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Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia

LA PROFECÍA DEL ELEGIDO Y LA MEDIDA DE NUESTRO DOLOR

Sostiene el omnisciente Diccionario de la Real Academia Española que “profecía” es el producto de un “don sobrenatural que consiste en conocer por inspiración divina las cosas distantes o futuras”. Don “sobrenatural”, inspiración “divina”: un salto al vacío que sólo puede salvar la fe.

 

"Dios es la medida de nuestro dolor". God, John Lennon / Plastic Ono Band, 1970.
 
¿A quién le habla la divinidad cuando condesciende a romper Su Silencio? Un dios nunca le habla sólo al mero mortal que proclama Su Mensaje, que es apenas su necesario puente o canal: el destinatario del Mensaje es siempre una comunidad. Y nunca es cualquier comunidad. Es una comunidad que espera encontrarle un sentido a su sufrimiento: que al menos sea el dolor del parto de una nueva era de justicia. Porque ese sufrimiento es en general entendido como injustamente impuesto por un poder externo, terrenal o sobrenatural. Y en la nueva era que se anuncia ese sufrimiento acabará y ese poder externo pagará su culpa. La profecía es siempre expresión de un profundo anhelo popular, una forma que toma su esperanza. O su desesperación.
¿Y cuál es el porvenir revelado a esa comunidad? Nunca es solamente un punto de llegada ineludible: siempre es una senda. Que a menudo es volver a un camino abandonado, porque el sufrimiento es visto como el precio pagado por un error. La profecía no es el simple anuncio de un destino fatal: es un programa para operar en la realidad, para intervenir en la Historia. Y aquí llego al punto por el que me interesó desarrollar este tema: la proclamación de una profecía y su aceptación por una comunidad de creyentes pueden producir efectos en la realidad que perduren por milenios, hasta incluso su cumplimiento real o aparente, y con total independencia de la postura que se adopte acerca de la naturaleza de su inspiración.
Es el momento de pensar en algunas de las profecías que dejaron su marca en la Historia y que siguen un arco narrativo común: la futura llegada de un enviado divino para instaurar un reino de justicia, en el final o consumación de los tiempos.
EL PRIMER ENVIADO: SAOSHYANS
La idea mesiánica nace en el mazdeísmo o zoroastrismo de Persia en un momento histórico difícil de precisar, entre los siglos XVI y VI anteriores a nuestra era, aunque es notorio que la creencia original atravesó fases de reforma o reorganización en siglos posteriores, como lo testimonian los llamados Oráculos de Histaspes. Para esta religión había dos principios opuestos en el mundo, el Bien, identificado con la Luz y la deidad suprema Ahura Mazda, y el Mal, la simétrica Oscuridad, el espíritu creado Ahrimán. Cuando se acerque el fin del mundo aparecerán tres enviados celestiales sucesivos, hijos milagrosos del tal vez puramente legendario profeta Zoroastro, Zaratustra o Zardusht. El último se llama Saoshyant, y liderará a los Hijos de la Luz a la victoria sobre los Hijos de las Sombras, restaurando la perfección originaria en el marco de una resurrección general de los muertos y un Juicio Final: la idea de una victoria definitiva sobre la muerte asociada a un Fin de los Tiempos apocalíptico. Las similitudes entre este marco de creencias y los posteriores del judaísmo y el cristianismo son evidentes y hablan por sí solas.
EL ELEGIDO DE LA TRADICIÓN JUDEOCRISTIANA: EL MESÍAS
La idea de un enviado de la divinidad al pueblo judío, o mesías, que quiere decir ungido o elegido, tomó forma en el siglo II antes de nuestra era, como producto de un largo proceso de reflexión sobre textos y acontecimientos mucho más antiguos (1). Con Judea e Israel sometidas al trono de Babilonia durante los siglos VII y VI antes de nuestra era y gran parte de su elite cautiva en la capital imperial, la esperanza de los judíos se cifraba en la intervención de Jehová para destruir a sus enemigos y liberarlos de su esclavitud. Cuando el emperador persa Ciro el Grande conquistó Babilonia en el año 539 antes de nuestra era y permitió que los pueblos cautivos retornaran a sus tierras, los líderes de la comunidad entendieron que las plegarias habían sido atendidas: que el propio Jehová había enviado a Ciro (Isaías 45:1).
