967) que fue, ahora sí, nuestra primera película del subgénero, con el uruguayo Walter Kliche como el vampiro sempiterno y la atractiva Susana Beltrán como su amor imposible que cruza los océanos del tiempo. Es curioso observar que el filme tardó siete años en estrenarse en nuestro país, que recién lo conocería en salas a principios de 1974.

"Otra vez Drácula" de Meyrialle con Narciso Ibáñez Menta

Narciso Ibáñez Menta sufre los embates de "La pesadilla" de Chicho Ibáñez SerradorFue Narciso Ibáñez Menta que encarnó a los primeros vampiros de nuestra televisión en la miniserie Otra vez Drácula (1970) con libro de Horacio S. Meyrialle y una historia que daba una vuelta de tuerca al mito, mezclando el relato de Bram Stoker con El fantasma de la Ópera. Volvió Narciso al vampirismo en La pesadilla (1974), uno de los episodios unitarios de Chicho Ibáñez Serrador presenta a Narciso Ibáñez Menta, con imprevisible giro argumental: esta vez el vampiro Iolakyn sueña que es un inocente misántropo al que una turba enfebrecida trata de linchar porque lo cree vampiro. En plena preparación del nefasto Proceso que trataría de reorganizarnos, Chicho Ibáñez Serrador utilizaba el mito para ofrecernos una sutil bajada de línea sobre el peligro de llevar al extremo los clamores populares (en nuestro caso, el famoso "ir a golpear la puerta de los cuarteles"). Ese mismo año, pero sin dobles lecturas, Los vampiros los prefieren gorditos, de Gerardo Sofovich, permitió al excelente comediante Adolfo García Grau ensayar una caracterización acorde al tono cómico del film siendo nada más y nada menos que el legítimo Conde Drácula, que sería el primero de nuestra cinematografía.

Por aquella época, el amante del cine de horror clásico, Jorge Carlos García –recientemente fallecido—rodó el largometraje amateur Estigma de terror (1974), relato de vampiros en una Transilvania de Gran Buenos Aires que tiene como hallazgo ser además la primera película gore de nuestro país. García, que previamente había realizado un cortometraje sobre el mito, Drácula ataca en Martínez, retomó sus criaturas tres décadas más tarde, en este siglo, en Spectrum Voraz (2003), proyectado en festivales y emitido oportunamente por la señal I-Sat.

El "Drácula" de Gianni Lunadei, con Bárbara Mugica

El "Drácula" de Sergio Renán

1979 fue el año draculeano por excelencia. La cosa había comenzado afuera, en Londres en 1977, con el rutilante éxito del Drácula de Balderston-Deane con Frank Langella ayudado por las espléndidas escenografías de Edward Gorey y continuó al siguiente año con su adaptación al teatro español, con Narciso esta vez corporizando a Van Helsing. Buenos Aires comenzó a calentar motores con Esta noche, Drácula, de Robert Habbeger, con un Nosferatu porteño ambientado en 1910 que cosechó aceptable convocatoria en el Teatro de la Piedad donde se estrenó en diciembre de 1978. Al poco tiempo, en enero de 1979, Daniel Tinayre estrenó en el Teatro Lola Membrives El conde Drácula, adaptación de una pieza de Ted Tiller protagonizada por Gianni Lunadei, con Raúl Aubel como Harker, Bárbara Mujica como Lucy, Tincho Zabala como Van Helsing y Carlos Moreno como Renfield. A pesar que la crítica no fue piadosa, se mantuvo durante un par de meses dando batalla a la versión rival –que sí contaba con las escenografías de Gorey, especialmente traídas al país—que fue el Drácula estrenado en el Teatro Odeón el 29 de enero de 1979 con Sergio Renán en el rol vampírico. Acompañado por Pablo Alarcón (Harker), Gigí Ruá (Lucy), Osvaldo Terranova (Van Helsing) y Franklin Caicedo (Renfield), la puesta fue el éxito del año y –justa evidencia—provocó al menos dos remedos cómicos, Es-conde el Draculín (Teatro Astros), con Ethel Rojo, Jorge Porcel y Alberto Olmedo como figuras rutilantes frente al Drácula de Sergio Velasco Ferrero; y Draculovich (Teatro Embassy), obra de Gerardo Sofovich con el comediante Norman Erlich. El remate de ese inolvidable año fue la emisión en diciembre de Hay que matar a Drácula, de Máximo Soto, nuevamente con Lunadei como vampiro, esta vez en tono serio, y Narciso reiterando su rol de Van Helsing.

