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Cine Braille

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Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia

WESTWORLD: LAS VACACIONES DEL BUEN PSICÓPATA

Serie de HBO creada por Jonathan Nolan y Lisa Joy y basada en el filme de Michael Crichton de 1973. Con Evan Rachel Wood, Thandie Newton, Jeffrey Wright, James Marsden, Ed Harris, Anthony Hopkins y elenco.

 

Hubo una vez, hace muchos, demasiados años, una película sin mayores pretensiones dirigida por Michael Crichton, Westworld, o Almas de metal, acerca de un parque temático en el que los turistas podían interactuar con androides caracterizados como personajes del Lejano Oeste. Como dictan las leyes de la termodinámica que rigen a este universo segunda selección que nos tocó en suerte, de pronto algo salía mal y uno de los electrodomésticos semovientes, interpretado por el recordado Yul Brynner, comenzaba a perseguir implacablemente a los protagonistas, para matarlos. Crichton, hay que decirlo, era un genio: en una obrita con destino de TV de los sábados a la tarde dio con las ideas básicas de dos de las películas más taquilleras de la historia del cine, Jurassic Park y Terminator. La premisa de Westworld era brillante, y no extraña que haya sido retomada en nuestra época por Jonathan Nolan y Lisa Joy para una serie cuyas temporadas, de calidad e interés decreciente, emitió HBO en 2016 y 2018 y emite en este desangelado 2020.
La Westworld original se permitía una módica reflexión acerca del primer gran tema de la ciencia ficción, el de los riesgos del empleo de la tecnología sin plantearse primero sus implicancias morales, tema que tiene al menos los dos siglos del Frankenstein de Mary Shelley. Nolan y Joy vieron en la idea original la posibilidad de expandirla a partir de tres grandes ejes: las complejidades de la relación entre seres humanos e inteligencias artificiales, la concepción de la realidad como mera apariencia, y la sorpresiva constatación de que el nombre secreto del futuro bien puede ser aburrimiento.
El primer tema nos lleva inmediatamente a los frecuentadísimos nombres de Philip Dick, de su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y del filme Blade Runner: la interacción entre inteligencias humanas y artificiales parece producir el paradójico efecto de desnudar la inhumanidad de las primeras y estimular la aparición de rasgos de humanidad en las últimas. Algunos de los androides de Westworld comienzan a experimentar empatía, miedo o hasta angustia existencial; algunos de los humanos de Westworld parecen carecer de emoción alguna.
El segundo tema, la muy antigua idea de que la realidad es una apariencia, un simulacro o representación, sintoniza perfectamente con un clima de época en el que la paranoia se ha convertido en la herramienta de interpretación por omisión. (¿Cómo no sospechar de la existencia de vastas conspiraciones cuando los medios nos hablan de colusión entre un candidato presidencial norteamericano y el espionaje ruso, o de la muerte de un fiscal argentino tras denunciar a la presidenta, o de la muerte de un banquero español ligado al partido de gobierno, o del golpe palaciego que desaloja del poder a una presidenta brasileña? Ya sea que creamos que estas conspiraciones verdaderamente existen… o que existe una conspiración para inducirnos a creerlas). ¿Cómo no percibir el interés dramático de que los androides del parque, o anfitriones, ignoren su condición de meros androides, condenados incesantemente a vivir cada día, olvidarlo y volver a vivirlo, como en una amarga versión de Groundhog day?
El tercer tema nos lleva al otro gran visionario que nos dio la ciencia ficción del siglo XX, además de Dick: me refiero a James Ballard, y su idea de que en la vida moderna, expurgada de todo lo que es excitante, novedoso o interesante, impera el tedio. En palabras del propio Ballard, “estamos preparados para tolerar cualquier cosa que nos distraiga de ese tedio: violencia terrorista, guerras, lo que sea... En tiempos de crisis la gente siente la necesidad de una reacción casi psicopática a la crisis”. Los clientes del parque interactúan con los androides matándolos, torturándolos, violándolos: un recreo para que el buen burgués libere al psicópata que lleva en su interior.
Westworld nos llega en un mundo ya corrompido por Lost y por Matrix: las complejidades de la trama exigen de modo demasiado profesional el visionado repetido, la discusión en redes sociales, las analogías con otras obras para ejercer la docta vanidad de la erudición. La inocencia que campea en la película de Crichton se perdió irremediablemente en el mar de algoritmos que gobierna nuestro mundo.