Terror Universal
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Seccion: Películas (Lecturas: 1740)
Fecha de publicación: Mayo de 2010

Almas errantes

En los años '30 y '40, Hollywood plasmó el tema de como saldar cuentas pendientes de esta vida con la transmigración de almas en ciertas películas del hoy olvidado ciclo de "almas errantes en la pantalla".

El Abuelito



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      Aquí estoy de nuevo, amigos, con el sempiterno propósito de enseñarles cosas viejas e ignotas de las que merecen ser preservadas antes de perecer definitivamente en el olvido. Vengo a contarles hoy acerca de uno de los ciclos de cine de miedo más desconocidos de los años treinta y cuarenta, era añorada en la que el género alcanza su cénit y su fin. No sufran, que no voy a dar la lata con Frankenstein, ni la Momia, ni el Hombre Invisible, que por muy apreciados que sean todos sus filmes deben ustedes sabérselos de memoria, como yo. Ni siquiera abordaré de momento al más desconocido monstruo de la Universal, la Mujer Gorila, ni los crímenes macabros de Lon Chaney en la serie “Inner Sanctum”. No, tocan títulos de un subgénero olvidado, el de las Almas Errantes.

      Espíritus inquietos que se resisten a morir, y que de una u otra forma se posesionan del cuerpo de un vivo obligándole a matar, porque tales almas pertenecen, invariablemente, a asesinos sin piedad... De productora en productora, sin protagonista fijo, cinco realizaciones con este argumento se repiten a lo largo de algo más de diez años. El meollo, pese a lo múltiple de sus formas, es siempre el mismo. Y sus modos fílmicos, también. 

Carole Lombard en SUPERNATURAL
La Supernatural mirada de Carole Lombard

      Horror que desdeña las sombras góticas, precisamente cuando atraviesan su época de mayor auge. Historias de ultratumba contadas según las claves icónicas del cine negro, que anticipan con su naturalismo fantástico el próximo ocaso de los monstruos. Referencias que traen ecos del mundo de espiritistas, médiums y videntes, tan del gusto de San Tod Browning en sus años mudos. Como aquellas, también esas películas tienen componentes enfermizos, derivados de un sentido del miedo que tiene mucho que ver con lo religioso, asunto que toca entresijos muy profundos y es capaz de despertar terrores atávicos. 

      Los hermanos Halperin, que ya hiciesen lo propio con el cine de zombies, son los encargados de inaugurar este heterodoxo ciclo, y lo hacen sacándose de la manga una obra maestra de nombre escueto y definitorio: Supernatural (1933). Cuenta la historia de una mujer ejecutada en la silla eléctrica cuyo cadáver va a parar a manos de un mad doctor que pretende probar con él vaya usted a saber qué disparates, consiguiendo entre experimento y experimento que el espíritu de la criminal encarne en el cuerpo de Carole Lombard, rica heredera atribulada por la reciente pérdida de su hermano. Guiada por su voluntad, Carole intentará vengarse del antiguo amante de la asesina muerta, estrangulándole. 

       La transformación de la angelical Lombard en maligna poseída es de quitarse el sombrero, y da la pauta para las que van a sucederse en los títulos siguientes. Realizada sin maquillaje apenas, leves gestos y expresiones, ligeros cambios en la voz delatan su conversión en mujer demonio, especie de Jekyll y Hyde sutil y sin estridencias claramente diabólico.  

       Supernatural la produce la Paramount, por lo que pueden imaginar una puesta en escena sin escaseces y una fotografía correcta que busca crear ambientes cotidianos. Se crece en lo fantástico, con algún momento memorable: la transmigración del alma malvada como un viento que surge de la nada moviendo levemente las cortinas, en un laboratorio aséptico hasta la nausea. Asesinatos, al menos tres; pocos diálogos; un montaje sorprendente que hace hablar a las imágenes; secundarios fabulosos, como la vecina borracha y chantajista que acaba bajo las ruedas del tren; un modélico malvado, corruptor de grimoso bigote, y unas sesiones de comunicación con el Más Allá recreadas como toda la narración de forma naturalista, el mayor acierto de una película redonda como bola de cristal que además dura lo justo, una hora apenas.   

THE MAN WHO LIVED TWICE      The man who lived twice (1936) es otra realización que toca tangencialmente el tema, disfrazándolo bajo burda excusa pseudocientífica. Ralph Bellamy, ligeramente acartonado,  interpreta en esta serie B a un peligroso gánster que  intervenido de un tumor cerebral, se convierte en seráfico doctor una vez muerto el espíritu malo que lo animaba. Nuevo ser que inicia nueva vida, bien que el alma malvada pugne por aparecer de nuevo. La transformación se opera al revés, aquí es el ser bueno quien se impone al malo, mutando incluso físicamente. 

       Su tono es más melodramático que fantástico, y deriva en historia de tribunales cuando descubierta la personalidad de Bellamy se intente hacer pagar al médico los pecados del criminal. Y a mí, qué quieren que les diga, las películas de juicios me aburren, máxime si como aquí se pretende hacer pasar un planteamiento mágico por cosa verosímil, renegando de lo fantástico con modos rutinarios y pacatos. Cuando se parte de un despropósito no parece lo más acertado encaminarse hacia las sendas del realismo. Es lo que hace este filme melifluo y prescindible, traído aquí por sus puntos de contacto con otros del ciclo: la dualidad delincuente/doctor; las manías insignificantes que la personalidad nueva conserva de la enterrada, o la intervención de un científico como desencadenante de la transformación.  

