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Cine Braille

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Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia

LA IMPLACABLE SABIDURÍA DE TSIN TAC EL MONJE

Presentamos a nuestros eventuales y acaso inexistentes lectores la saga de este monje y pensador oriental, siempre humilde pero un poco bastante jodón y algo cabrón, desconfiado de toda sabiduría que no se origine en la propia experiencia, y conocedor de que el verdadero camino pasa por reconocer que el ser no oficial, ése del bajo vientre, conoce algunas verdades que la inteligencia ignora. Algunas, no todas. Porque ¿cómo explicarle el mar a una rana que vive en una cisterna?

 

PARTE I - ENERO DE 2021
1
Tsin Tac el Monje salía del monasterio la mañana del primer día de la Celebración del Vino de Arroz, y un par de borrachos se burlaron de él por su aspecto limpio, prolijo y sobrio. El monje les respondió que un ser humano cabal no debe dejarse encadenar por las pasiones, ni hundirse en el deseo imposible de satisfacer. Esa misma noche, Tsin Tac participó en la recepción que el gobernador imperial organizó en su palacio, comió de sus manjares, bebió de sus licores, cantó y rió junto a sus músicos y actores y se retiró, ya en la madrugada, en compañía de una agraciada joven casi doncella. Dos dignatarios de la Fe del Espíritu Austero que lo vieron pasar le recriminaron su participación en los excesos de la Celebración. Tsin Tac, mientras se acomodaba sus ropas y ayudaba a la agraciada joven a hacer lo propio, respondió: "el problema no está en poner los pies en el burdel, el problema está en no ser capaz de sacarlos".
2
Tsin Tac el Monje alimentaba a los gansos guardianes del templo cuando un hombre con rostro preocupado se le acercó y le pidió consejo. "Qué te sucede", dijo Tsin Tac, sin dejar de arrojarle moras perladas a las aves. "Mi mujer me engaña con un comerciante de tabas adivinatorias, maestro, ilumíname", contestó el hombre. "Cuanto menos necesites que te diga, más cerca estarás de encontrar tu camino", respondió, “porque el consejo de un monje es mera literatura. Es producir un enunciado en lenguaje elusivo, tal que ningún acontecimiento posterior pueda demostrar su naturaleza errónea”.
El esposo engañado se quedó mirándolo, dubitativo, sin saber si seguir preguntando o si debía darse por satisfecho con esa respuesta. Tsin Tac suspiró, miró la luna en cuarto menguante poniéndose sobre las montañas y agregó "debes demostrar la astucia del ciervo". El hombre se sobrepuso a su confusión, a su tormento interior y a su respeto por la autoridad del maestro y dijo "la astucia del zorro querrás decir".
Tsin Tac arrojó la última baya a los gansos y contestó "digo bien la astucia del ciervo, amable visitante. El zorro no tiene cuernos".
3
Tsin Tac el Monje caminaba una tarde junto a sus discípulos a la vera de un canal. Pasaron junto a un delfín muerto, encallado entre los juncos, que era devorado por aves de rapiña, y uno de los discípulos dijo "maestro, dinos qué es la muerte".
Tsin Tac, asqueado por el hedor de la carcasa del animal, apuró el paso y respondió "díganme ustedes qué piensan que es la muerte".
Los discípulos, que eran poco más que niños, al principio se dejaron dominar por la comodidad de la indiferenciación. Uno de ellos, el mayor, se animó y dijo "la muerte es La Gran Igualadora". El rostro de Tsin Tac no dejó adivinar emoción alguna, y los jóvenes lo interpretaron como un aval para seguir hablando.
Otro discípulo, proveniente de las tierras donde el invierno trae la helada noche sin fin, juntó valor y dijo "la muerte es el regreso a la oscuridad originaria". Tsin Tac seguía caminando, impasible, sin otra reacción que girar su rostro para seguir el paso de una linda vendedora de tartas de pescado.
Un tercer discípulo, que venía de las áridas provincias del oeste, dijo "la muerte es el tronco podrido que da valor a la sombra que dio ese árbol". Otro joven arriesgó "la muerte es el descanso final". "La muerte es término final de todo dolor", se oyó, antes de "la muerte es un nuevo comienzo del que no sabemos nada". "Morir es dormir", dijo otro más.
"Morir es dormir", repitió Tsin Tac, mientras se alejaba del grupo y se ocultaba detrás de un seto para abandonarse al alivio de la micción abundante. "Si morir es dormir, maestro ¿cómo serán los sueños de la muerte?" preguntó el último joven, envalentonado porque su pregunta hubiera encontrado eco.
"Ah, los sueños de la muerte", dijo Tsin Tac, "quién pudiera saberlo. Sólo puedo decirte que en el sueño de la muerte no tienes que levantarte a orinar".
4
Tsin Tac el Monje estaba comprando unos mejillones de río en el mercado de su ciudad cuando se le acercó un hombre hecho de harapos, con la cara ensangrentada y cojeando visiblemente. El extraño lo encaró y le dijo "maestro, me enseñaste que por el camino imperial del oeste se llegaba a la sabiduría, y mira cómo he quedado. Unos merodeadores tusquentos del Gran Desierto Occidental me sorprendieron al pie de las montañas, me sometieron a indecibles vejaciones, me robaron todas mis posesiones y me dejaron así de malherido".
Tsin Tac, mientras regateaba el precio de los mejillones con la vendedora, respondió "no te he mentido, buen hombre. Sólo tenías que sobreponerte a tus atacantes, y a los otros incontables sufrimientos que después hubieran sobrevenido, y continuar caminando hacia el oeste, hasta llegar a la sabiduría".
 
