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Los Hechos del Apóstol Catódico

CAPÍTULO 12

(Donde el Apóstol da muestras de que las vacaciones no detienen Su Lucha por iluminar a sus semejantes) (1)

Viene del Capítulo Anterior

El Apóstol debió ausentarse unos pocos meses de su lugar habitual de predicación, luego de que Heránides Parméclito, en una visión, se la apareciera y le advirtiera que debía alejarse por un tiempo de la cercanía de publicanos, de pecadores y (sobre todo) de recaudadores de impuestos. El Apóstol, merced a los buenos oficios de Déborah Dora, consiguió que se le asignase el cargo de metafísico de a bordo en el crucero Príncipe de Fuerte Apache, y aprovechó el viaje para el sacrosanto fin de meditar los pasos a seguir en su camino de ilustración de sus prójimos.

En ocasión de una fiesta dada por el capitán de la embarcación, el Apóstol fue invitado a terciar en una discusión entre dos grupos de pasajeros. Unos eran partidarios del gurú Kwai Chang Gay, y eran conocidos como los Bufarrones Ming; los otros eran integrantes de la secta de los Comechingones Kosher. Ambos grupos debatían acerca de la apertura del tercer ojo.

El Apóstol acabó su sexta caipirinha, observó a lo lejos el océano insoslayable, y dijo lo siguiente:

Aprendan de nuestros hermanos menores los animales. Aprendan del avestruz, que nunca esconde sus huevos en la misma canasta. ¿Acaso no saben que, de noche, todos los gatos pardos son pardos? Sí, el gato salta por gato, pero más salta la liebre. Y no des por un caballo regalado más de lo que sus dientes valen, porque cuando a la ocasión la pintan calva, hasta el santo varón desconfía de semejante limosna equina.

Recuerden en qué consiste el Nirvana: en la extinción del deseo. Y si ese camino les resulta difícil, busquen alcanzar pequeños Nirvana que les permitan llegar gradualmente a vuestro objetivo. Yo comencé extinguiendo mi deseo de trabajar, y así es que estoy aquí, tratando de llevar a las ovejas perdidas de nuevo al redil.

El capitán del crucero, que se había acercado para oír al Apóstol, pensó un instante en esas frases y exclamó: “yo sabía que a las palabras se las llevaba el viento pero, en verdad, hasta este preciso momento no tenía idea de a dónde”.

(Continúa)

(1) El lector puede saltear la lectura de este capítulo, a los efectos de un mayor disfrute de la obra.

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