Los emperadores persas tuvieron la astucia de mostrarse muy tolerantes con sus vasallos, y los judíos se entendieron muy bien con ellos. Pero su imperio se derrumbó ante los ejércitos de Alejandro Magno en el año 330 antes de nuestra era, y sus sucesores fueron mucho más feroces que los persas en el expolio de las provincias conquistadas. Los sacerdotes judíos estudiaron sus Escrituras en busca de respuestas, en especial los Libros de Isaías, Jeremías y Ezequiel, y se convencieron de haber encontrado en esos textos la promesa divina de otro enviado, un descendiente del Rey David que destruirá a los enemigos del pueblo judío, lo liberará de su esclavitud, restaurará su gobierno y su templo en Jerusalén, llevará a todas las naciones del mundo a reconocer que el único dios es el de Israel, resucitará a los creyentes muertos y dará inicio a una nueva era, la de un “cielo nuevo y una tierra nueva”.
La continua reflexión teológico-política arribó a nuevas revelaciones entre los siglos III y II antes de nuestra era. El profeta Elías, casi seguramente una figura histórica del siglo IX antes de nuestra era, y de quien la tradición sostenía que había sido "arrebatado a los Cielos" en vida, esto es no había muerto, regresaría en los tiempos finales para preparar el camino a un Juicio Final: tal es lo que sostienen ciertas interpolaciones tardías en el Libro de Malaquías. Otras lecturas mesiánicas entendieron que el Libro de Zacarías aludía, bien que muy oscuramente, a cuatro enviados de Jehová que preparán el advenimiento de una era de paz y hermandad universales: el profeta Elías, un Sacerdote Justo, el Mesías Hijo de David y el Mesías Hijo de José. Entre una de las escuelas judías que aparecieron en el siglo II antes de nuestra era, la de los esenios, se desarrolló la creeencia de que el Mesías Hijo de José vendría primero a reinar sobre Israel, pero su misión acabaría con su muerte a manos de sus enemigos (Zacarías 12:10-12). El Mesías Hijo de David sería enviado después, lo vindicaría resucitándolo entre los muertos junto a sus partidarios, y establecería entonces el reino que duraría por siempre.
El Libro de Daniel es un tratado apocalíptico escrito hacia el año 167 antes de nuestra era, aunque ambientado más de cuatro siglos antes. Daniel, un judío inspirado por la divinidad, interpreta un sueño del rey babilonio Nabucodonosor II como una historia de los cuatro imperios que dominarán al mundo entonces conocido, que caerán uno tras otro hasta que descienda del cielo el llamado Hijo del Hombre, que establecerá el Reino de Dios que imperará sobre todas las naciones en un "señorío eterno", y que despertará a los que "duermen en el polvo" . El texto buscaba dar respuesta a los sufrimientos del pueblo judío durante la incursión del rey seléucida Antíoco IV Epífanes en Jerusalén y sostener su esperanza, y se entiende escrito antes de la retirada y posterior muerte del monarca invasor porque que ambas se verificaron de modo diferente al anunciado. Los padecimientos fueron vindicados: Israel volvió a gobernarse a sí misma a partir del 164 antes de nuestra era, aunque no por demasiado tiempo. La nación judía se vio involucrada en la pugna por la hegemonía en Medio Oriente entre seléucidas, egipcios, partos y romanos, y acabó sometida a Roma en el 63 antes de nuestra era. El gobierno propio fue restablecido 26 años después, aunque en calidad de estado vasallo, en cabeza de no otro que Herodes El Grande, el monarca que terminó de reconstruir el Templo de Jerusalén a una escala monumental. Con su muerte, hacia el año 4 antes de nuestra era, se inició un período convulsionado que llevó al emperador Octavio a restablecer un muy impopular dominio imperial directo en el año 6 de nuestra era. En las cuatro o cinco décadas posteriores a la muerte de Herodes aparecerán varios pretendientes mesiánicos, que serán aplastados uno tras otro por el Imperio: Simón de Perea, Judas el Galileo, Atronges, Teudas.