La década del ochenta mantendría latente al Conde: en versión cómica conocimos dos Dráculas televisivos en el programa Calabromas. La idea nació del maquillador Natán Solans, por entonces en el plantel artístico, que sugirió –dando incontables ejemplos verbales y en VHS—el potencial de los grandes monstruos clásicos y, luego de una adaptación del Joven Frankenstein, siguió el Drácula de Jaimito Cohen con Juan Carlos Calabró como Van Helsing y, temporadas después, en 1986, una especie de remake con Juan Díaz Cuchuflito como Conde "Ladracu" frente al popular personaje de Calabró, Johnny Tolengo. 1985 fue el año de un programa olvidado, Momento de incertidumbre, del animal televisivo Rodolfo Ledo, uno de cuyos episodios, El regreso de Oscar Weimer, traía el caso de un personaje misterioso que parece ser un vampiro interpretado suponemos –dada la no disponibilidad del material, e incluso fotogramas o sinopsis detalladas— por Rodolfo Ranni. En tanto, Natán Solans corporizó a un Conde Drácula en Galería del terror (1987), divertimento de Enrique Carreras al servicio del dúo Porcel-Olmedo. Los noventa arrancarían a dos frentes, el cinematográfico con Vivir mata (1991) de Bebe Kamin, relato fantástico de inmortales bebedores de sangre ambientado en dos diferentes siglos; y el teatral con Drácula, el musical, de Pepe Cibrián y Ángel Mahler que, a partir de su estreno en 1991, se convirtió en un clásico por derecho propio revalidado en las varias temporadas del Luna Park y, ya en el actual milenio, del Teatro Ópera y Astral (la más reciente, en 2016).

Carlos Andrés Calvo y el "Drácula" de Diego Kaplan

Carlos Andrés Calvo y el "Drácula" suplente

El advenimiento del milenio trajo un nuevo Drácula televisivo, el de 1999 de Diego Kaplan, con Carlos Andrés Calvo reemplazado en sus últimos dos episodios por Lorenzo Quinteros y emitido por América TV con atractivas mediciones de audiencia. Luego de tres exitosas temporadas, el thriller Tiempofinal mutó al horror en el episodio El vampiro en que Pablo Echarri encarnaba a un no muerto con prominente sex appeal. Por esa época Alexis Puig, quien ya había estudiado el tema en su etapa de cortometrajista (1995/97) y en su segundo largometraje, No muertos (2000), legó el que sería el Drácula más mordazmente recordado para el programa Historias de terror (2004), con la singular interpretación de Gerardo Romano.

Gerardo Romano, el Drácula de "Historias de terror"

Pablo Echarri, vampiro de "Tiempofinal"

La difusión del terror en el ámbito del cine independiente permitió que la temática prolifere y, año tras año, los cortos y largometrajes de vampiros ya no son rara avis. En el marco de los últimos quince años, Fabián Forte fue responsable de dos sólidas y remarcables producciones, Mala carne (2003), proyectada en festivales independientes y El muerto cuenta su historia (2016), de estreno comercial y buena repercusión crítica. Los vampiros, así como su jerarca máximo, el Conde Drácula, siguen vigentes y su impronta está esperando que algún realizador de fuste se le anime y algo me dice que no pasará mucho tiempo más para que los vampiros argentinos vuelvan a salas comerciales.