PARTE II - ENERO DE 2021
5
Tsin Tac el Monje dormía la siesta debajo de un sauce puchero cuando un viajero proveniente de ultramar se sintió llamado a acercársele. Con la ayuda de un traductor, el extranjero le preguntó a Tsin Tac si pensaba que estaba haciendo buen uso de su tiempo.
El monje respondió que acababa de almorzar, y que hacía tanto calor que ningún animal se animaba a alejarse mucho tiempo de la sombra, y que era sabio aceptar que lo que dictaban los ritmos de la Naturaleza en ese momento era evitar la acción. El extranjero, con sus mejillas ruborizadas por la ira o porque su natural palidez lo hacía parecer ruborizado en el calor de la tarde, exclamó “este país jamás será rico, hay demasiada holgazanería. Los talleres o los campos deberían estar llenos de trabajadores creando riqueza, y aquí todo el mundo se fatiga por hallar un momento para descansar”.
Tsin Tac pensó unos momentos y preguntó “amable forastero ¿qué haces en estas tierras remotas tan calurosas en el estío?”. El extranjero respondió “tras un largo año de trabajo en los talleres de mi propiedad, he venido a descansar a este país que no conocía”.
Tsin Tac, mientras reacomodaba las alforjas que usaba para apoyar su cabeza, dijo entonces “¿o sea que quien importuna mi reposo en las horas más candentes del año es un viajero que ha venido a mi país, al que dice no conocer, precisamente a descansar? Ciudadano del mundo, apártate de mí, que interrumpes el curso de la deseada y fresca brisa del río”.
6
Tsin Tac el Monje recibió una mañana a un heraldo del virrey de la provincia, que le anunció que el mandatario lo esperaba esa misma noche en su residencia, para escuchar su consejo.
Apenas las grullas pardas dejaron de saludar con su canto la puesta del sol, Tsin Tac se hizo presente en la puerta del palacio. El virrey, un dignatario tan conocido por su hedonismo como por su venalidad, le mostró su colección de estatuas de marfil decoradas con flieteados de oro puro, lo agasajó con manjares y licores inefables y hasta le permitió el acceso al harén virreinal, asamblea venérea en la que, junto a trece concubinas, exploraba cada noche los abismos del goce.
Mientras dos esclavas bañaban a Tsin Tac y lo ungían con delicados perfumes de tierras remotas, el virrey le preguntó a su invitado qué obra le aconsejaba emprender, para que sirviera de adecuado símbolo y de merecido recuerdo de su gobierno. "¿Una carretera, una muralla contra los bárbaros del norte, un canal de navegación, una nueva escuela de mandarines acaso?", aventuró.
Tsin Tac pidió una copa más de licor de Venus, se deleitó con su delicado aroma, y respondió: "demuele la vieja escuela de mandarines, retira sus escombros, nivela el terreno y arroja sal sobre él. Una vez que hayas hecho todo eso, edifica allí una cárcel, para vergüenza y contrición de aquellos que han sisado la bolsa del emperador".
El virrey no ocultó su sorpresa: "¿cómo dices? ¿Cómo voy a demoler la escuela para edificar una cárcel?". Tsin Tac respóndió, sin que ninguna emoción adjetivara sus palabras: "a la escuela nunca volverás, virrey. Ahora, a la cárcel irás como que tu cabeza reposa sobre tu cuello".
7
Tsin Tac el Monje recorría el mercado junto a sus discípulos, buscando algún puesto que vendiera cerveza de mijo, cuando vio a un aguatero que usaba una peluca muy ineficaz y muy risible, que ocultaba mal una calvicie creciente.
Apiadándose de él, Tsin Tac le dio un consejo: "buen hombre, si no quieres sufrir más por esa caída del cabello que te atormenta, recoge de la calle un poco de bosta de buey, macéralo un día en vinagre de zorrino y aplícatelo sobre tu cabeza un rato cada mañana, durante una semana, mientras oras al espíritu de los logaritmos naturales". El sufrido aguatero reaccionó mirando al monje con furia, pensando erróneamente que se trataba de una burla, pero al reconocerlo y recordar su fama de justo y de sabio se calmó, y respondió que así lo haría.
Dos meses después, Tsin Tac y sus discípulos volvían de cosechar nísperos en los jardines del gobernador cuando se volvieron a cruzar al aguatero, que ahora lucía una calva completa y despejada. Uno de los discípulos dijo a Tsin Tac "has visto, el desgraciado no te hizo caso y ya ni siquiera le queda un cabello en su cabeza". "¿Qué dices? Hay que estar loco para creer que la bosta de buey es un remedio siquiera mediocre para la caída del cabello", respondió el monje.
Otro de los discípulos dijo "noble Tsin Tac, todos recordamos que le recomendaste ese remedio para que cesara de sufrir por su calvicie". Mientras consideraba comprar cerveza de pistacho amarillo, que estaba más barata, Tsin Tac respondió: "ay, por el espíritu de las aguas, qué poca sal que hay en sus mentes. ¿Acaso no entienden que el aguatero ahora acepta su cabeza pelada como una rodilla y ha dejado de sufrir por ello? Se dio cuenta de que lucirla era preferible a persisitir en falsas soluciones, a cuál más insensata y vergonzante".
8
Tsin Tac el Monje cenaba con sus discípulos, junto al compartido y animado fuego, un guisado de arroz, cebollas purpuradas y deliciosas orugas rellenas de ajíes sindiós, cuando un joven rico se acercó a la reunión. Se sentó junto a una discípula de muy buen ver y mejor tocar y esperó la oportunidad de hablarle, hasta que ésta se presentó cuando la muchacha le solicitó que le alcanzara la jarra de vino con hojas de menta y cáñamo.
"¿Cómo fue que el maestro te llamó a su compañía?" preguntó. La joven lo miró extrañada y respondió "él jamás hizo eso, yo simplemente lo seguí, como todos aquí". En ese momento, un discípulo arribó al verso más sensacional de una soez canción marinera y todos rieron hasta las lágrimas.
El joven rico, tan interesado en conservar la atención de su interlocutora como en sus respuestas, preguntó luego "¿y cuánto tiempo tienes que acompañar al maestro hasta que éste considere que te ha impartido todas sus enseñanzas?". La discípula lo miró de reojo mientras ingería un considerable trago de la bebida común, eructó sonoramente como es la costumbre entre las personas educadas de esa provincia y dijo: "Tsin Tac jamás imparte enseñanzas, nosotros lo acompañamos y aprendemos de sus actos y, cuando se digna a hablarnos, de sus palabras".
"Qué extraña forma de proselitismo", contestó el joven, confundido. Ella respondió:"Tsin Tac no cree en el proselitismo, cree que toda relación de maestro y alumno contamina la enseñanza con vanidad o con sumisión y los rebaja a ambos".
Ya casi con irritación, el joven rico gritó "¿qué sentido tiene todo esto entonces?". La muchacha, casi con pena, le indicó con su mano derecha la fiesta en torno a Tsin Tac y dijo "¿ves a alguien aquí que esté preocupado por el sentido o sinsentido de esta reunión?"
 