Durante la década del 20, un profeta anunciaba que el enviado prometido ya caminaba entre los vivos, y que la intervención de la divinidad tendría lugar en forma inminente: Juan el Bautista. Y entre sus seguidores estuvo un tal Jesús de Nazaret.
JESÚS DE NAZARET
Ya hemos escrito acerca de Jesús en otro momento y otra página de este portal. A los efectos de este artículo, lo que nos interesa es la manera en que sus seguidores interpretaron su repentina muerte a manos de los romanos, hacia los años 30-33 de nuestra era. Volvieron a leer las escrituras hebreas para encontrarle un sentido al infortunio y un camino que seguir, y se encontraron en especial con los mencionados Libros de Isaías, Zacarías y Daniel. La historia del Siervo Sufriente que se cuenta en Isaías 52:13 a 53:12 debe haberlos conmovido profundamente: el enviado que es llamado a liderar a todas las naciones a la obediencia a Jehová es recibido con incredulidad y tratado con crueldad, pero acaba triunfando. Tanto los impresionó que el autor del Evangelio de Marcos hace uso extensivo de esos libros proféticos y de otros para contar su buena nueva, y lo hace desde el comienzo: Marcos 1:2 a 3 pasa de citar Éxodo 23:20 y Malaquías 3:1 a Isaías 40:3 para presentar la proclamación de Juan el Bautista de que el enviado prometido ya está presente. Y los pasajes del Libro de Isaías entre 53:3 y 53:12 dieron al autor o autores del Evangelio de Marcos el modelo para contar la Pasión.
La lectura cristiana de los antiguos textos proféticos fue, como la de los sacerdotes judíos de dos centurias atrás, muy libre y creativa. A menudo se desentiende completamente de los contextos de sus citas y recae en anacronismos interpretativos o contradicciones chocantes. Por caso, el autor del Evangelio de Mateo indica que la descendencia davídica de Jesús, necesaria para ser considerado el mesías, se transmite a través de José, esposo de su madre María, para pocos versículos después negar esa paternidad.
La reflexión teológica acerca de la presencia continua del espíritu del Crucificado, que la comunidad cristiana experimentó desde muy temprano, derivó en la certeza de que había resucitado, y que lo había hecho en cumplimiento de las Escrituras, y que esa resurrección era “la primicia de los que durmieron” como dicta Saúl de Tarso, San Pablo, en la primera Epístola a los Corintios, 15:20. Esa resurrección no se entendía como un privilegio de Jesús sino como el comienzo de la conmoción cósmica que llevaría a la resurrección de todos los muertos, y que se produciría antes de que la primera generación de cristianos pasara, como se dice en Marcos 13:30. De allí el apuro de San Pablo por difundir la buena nueva.
LA CONSUMACIÓN DE LOS TIEMPOS
En ese capítulo 13 de Marcos, Jesús profetiza la destrucción del Templo de Jerusalén reconstruido por Herodes, del que "no quedará piedra sobre piedra". También anuncia que, en el marco de la guerra muy cruenta en que ese Templo será profanado y destruido, aparecerán falsos mesías que arrastrarán al desastre a la nación judía. Dice que sus seguidores serán perseguidos y martirizados y deberán huir a las montañas, pero que no será el Fin de los Tiempos, para el que aún no será el momento. La descripción de la rebelión judía contra Roma entre los años 66 y 73 es precisa, tanto que es uno de los elementos que permite conjeturar la redacción del Evangelio de Marcos por esos mismos años o algo después (2). La insistencia en la salvedad de que esa tribulación no es el Fin de los Tiempos habilita pensar que la comunidad cristiana más temprana así lo creía, como parecen indicarlo muy claramente el mencionado pasaje de Marcos 13:30 y textos paulinos como la Primera Carta a los Tesalonicenses. El capítulo vuelve a emplear citas de los Libros de Isaías y Daniel para la redacción de la profecía del Fin de los Tiempos.
