Terror Universal
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Seccion: Cronicón (Lecturas: 5197)
Fecha de publicación: Enero de 2008

Top 7: Cine de vampiros

Vampiros en el cine de terror a través de una selección de filmes memorables.

J.P. Bango



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Artículo originalmente publicado en El Séptimo Vicio


Drácula (Gary Oldman) y Harker (Johnny Depp)

Drácula de Bram Stoker (Bram Stoker’s Dracula, 1992): Preciosista y romántica actualización de la novela de Stoker que rehúye alguno de sus tópicos y estiliza todos los demás, ayudándose de unos decorados suntuosos (al estilo Powell-Pressburguer) y de un maquillaje y vestuario esplendente que ornamentan un entramado plagado de aventuras, amores imposibles, sexo soterrado e instintos animales. El imperfecto guión de James V. Hart se convierte, en manos de Coppola, en una obra esencialmente bella y gozosa, que se disfruta con todos los sentidos gracias al talento de Wojceah Kilar o Eiko Ishioka y, naturalmente, de este cineasta aficionado a los vinos que, haciendo las veces de artesano, propicia una película profundamente sincopada que se adelanta varios lustros a su época, casi tanto como el carácter contestatario de Mina Murray.


Ejército de Van Helsings comandados por James Woods

Vampiros de John Carpenter (John Carpenter’s Vampiros, 1999): Western de terror de apostura insolente y ritmo endemoniado, Vampiros de John Carpenter servirá de excusa al cineasta de Carthidge para actualizar el mito llevándolo al terreno que mejor conoce: personajes carismáticos, pocos diálogos, respuestas cínicas y atardeceres hermosamente fotografiados… Todo ello reunido en rededor de un argumento construido con vistas a converger en un clímax que a) por un lado resuelva un duelo entre antagonistas con la claridad expositiva habitual y, de otro, b) reafirme a Carpenter como el gran discípulo de Hawks que todos sabíamos que era.


Un final gélido para Christopher Lee

Drácula, Principe de las Tinieblas (Dracula, Prince of darkness, 1966): Formato panorámico y una fotografía colorista pero siniestra, embebida de rojo, hemoglobina y sexo, no solo se presentan como marcas definitorias del estilo Hammer a mediados de los sesenta sino de un modo de redefinir las películas sobre monstruos clásicos que se deshace del blanco y negro y de los apotegmas morales que las delimitaban y, sobretodo, de los textos que eran origen de casi todas las películas previas de Drácula (especialmente, la adaptación teatral de Hamilton Deane que tanto lastró el trabajo de Browning) para forjarse un recorrido propio y reconocible que, en la obra que nos ocupa, alcanza un cenit incontestable, en su yuxtaposición de horror, transgresión, sexo y clímax.


La más memorable "danza de vampiros"

El Baile de los Vampiros de Roman Polanski (The Fearless Vampire Killers or: pardon me, but your teeth are in my neck, 1967): Una comedia definida por personajes estrafalarios y un Principe vampiro gay con la forma de un relato de aprendizaje de aires paródicos que culminará en un baile frente a un espejo delator; preludio genialoide de una huida por los helados bosques de Transilvania. Polanski se adueña de las texturas y color de las películas de la Hammer para construirse un divertimento que no hace reír ni da miedo, sino todo lo contrario. Su final, de inspiración wilderiana, se mantiene entre los mejores del género y Polanski, a punto de parir alguna de sus obras más atinadas, afila su pluma y talento al servicio de una historia cuya comicidad define incluso a su divertido título alternativo.


Arturo Dominici como un memorable "no-muerto"

La Máscara del Demonio de Mario Bava (La Maschera del Demonio, 1960): Película gótica de vampiros, brujas y otros muertos vivientes reunidos en torno a la consumación de una maldición proferida contra los descendientes de una familia aristocrática. Basada en la novela corta de Nicolai Gogol, El Vij, la cinta se sostiene por la perturbadora presencia y los inmensos ojos de Barbara Steele (magníficamente fotografiados por Mario Bava), y por una serie de secuencias especialmente terroríficas (como su prólogo) y bien resueltas (como la transformación de Ada), que adornan un entramado poliédrico que admite varias lecturas subcontextuales, incluida la idea del doppelgänger.


Kinski y Adjani, un Drácula y Mina en las tinieblas

Nosferatu, el vampiro de la noche de Werner Herzog (Phantom der Nacht, 1979): El Nosferatu de Murnau introducirá al personaje en el mundillo cinéfilo que la Universal, ya con los derechos de la obra de Stoker en su poder, terminaría de elevar a la categoría de icono del Siglo XX. Herzog no se olvida del Clásico de Murnau (en especial, en algunos encuadres) ni tampoco Klaus Kinski en esta historia tenebrista y bucólica, preñada de peste, ratas y desolación, que subvierten el recuerdo de la obra de Stoker (y del original de Murnau) hasta convertirlo en una película vampírica sólo en cuanto a personajes, deudora de un argumento enfermo de desesperanza y tragedia, las mismas que definen y explican su atormentado colofón.


Encuentro y comprensión entre héroe y heroína

Los Viajeros de la noche de Kathryn Bigelow (Near Dark, 1987): Road movie existencial transmutada en película de vampiros de aires desérticos y protagonistas juveniles. No busca una actualización de los monstruos clásicos (Noche de Miedo) o trasladar sus epítomes al cine núbil (Jóvenes ocultos), sino buscarse un sitio a medio camino entre la aventura iniciática, la búsqueda personal, el relato de iniciación amorosa y el cine de autor de bajo coste. Su resultado no es el que la historia merece, debido a su condescendencia, pero la época en la que se realizó (la década de los ochenta: absolutamente despreciable para con el género vampírico) y sus texturas personalísimas hace que destaquemos esta película que no habla de la naturaleza del vampiro ni de sus orígenes depredadores sino de unos hombres convertidos en animales ávidos de sed que buscan su lugar en el mundo.