PARTE III - FEBRERO DE 2021
9
Tsin Tac el Monje yacía entregándose al placer más o menos mutuo junto a su discípula preferida, la de buen ver y mejor tocar, cuando otro discípulo interrumpió esa celebración del instante y del lugar en medio de los simétricos infinitos del tiempo y del espacio. "Maestro ¿acaso no pedías hoy a la mañana al Cielo que te diera castidad y continencia, para así tener la mente despejada al momento de pensar en el orden del cosmos?" El sabio, mientras se incorporaba para cerrar mejor la puerta de su habitación, respondió al cuestionador aprendiz "hoy a la mañana he pedido al Cielo castidad y continencia, como bien dices. Pero no las pedí para justo ahora".
10
Tsin Tac el Monje caminaba una mañana en compañía de sus discípulos cuando tropezó con una mujer que llevaba a la rastra a una niña que lloraba y gritaba. La mujer lo reconoció y le dijo "mis disculpas, maestro, es esta hija mía que me está enloqueciendo. No quiere ir a la escuela ¿a usted le parece?". El sabio sonrió a la niña, quien por toda respuesta le dio un puntapié en una de sus rodillas.
Todavía dolorido, Tsin Tac respondió: "la niña ya ha entendido que está en el mundo para ver frustrados sus infantiles anhelos debido a la obligación de satisfacer los ajenos. Ella no pidió nacer. Cálmate, mujer, que la pequeña ya aprendió aquello que muchos adultos ignoran u olvidan, tal vez para no largarse a llorar ellos mismos. Todo lo que aprenda de aquí en más solamente le servirá para aliviar su desilusión, de un modo u otro".
Mientras la mujer se largaba a llorar y la niña intentaba calmarla recordándole que estaban llegando tarde a la escuela, Tsin Tac llamó a un vendedor de confituras de miel de arroz, y compró una de las más deliciosas para la niña y otra, más grande, para la madre. Cuando ambas iban a agradecerle su gesto, pretextó que lo esperaban en el templo y se marchó apresuradamente.
11
Tsin Tac el Monje caminaba una mañana por la plaza principal del poblado, cuando su tranquilo paseo se vio interrumpido por una aglomeración. Unos curiosos, no pocos, escuchaban a un predicador que anunciaba el fin de los tiempos. "Las tortugas que sostienen el mundo están irritadas por la maldad de los seres humanos, y su indignación se expresa en temblores cada vez más fuertes, que hacen sacudirse peligrosamente el sin duda plano disco del mundo", gritaba.
Uno de los discípulos de Tsin Tac se burló de esos disparates, y otros más que profirió el mismo orador, pero su maestro le dijo que esos desvaríos no eran dignos de risa, sino de pena, así como motivo de reflexión. "Para poder levantarse cada mañana, aún en el frío del invierno, en el calor del verano, en la tempestad de lluvia o de nieve, en la necesidad y en especial en la desesperación, hace falta creer en algo. Que ese algo sea tristemente un disparate nos indica que vivimos tiempos difíciles", afirmó, mientras consideraba si una simpática y bella vendedora de extraños artificios del remoto Occidente haría juego con la modestas comodidades de su habitación.
 