El general en jefe de las fuerzas romanas en esa guerra era Flavio Vespasiano. Sus tropas habían capturado a un joven hebreo de rica familia que dirigía las operaciones militares en Galilea, llamado Josefo, en circunstancias que solamente conocemos por un relato de este último que sólo despierta sospechas. El emperador Nerón se había dado muerte y no había sucesor universalmente reconocido; Josefo obtuvo una entrevista con Vespasiano en la que le dijo que había tenido un sueño inspirado por su dios, en el que se le había manifestado que las profecías judías acerca de un rey por venir que desde Jerusalén gobernaría al mundo entero se cumplirían fatalmente en esos días, en la persona del general. Conocemos esta historia porque el astuto y ambicioso Vespasiano derrotó a su rival Vitelio, fue emperador hasta su muerte y le legó el trono a sus hijos, y porque Josefo pasó de jefe enemigo a protegido del nuevo emperador, adoptó su apellido Flavio, y pasó los últimos treinta años de su vida escribiendo tratados históricos en los que exalta a su pueblo, quién sabe si expiando viejas culpas: La Guerra Judaica, Antigüedades Judías, Contra Apión y su autobiografía. Porque, como ya se ha expresado, la proclamación de una profecía y su aceptación por una comunidad de creyentes pueden producir efectos en la realidad que perduren por milenios, hasta incluso su cumplimiento real o aparente, y con total independencia de la postura que se adopte acerca de la naturaleza de su inspiración.
La tradición acerca de un regreso al Final de los Tiempos de Jesús el Ungido, Jesús Cristo en griego, aparece en forma sucinta en el Evangelio de Marcos, el más antiguo y una de las fuentes de los posteriores evangelios llamados de Mateo y Lucas. A fines del siglo I se escribió un tratado que desarrollaba esa tradición: es lo que hoy llamamos Libro de la Revelación, Apocalipsis en griego, por obra de un místico llamado Juan de Patmós, que con certeza era una persona diferente al discípulo de Jesús y al autor del evangelio del mismo nombre. La Revelación es directa heredera de la tradición apocalíptica judía, por caso el Libro de Daniel, pero la desarrolla en un marco teológico cristiano.
Las crueldades de Nerón seguramente pesaban en la memoria de la comunidad a la que Juan se dirige, tanto como las contemporáneas persecuciones del emperador Domiciano. El tal vez demasiado famoso Número de la Bestia es entendido como una alusión en clave a Nerón y, por extensión, al César de Roma: su nombre y título en griego, NRON QSR, trasladado letra por letra al hebreo y remplazada cada letra resultante por su valor numérico gemátrico, es... 666. Si se toma su nombre y título latino, NRO QSR, y se practica la misma serie de operaciones gemátricas, se obtiene 616 (3).
El Apocalipsis de Juan no era el único que circulaba en la Antigüedad. Pero ninguno de los otros textos fue aceptado como inspirado por Dios por la Iglesia que empezaba a consolidarse, y fueron olvidados con los siglos: son los que se atribuyeron a Pablo, Pedro, Esteban, Tomás. En el judaísmo, la interpretación tradicional de que un mesías vendría a liberar a Israel siguió viva incluso después de la derrota en la guerra del 66. En el año 132 hubo un nuevo levantamiento contra Roma, encabezado por un caudillo llamado Simón Bar Kojba, o Simón Hijo de la Estrella, una referencia de índole claramente mesiánica al versículo 24:17 del Libro de los Números, "descenderá una estrella de Jacob". La guerra fue nuevamente cruenta y muy costosa para Roma, que debió alistar una decena de sus legiones: dos o tal vez tres fueron aniquiladas en la lucha. Los muertos se contaron por centenares de miles y alcanzaron tal vez el millón, una cifra aterradora para una guerra disputada hace casi dos mil años. Judea fue arrasada y repoblada con veteranos romanos e inmigrantes del Occidente, hasta cien mil sobrevivientes fueron vendidos como esclavos, y Jerusalén fue reconstruida como una colonia romana y se prohibió que los judíos la visitaran. El cataclismo dio impulso a los cristianos partidarios de romper los últimos lazos con el judaísmo, una actitud que hubiera sido considerada inconcebible en vida de Jesús e incluso mucho tiempo después.
“Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las que no lo son”, dijo Santa Teresa de Ávila. La vieja profecía había llevado a la nación judía a enfrentarse al imperio más poderoso de su época, y a casi desaparecer de la faz de la tierra. La idea misma del mesías cayó en el descrédito, o empezó a ser reintepretada de modo puramente alegórico. Cada tanto volvieron a aparecer nuevos mesías judíos, pero su rápido fracaso se interpretó como un juicio acerca de lo espurio de su reclamo. De algunos de ellos se ha escrito en otra página de este portal.
Volviendo al ámbito cristiano, la tradición de que el Fin de los Tiempos era inminente comenzó a ser mirada con desconfianza a medida que pasaban las décadas y esa conmoción universal no se manifestaba. Pero en algunas regiones periféricas siguió tan viva en el siglo II como en el siglo I, por caso en zonas apartadas de África del Norte y Asia Menor. Uno de sus profetas mayores fue Montano, un converso reciente que comenzó a predicar en Frigia en los años 160-170. Sus seguidores entraban en estados de trance en los que creían entablar un contacto directo con el Espíritu Santo, interpretaban las visiones experimentadas como mensajes de jerarquía igual a los de las escrituras y la tradición apostólica, y creían en un regreso inminente de Cristo y la consumación de los tiempos. Las mujeres eran una parte importante de sus seguidores y hasta ejercían funciones sacerdotales: dos de ellas, Prisca y Maximila, eran tan populares y reverenciadas como él. El montanismo prescribía una vida ascética y casta, alejada de la mundanidad; sus fieles se preparaban para el martirio como una culminación ideal de su vida como creyentes en Jesucristo. Nada de esto era original en las comunidades cristianas, como lo testimonian las cartas de San Pablo, pero hacia el final del siglo II incomodaba a las autoridades de la Iglesia, que no sabían cómo encuadrar esas expresiones espontáneas en forma institucional, y temían que esas desafiantes y anárquicas manifestaciones atrajeran nuevas olas de persecución imperial. Fue así que el culto fue declarado enemigo de la Iglesia, y sus partidarios excluidos. El montanismo se extinguió lentamente pero jamás desapareció, incluso aunque ya nadie recordara a Montano: la creencia en el fin inminente resurgió cada vez que tiempos difíciles hacían pensar que las catástrofes que se estaban viviendo eran verdaderamente el Fin del Mundo anunciado.
ENVIADOS DEL CIELO EN LAS CULTURAS CHINA Y ÁRABE
Por esos mismos años, apareció un culto apocalipticista en el otro extremo de Eurasia, en China, cuando un gobierno corrupto e incapaz coincidió con una serie de letales epidemias y malas cosechas. En 184 estalló la llamada Rebelión de los Turbantes Amarillos, un levantamiento campesino contra los emperadores de la Dinastía Han liderado por tres hermanos, Zhang Jue, Zhang Bao y Zhang Lian. Fue aplastado luego de un año de lucha, a un costo humano catastrófico: las muertes se contaron al menos por centenares de miles. Hasta 202 hubo alrededor de una decena de rebrotes, todos derrotados, pero las pérdidas materiales y humanas fueron tan cuantiosas que el prestigo de la Dinastía Han resultó muy afectado, tanto que cayó en 220. A partir de los Turbantes Amarillos comenzó a desarrollarse el pensamiento apocalipticista en China, que incorporó la idea del enviado celestial en el siglo III a través del concepto indio de Maitreya, el quinto y último Buda que debe llegar al final del presente ciclo o kalpa, y que a su vez parece haberse originado por influencia del zoroastrismo, el maniqueísmo y el cristianismo un poco antes en ese mismo siglo.