Boris y Stanley Ridges planeando un BLACK FRIDAY
Boris y Stanley Ridges planeando un BLACK FRIDAY

       La siguiente, Black Friday (Nombre en español, 1940) es la más conocida del lote, una producción de la Universal que se anuncia protagonizada por Karloff y Lugosi al alimón, cuando en realidad el pobre húngaro apenas aparece y la verdadera estrella es el ninguneado Stanley Ridges. Soberbiamente fotografiada, con uso dramático de las sombras y perfecto ritmo narrativo, está dirigida por Arthur Lubin, un hombre curtido en la serie B que ese mismo año realiza otras cuatro títulos más, antes de firmar para la productora la fallida   adaptación de El fantasma de la Ópera (1943) protagonizada por Claude Rains. El guión es de Curt Siodmak, un señor que no debiera necesitar presentación puesto que es el escritor que se halla detrás de de más de dos docenas de clásicos del fantástico, entre otros El Hombre Lobo (1941) y El cerebro de Donovan (1953). Toda una garantía. 

       Un comienzo impactante, en el que Boris es conducido a la silla eléctrica, da lugar al flash back que constituye la acción. El poseso es aquí es un pacífico catedrático de literatura -Stanley Ridges- quien víctima de un accidente de tráfico es intervenido por Karloff. Para salvarle la vida, éste le injerta parte del cerebro del gánster conductor del auto que le atropelló. Cuando al poco tiempo el mad doctor se entera de que el finado bandido mantenía oculto el botín de sus fechorías, se dedica con ahínco a intentar despertar su alma, trasplantada al cuerpo de Ridges con el trozo de encéfalo. El proceso de posesión comienza paulatino hasta que se da la metamorfosis total, sobria como en los filmes precedentes. Mutado en durísimo criminal, el profesor elimina a sus antiguos compinches, entre los que se incluye un Bela Lugosi a punto de comenzar su particular descenso a los infiernos de las infraproductoras de Hollywood. 

       Karloff repite un personaje que durante estos años se le ofrece sin parar, el de científico extraviado y ambicioso. Puro arquetipo, su caracterización es maestra, aunque el auténtico recital interpretativo corre a cargo del habitualmente secundario Stanley Ridges, bordando un papel que le permite lucirse a gusto. Sabiamente, con gesticulación contenida y mirada de desamparo, transmite al espectador toda la perplejidad y horror de su situación, hasta que en el más puro estilo Mr. Hyde culmina las cada vez más frecuentes visitas del espíritu invasor. Perfecta mezcla entre el tono de serie negra y el terror macabro, Black Friday deviene título canónico entre estas Almas Errantes.

       Un fantástico semejante, que no precisa apenas trucos ni maquillajes y es susceptible de ser filmado en cualquier escenario sin gastos extra, forzosamente tiene que atraer a las productoras más humildes. Es el caso de Monogram, que en 1942 aborda de la mano del stajanovista Phil Rosen -titán capaz de despacharse dos películas al mes- una nueva revisión del tema, The man with two lives. Edward Norris, excelente actor cuyo inmenso talento rara vez asoma fuera del Callejón de la Pobreza, encarna en este filme a un joven de buena posición que muere en accidente y es resucitado por un atildado mad doc amigo de su familia. Lástima que el milagro se dé justo a la misma hora en que un diabólico asesino es ejecutado, pasando el alma de éste a tomar el cuerpo del inocente Norris. Amparado en su nueva personalidad, el espíritu del gánster reemprende a lo grande su carrera delictiva, ante el pasmo de parientes y amigos. 

        Claramente inspirada en Black Friday, los modos de este Hombre con Dos Vidas son lo suficientemente correctos para convertir su visión en agradable pasatiempo, soportado por la brillante interpretación de Norris y por una narrativa lo bastante ágil como para hacer olvidar sus carencias más obvias. 

Stanley Ridges y Tom Powers viendo si THE PHANTOM SPEAKS
Stanley Ridges y Tom Powers viendo si THE PHANTOM SPEAKS

       Algo parecido a lo que va a suceder en la última vuelta de tuerca que se dé al tema desde Republic Pictures, la más rica entre las productoras pobres. Para protagonizarla se contrata nada menos que a Stanley Ridges, que repite el papel que tenía en Viernes Negro y se convierte así en la estrella del subgénero. Exploitation facturada sin disimulo alguno, The Phantom Speaks (1945) cuenta con la fortuna de estar dirigida por John English, uno de los Reyes del Serial, capaz de insuflar vida contra viento y marea a cuanto trozo de celuloide se le ponga por delante. 

      Ridges, familiarizado con el personaje, es una especie de médium empeñado en contactar con el Más Allá. No se le ocurre mejor cosa que intentar una comunicación psíquica con un criminal al que van a matar en la silla eléctrica en el momento de su ejecución, con las consecuencias que cabe imaginar. El fantasma del gánster se le aparece cada dos por tres; merced a su superior fuerza de voluntad, hace suyo el cuerpo del infeliz vidente y cumpliendo con la costumbre de estos espíritus errantes, se lía  a matar a cuantos intervinieron en su arresto y condena. 

      Hecha sin concesiones, el espíritu malo es aquí un verdadero sádico, casi un monstruo que por un pelo no estrangula a una dulce pequeña de rubios tirabuzones. English, apoyado en la interpretación firme y pulida de Ridges, mantiene durante toda la película un tono de tensión  y fatalismo que vienen como anillo al dedo a una historia no por conocida menos macabra. Y hasta estremecedora, que las apariciones del espectro hacen de este Phantom Speaks la más cercana al terror puro de cuantas películas componen este ciclo, valioso e ignorado, que no ha conocido continuación.