PARTE IV - SETIEMBRE DE 2021
12
Caminaba Tsin Tac por la ribera del canal, disfrutando del mediodía de primavera, cuando se le acercó el joven hijo de un rico mercader amigo de su templo y le preguntó por qué todos lo consideraban un sabio. Tsin Tac, sin quitar la vista de las aguas y los juncales, le respondió que era porque los demás creían que sus palabras eran siempre propias de un sabio. “Si es así, monje, revélame el misterio del Universo y te daré la mitad de mi fortuna”. “¿El misterio del Universo te parece que vale apenas la mitad de tu fortuna, joven? No creo que nada que yo diga te sea de provecho“, respondió Tsin Tac. El joven contestó “hablaste bien, monje, tienes razón. Pero la mitad de mi fortuna es más de lo que vale todo este pueblo, y el pueblo vecino. Te daré la mitad de mi fortuna, más una moneda de oro. Que es lo que vale tu inteligente respuesta”.
Tsin Tac se detuvo junto a un manzano, cortó uno de sus frutos y lo mordió, y se deleitó con su sabor. Unos pasos después dijo “nada se puede enseñar, porque la verdad se debe sentir en el propio cuerpo, como el sabor de esta manzana. ¿Por qué buscas la iluminación en otro ser humano? Es como que un grano de arena espere que el misterio del Universo le sea revelado por otro grano de arena. Y después de todo ¿qué somos sino unos orgullosos monitos bípedos y lampiños? Nuestro intento de comprender el Universo es tan digno de risa como el de un pangolín, o el de un helecho. ¿Cómo explicarle el mar a una rana que vive en una cisterna?”.
El joven se debatía entre la incapacidad de comprehender el sentido de esas palabras y el miedo a tener que entregar la mitad de su fortuna más una moneda de oro. Dubitativo, tartamudeando, preguntó “¿pero entonces ignoras el misterio del Universo e igual te llaman sabio?” Tsin Tac, que ya estaba cansado de que la conversación lo distrajera del disfrute del mediodía, contestó “crees que un misterio es un problema esperando una solución, no has entendido lo que es un misterio”. El joven rico, enojado, gritó “¡si no puedes darme la respuesta al misterio del Universo, entonces no mereces la mitad de mi fortuna!”.
Tsin Tac mordió por última vez la manzana, arrojó el resto al canal y respondió “ve y pregúntale a tu laborioso e incansable padre, que nació en la pobreza y que piadosamente contribuye al sostén de nuestro templo, si acaso tú la mereces toda”.
13
Tras almorzar frugalmente, Tsin Tac se recostó contra un cerezo del parque del monasterio, para ofrecerle al universo el espectáculo de una breve siesta con elaboración a la vista. Una de sus discípulas, que yacía junto a él para acompañarlo en el silencio, ignoró su misión porque se sintió obligada a contarle la explosiva novedad de que uno de los ministros más poderosos de la corte había caído en desgracia, tras conocerse un ya irrevocable dictamen suyo acerca de las más que liberales costumbres de una de las princesas hermanas del emperador. El relato del episodio fue dividido en dos por el desafortunado hiato de un eructo, del todo comprensible debido a que la joven había acabado su almuerzo hacía instantes.
"¿Cambiarías tu destino por el del ministro, pequeña mariposa del huerto?" preguntó Tsin Tac, más divertido por el eructo que turbara visiblemente a la joven que por el destino de un cortesano. Antes de que la discípula respondiera, Tsin Tac le preguntó "¿en qué ha cambiado el ministro, fuera de demostrar que no respeta la libre elección de una persona famosa por la frecuencia con que realiza libres elecciones de compañías de alcoba, y de que no sabe conservar la boca cerrada cuando de ello depende su poder?"
La joven hizo entonces un repetuoso silencio para invitar al maestro a exponer la idea que sin duda coronaría esas dos preguntas que, intuía, eran puramente retóricas. Tsin Tac entonces buscó una posición más cómoda contra el tronco del cerezo, y dijo "el ministro sigue siendo igual de capaz o incapaz que antes, pero su poder ha desaparecido. Ha desaparecido como un puño desaparece al abrir la mano. Y todo por decir una tontería que en los mercados de la capital se repite a cada rato, sin que nadie se conmueva, ni siquiera los miembros de la guardia imperial, que son quienes habrán llevado el chisme al pueblo. Su propio poder es el que lo ha hundido. Sé digna, bella joven, del divino regalo de la invisibilidad de los humildes, de que una desafortunada efusión oral hija de la labor de tus vísceras no sea motivo de mayor escándalo, como sin duda lo hubiera sido si le hubiera sucedido al bocón del ya ex ministro, o a la princesa de compañías cambiantes. Sé digna de tu sagrada irrelevancia cósmica, sé digna de esa enorme libertad".
La joven meditó unos instantes acerca de esta verdad pero, cuando quiso agradecer al maestro por haber sido digna de esa revelación, notó que estaba dormido, y prefirió dejarlo disfrutar de unos minutos de descanso vespertino.
 
PARTE V - ENERO DE 2022
14
El sabio oriental Tsin Tac miraba crecer los manzanos a la soleada vera del canal, cuando notó que un anciano persistía durante largos minutos en contarle a una niña, probablemente su nieta, sus sin duda sensacionales hazañas como orfebre del Emperador, en tiempos ya remotos. La niña evidentemente experimentaba una lucha interna entre la deferencia que debía a su mayor y las tremendas ganas que tenía de dejar de escucharlo y salir a perseguir a las mariposas y las aves del paisaje. Uno de los discípulos de Tsin Tac le señaló al maestro la escena, y le preguntó si no debía interverir para reconvenir a la niña por no mostrar el debido respeto hacia su mayor, o al anciano por evidentemente molestar a la niña al impedirle disfrutar de la mañana. Tsin Tac, mientras miraba a derecha e izquierda a ver si podía localizar al vendedor de churros, respondió: "déjalos, porque la niña está recibiendo una lección muy importante: las personas necesitamos descendientes para satisfacer nuestros egos contándoles de nuestras hazañas. Vive de tal manera que al menos puedas contarles hazañas de verdad. Y si no, calla".
 
PARTE VI - OCTUBRE DE 2022
15
La noche ya cedía a los afanes del alba, el reposo del monasterio a la actividad de los monjes, y la voluntad de Tsin Tac al imperioso reclamo de sus intestinos por coronar su tarea de modo triunfal. Un discípulo que se encontraba atravesando la misma apoteosis de la digestión, un poco a la derecha de Tsin Tac exclamó, dirigiéndose al sabio: "maestro, nuestra condición animal nos distrae de la búsqueda del conocimiento con recursos ¡ay! tan bajos".
Tsin Tac, mientras se higienizaba, respondió que los procesos corporales no podían explicarnos "los misterios de la vida, pero sí podían hacer algo mucho mejor, que es hacernos sentir vivos. Recordarnos nuestra preciosa, milagrosa condición de seres vivientes. No somos meros animales, claro que no, pero tampoco somos espíritus etéreos. Cuídate de quien sacraliza una verdad al precio de omitir o hasta abominar las otras, porque es alguien peligroso. Su ensañanza será sumamente sólida, sumamente coherente... y sumamente infundada. Y da lo mismo si es un malvado o un estúpido. A juzgar por los resultados, la estupidez es lo mismo que la maldad".
Maravillado por esta revelación, el discípulo le preguntó a Tsin Tac por qué no salía a rebatir en plazas y mercados a los defensores de las falsas creencias. El maestro, mientras se acomodaba la túnica, respondió: "cuídate mucho de tus apariciones públicas. Si deseas destacar tu sabiduría avergonzando al ignorante y las ansias de adoración te hacen olvidar el imprescindible amor a tus hermanos, tan bajamente falibles como tú, una luz brillará en torno a ti como si te hubieras tragado el sol y la luna, y no podrás evitar las calamidades que se abalanzarán sobre tu sin dudas destacada cabeza. Porque uno de los dones del sabio es que reconoce ser como los demás hombres: no se aparta de ellos, no se sitúa por encima de ellos, no se excusa en su pretendida iluminación para ejercer poder sobre los demás. No permitas que las ideas se asienten en forma de tristes dogmas: evita pontificar con meras aproximaciones a las verdades universales, con las que ni siquiera los mayores filósofos de antaño han podido lidiar. Ah, tantos fuegos de artificio verbales sobre un trasfondo de laboriosa nadería ¿para confundir a quién? ¿Acaso puedes explicarle el mar a una rana que mora en una cisterna? ¿Acaso quieres ser uno más en la milenaria historia del rencor de los hombres solitarios, que llamamos discutir filosofía?"
El discípulo, a quien la labor del aparato digestivo propio de su milagrosa condición de ser viviente aún no dejaba abandonar las letrinas, preguntó a Tsin Tac cómo pretendía que la posteridad conociera tan maravillosa palabras. El maestro le respondió que "siempre hay que separar al cocinero caníbal de su obra. Aparta de mí esa tentación, joven discípulo, porque apenas puedo resistirme a llamarlas Máximas Cagando".
16
Volvía Tsin Tac de la pintoresca villa de los pescadores cuando un joven rico se le acercó y le dijo que necesitaba su consejo. Tsin Tac pareció no oírle porque, como toda respuesta, le comentó risueñamente que sus fatigadas sandalias de monje requerían un cambio de suela o hasta un remplazo total. Pero entonces le advirtió al joven que confiar en el ejemplo de los triunfadores era engañoso, porque a la gente que había seguido exactamente el mismo camino pero había fallado nunca se le preguntaba por el secreto de su fracaso.
El joven, a quien la ironía del maestro había confundido antes que iluminado, le respondió que no se refería a seguir su ejemplo de vida sino a preguntarle, en su carácter de sabio reconocido, si era más conveniente invertir su parte en la herencia de su finado padre en una expedición comercial a las islas del levante, o en una caravana a los oasis del desierto del poniente.
Tsin Tac, luego de protestar por la incomodidad de tener que caminar con un calzado deficiente, le dijo: “vengo del poblado de los pescadores, de una humildad a la que el regalo del mar vuelve fastuosa, y me hablas de problemas de gente que vive entre lujos grises. ¿Qué más da? Pregunta a los tratantes a tu servicio, que viven de lidiar con esas cuestiones”.
El joven, sorprendido, le dijo que sólo pretendía hacer honor al nombre de su padre, que era un mercader apreciado por su rectitud y buen juicio, y que eso era una piedra muy pesada de llevar. Tsin Tac, a quien los guijarros del camino ya lastimaban los pies, dijo: “las piedras sólo pesan a quien las levanta”.
El joven respondió “disculpa, maestro, olvidé que eras un monje, y que no valoras los bienes terrenales”. Tsin Tac volvió a quejarse del estado de sus sandalias, y agregó: “observa que todos los bienes que tu padre ha adquirido en una vida de grandes esfuerzos han sido repartidos entre sus herederos y donatarios, y el remanente indeseable descartado como basura. Más le hubiera valido legarlos en vida, así tú ya hubieras estado preparado para continuar sus negocios. O gastárselos hasta la última moneda en aliviar su breve tránsito por este duro camino, y dejar que sus herederos se ganaran su propio nombre trabajando tanto como él”.
Al comprobar que el joven continuaba sin comprender, Tsin Tac le dijo "por algo a los ciegos no les gustan los sordos. La persona que alcanza la iluminación es como un sordomudo que tiene un sueño maravilloso y no tiene manera de contárselo a nadie. Vete, joven, y descubre la verdad por tus propios medios, siguiendo tu camino. Trata, eso sí, de que tus sandalias sean mejores que éstas". Y dicho esto, arrojó su estropeado calzado a los canales y continuó caminando descalzo el corto trecho que le faltaba recorrer hasta el monasterio.
 
PARTE VII - ENERO DE 2023
17
Volvía Tsin Tac de reparar el techado del gallinero del monasterio junto con uno de sus discípulos. El joven le preguntó a Tsin Tac si el trabajar en las alturas no le había dado miedo a morir de una caída. El sabio respondió que "no hay que temerle a la muerte ¡si llevas toda tu vida muriendo! Ya has pasado la mayor parte de tu muerte". El discípulo replicó que había visto al maestro subirse al tejado con mucho cuidado, a lo que éste replicó "una cosa es no temer a la muerte y otra cosa bien diferente es ser un idiota temerario. Morirás, joven, como moriré yo, y nada podrá evitarlo en el momento increíble en que suceda, pero ¿qué mérito hay en el apuro?"
El discípulo preguntó entonces si en la temeridad había entonces una ofensa a los dioses del destino. Tsin Tac bebió un trago del agua de su cantimplora y exhortó al joven a no preocuparse por esas divinidades. "Déjalas atender las cosas de su mundo, porque en éste no tienen parte o no se interesan en tenerla. ¿No notas que los asuntos del mundo se suceden sin orden ni concierto, tal como pasaría si nada ni nadie estuviera a cargo de él? Usamos a las divinidades como figuras retóricas para explicar más facilmente algunas verdades, aspectos parciales de un misterio inabordable, pero cuida que esas figuras no adquieran vida propia y se interpongan entre las verdades y tus oyentes. Acuérdate de la historia de la rana que pretendía explicarle la sabiduría a un auditorio de peces, diciéndoles que adquirirla era como por fin poder sacar la cabeza del agua. ¿Te extrañaría que se hayan burlado de ella?"
El joven, maravillado, se lamentó de que el sabio no tuviera más reconocimiento en las tierras bajo el sol. Tsin Tac le recordó que los monjes deben hacer el bien desinteresadamente, y que la recompensa a su acción reside en la ejecución del buen acto en sí. "¿Cuál es el mérito de actuar bien si lo haces por esperar un reconocimiento? Además, joven, recuerda, si para practicar el bien no necesitas la aprobación de los demás, tu poder es ilimitado. Y ahora, ve a pedirle al encargado de la despensa unos panes y unas escudillas de arroz con algas fritas en grasa de dragón para reponer fuerzas, que nos merecemos un descanso". El joven preguntó si eso no entraba en contradicción con su postulado de no buscar recompensa. El sabio respondió "¿sabes qué? Yo me encargaré de ir por los panes y las escudillas, tú mientras tanto regresa al gallinero, y ora toda la noche a sus divinidades por el buen éxito de nuestra labor".

 

PARTE VIII - MARZO DE 2023
18
Caminaba Tsin Tac por la ribera de un canal en compañía de una de sus seguidoras, la de buen ver y mejor tocar. La joven le contaba animadamente, con profusión de gestos y exclamaciones, un sueño de la noche anterior, en el que era coronada emperatriz, y pretendía que ese sueño era un anuncio al que debía atender.
Tsin Tac, a quien divertía el histrionismo de la joven, le contó que, hacía muchos años, él había soñado con una mujer llamada Li Min, a quien por cierto no conocía. Al despertar no había podido recordar su cara, apenas su nombre, y que se trataba de alguien a quien era imperioso conocer, tal vez incluso el amor de su vida. Fue así que se dirigió al mercado y comenzó a preguntar a las encargadas de los puestos más concurridos, o a los guardias de las puertas de la ciudad, si conocían a alguien con ese nombre.
Así anduvo por meses, incluso desplazándose a poblados vecinos para continuar su búsqueda hasta que, un día, una vendedora de orugas glaseadas le señaló una taberna contigua. Tsin Tac entró al local con el corazón en una mano. Tras sortear a unos borrachos que dormitaban en el piso, se dirigió a la encargada, una anciana entrada en carnes y de aspecto poco amigable, y tímidamente le pidió una cerveza de mijo con unas colas de lagartijas a la plancha.
La encargada rió sonoramente, y le acercó una jarra del tiempo de sus venerables antepasados con una cerveza aguada y más bien tibia, y unas semillas de sauce viudo tostadas. En ese momento entró un anciano de vestimentas ajadas, protestando porque el guisado de pangolín no estuviera ya cociéndose, y porque la encargada no hubiera barrido ya los pisos y exonerado a los borrachos.
Poco tardó Tsin Tac en comprender que el anciano era el propietario de la taberna, que la anciana era su esposa, y que ella se llamaba Li Min. El monje pensó entonces que, si ese nombre ya no era la clave del amor de su vida, tal vez lo fuera de la sabiduría, y prestó atención a las palabras de la mujer. Li Min comenzó entonces a quejarse de que los hijos ya no respetaban a sus padres, de que los impuestos eran altos, del calor de esa jornada y de la lluvia del día previo, de que el carnicero del pueblo no elaboraba matambres de serpiente tan buenos como antaño lo solía hacer su padre, y de que se había casado con su esposo porque había soñado que él iba a llegar a funcionario del emperador y que ella iba a ser dama de compañía de la emperatriz.
Tsin Tac pagó su cerveza, se marchó de la taberna saltando por encima de los borrachos y jamás volvió a ese pueblo, ni a recordar sus sueños al despertarse.
La joven de buen ver y mejor tocar preguntó entonces de qué manera debía interpretar su propio sueño. Tsin Tac le respondió que mañana no dudara en apostarle unas monedas al 20, La Fiesta, o al 26, La Ceremonia, pero que por ninguna razón olvidara que, con la caída del sol, debía presentarse en su celda, para pasar la noche juntos y analizar las ideas que podían surgirle en medio de la noche.
 
PARTE IX - ENERO DE 2024
19
El monje Tsin Tac volvía del huerto del monasterio con una cesta llena de peras recién cosechadas. Uno de sus discípulos se ofreció a llevar la cesta, pero el monje se negó argumentando que era un buen ejercicio. "El cuerpo, si se lo trata bien, puede durar toda la vida", agregó. En la cocina del monasterio se encontró con el cocinero jefe reprendiendo furiosamente a una de sus ayudantes, por haber arruinado un guiso de orugas. Tsin Tac le pidió que se calmara. Cuando el cocinero se calló, Tsin Tac le dijo "nunca la reprendas así, la gente primero percibe el tono con que se le habla y después el mensaje, si es que lo hace. Lo que logras es predisponerla contra ti ¿no ves que arde de ganas por no darte el gusto de hacerte caso? Aparte de lo que eres, es importante cómo te empleas: un puño es una mano, pero pega más fuerte que ella. Pero un puño no sirve para manipular una llave. ¿Quieres abrir a tu ayudante al conocimiento o sólo quieres castigarla?". Cuando el cocinero se disculpó con Tsin Tac y con la joven, el monje le respondió que no hacía falta que lo hiciera con él, que había aprendido esa verdad al cometer el mismo error con sus discípulos y entender por qué sus indicaciones fallaban.
Cuando más tarde, instantes antes de la ceremonia de consagración del té de papel arroz, la joven le agradeció por su gesto, Tsin Tac sonrió y le dijo que prestara más atención a su tarea, porque su jefe tenía razón en lo que le decía. No hizo más que despedirse de ella que se encontró otra vez con el cocinero. Al verlo lo saludó, le puso una mano sobre uno de sus hombros y le dijo "es un error creer que uno está rodeado de tontos, aunque sea verdad. Tal vez especialmente cuando sea verdad: te sube a un pedestal peligroso". Todas estas acciones fueron presenciadas por el discípulo que se había ofrecido a llevarle la cesta de peras desde el huerto al monasterio, quien le hizo notar a Tsin Tac lo sabio de sus acciones del día. El monje hizo un gesto de desdeñar el elogio y respondió: "cuando señalas un error en otro, decir que antes también lo cometías es de mucha utilidad, así nunca parecerá que sólo presumes. Rehuye como al demonio la tentación de creerte un sabio, porque eso contaminará de presunción tus ideas y tus actos. Mucho mejor es sentirte un poco ridículo, porque siempre estarás mucho más cerca de la verdad. ¿Acaso nunca has sentido, al verte reflejado en el agua del estanque, que estabas contemplando a una monstruosidad absurda? Mírate, mírame. ¿Cómo no ver otra cosa?"
 
PARTE X - MARZO DE 2024
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Tsin Tac el Monje participaba de una fiesta con la que el gobernador imperial saludaba el fin del Año del Marrano de Yeso y el comienzo del Año de la Yegua de Gas. Al son de hermosas melodías ejecutadas por una orquesta de músicos provenientes de la capital, se sucedían platos de sabor, aroma, textura y gracia sin par, acompañados por los mejores vinos de la tierra natal del gobernador, célebre por sus refinadas vides. Tras servirse un exquisito postre de albaricoques caramelizados en grasa de caracol de las marismas, llegó el prolongado trance de la sobremesa, en el que los invitados bebían un lento té de hierbas digestivas con un toque de licor de alubias y competían por la atención de la concurrencia divirtiéndola con anécdotas, esto es, historias que no sucedieron jamás.
No pasaba desapercibido entre la concurrencia el poeta Xai Hwen, menos aún en el momento de relatar historias divertidas, como aquella del embajador nipón al que le habían obsequiado un ave parlante. El poeta no pecaba de avaricia con sus grandes dotes de narrador, antes bien las ponía en acción a todas y cada una de ellas, desde la riqueza de su lenguaje hasta la expresividad de su voz y la eficacia cómica de sus ampulosas gesticulaciones. Cerca del momento culminante de su relato hizo un movimiento repentino con tan mala suerte que su abdomen, sometido al ímprobo esfuerzo de gestionar la interminable procesión de manjares de esa noche, emitió una sonora flatulencia. La turbación invadió al poeta y con él a todos los presentes, que permanecieron en silencio durante un instante que fue muy breve pero a quienes lo vivieron les pareció eterno como el mundo. Fue entonces que Tsin Tac, que apenas había hablado desde que había comenzado el torneo de agudezas, observó muy seriamente que "es sabiduría de los antiguos que hasta al mejor poeta se le puede escapar un verso ripioso".
 
PARTE XI - ABRIL DE 2024
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En un puesto del mercado de la ciudad, Tsin Tac el monje y su discipula predilecta, la de buen ver y mejor tocar, aguardaban su turno para ser atendidos por el comerciante. Un comprador en las puertas de la ancianidad se demoraba en consultas acerca de los artículos en venta. Cada vez que parecía que cerraba su compra, volvía a hacer una pregunta acerca de algún otro objeto, a menudo absurda o innecesaria. Tsin Tac le susurró por lo bajo a su acompañante "aprovechemos esta gran ocasión que el día nos regala para perfeccionar nuestra paciencia, porque pocas veces tendremos oportunidades mejores que ésta. En verdad será un ejercicio que la elevará hasta la excelencia".
Luego de adqurir los efectos que habían motivado su visita al mercado, Tsin Tac y su discípula volvían al monasterio. Charlando acerca de la larga espera soportada, Tsin Tac dijo "las personas son como los guisados de serpiente de la noche anterior, cuyo gusto se concentra con el tiempo. Este cliente no incordiaba al comerciante y a los otros compradores en razón de su avanzada edad, los incordiaba porque es un tonto que en toda su larga vida no parece haber hecho otra cosa que añejar su estupidez. De hecho todos soportamos sus tonterías exclusivamente en mérito a su edad. Pero igual no nos enojemos con él: todos somos bajamente falibles, todos somos el 'pero qué tonto' para alguien".
Ante las protestas de la discípula, que proclamaba imposible que el sabio pudiera ser visto como un tonto por persona alguna, Tsin Tac repuso "señal de que todavía no has aprendido lo suficiente del pobre monje al que acompañas. Si no conoces mis momentos de estupidez, incluso mis momentos ridículos, no puedes decir que me conoces". Al oír esto, la joven sonrió y se sonrojó intensamente. Tsin Tac lo notó y se apuró a aclarar "¡anteanoche no cuenta, pequeña mariposa del huerto, hacía mucho frío y me dolía la cabeza! ¡Exijo ser como un poeta, a quien se lo debe recordar por sus mejores versos!".