En 515 se produjo en China la llamada Rebelión Mahayana, un levantamiento religioso embanderado tras la idea de que un "Nuevo Buda" ya estaba presente en el mundo, y que era necesario eliminar a los "demonios de la era anterior", arrasando monasterios y masacrando a los monjes. El gobierno de la China del Norte necesitó reunir un ejército de 100 mil hombres para suprimir la revuelta. Pero el ejemplo cundió, y en 516 tuvo que derrotar a la llamada Rebelión del Niño de la Luz de la Luna y en 517 a un contraataque de las últimas fuerzas rebeldes.
Hacia el año 900 se editó en China El Libro de los Conjuros Divinos, un tratado taoísta cuyos textos más antiguos parecen corresponder al siglo V, tal vez incluso antes. Anuncia que en los últimos tiempos nacerá un Soberano Perfecto, Li Hong, que liderará a quienes sigan el camino o Tao a una batalla final contra reyes demoníacos, a quienes derrotará con la ayuda de un ejército celestial, en la que vencerá e instaurará una era de paz y felicidad universales. Por ello, urge a los fieles a convertir a quienes "no han recibido aún la iluminacion", un apremio que hace recordar al apuro de San Pablo por llegar a Hispania, el extremo occidental del mundo entonces conocido, a difundir el mensaje cristiano antes de que se consumase el fin de los tiempos. Las analogías con el Apocalipsis son patentes, y hacen sospechar la influencia del cristianismo. Empero, aún no había llegado el momento para estas ideas.
En el Corán no hay referencia alguna a un enviado del Cielo que haga su aparición en los últimos tiempos: la creencia en el Mahdi o Guiado por Alá es posterior en más de un siglo a la muerte de Mahoma en 632, y la influencia de las tradiciones judías y cristianas también es evidente. En las primeras décadas del Islam el apelativo Mahdi se aplicaba en forma honorífica, sin sentido escatológico alguno. Pero en 685, en medio de una guerra civil entre aspirantes a suceder el liderazgo de Mahoma, se alzó un caudillo de La Meca, el Mahdi Abd Allah ibn al-Zubayr, envalentonado por un hadiz o dicho del Profeta de reciente difusión general, que anunciaba la aparición en La Meca de un hombre justo que devolvería a la fe al recto camino. Su identificación con el protagonista de una profecía dejó más huella en la Historia que su pretensión: fue derrotado y muerto, contra lo que anunciaba el hadiz, pero el precedente fue importante para el desarrollo de la concepción apocalíptica del mahdismo, que para el año 750 ya había madurado tanto en la vertiente sunita del Islam como en la chiíta.
Entre los sunitas, la doctrina del Mahdi es más bien una creencia popular que no un articulo de fe. El Mahdi aparecerá en el final de los tiempos para restaurar la justicia en la tierra y la obediencia de todas las naciones a Alá. Será precedido por Al-Dajjal, un Anticristo islámico que será derrotado por Jesús, de quien los musulmanes, que lo reverencian como uno de los principales profetas, afirman que no murió crucificado sino que, como Elías, fue ascendido a los cielos por Alá. Esta doble aparición de Jesús y del Mahdi recuerda a la concepción judía de los dos mesías, el Hijo de José y el Hijo de David.
El primer Mahdi en el sentido apocalíptico fue un líder de las tribus bereberes de la costa atlántica de lo que hoy es Marruecos, Salih ibn Tarif, aparecido a mediados del siglo VIII. Fuentes posteriores afirman que era judío, que decía haber recibido de Dios una nueva revelación, y que transcribió en lengua bereber en un libro al que llamó Corán: el carácter de reivindicación tribal y regional de esta proclamación es claro. Su culto desapareció en el siglo XI ante el empuje de una dinastía bereber y sunita, la de los Almorávides, que estableció un imperio que llegaba desde el sur de Marruecos hasta el País Valenciano. A su vez, los Almorávides fueron desplazados por los Almohades, otra dinastía bereber que interpretaba el Islam en forma rigorista fundada por un Mahdi, Ibn Túmart, y que gobernó durante más de cien años un territorio aún más grande, hasta caer ante el empuje de los estados cristianos de España a mediados del siglo XIII.
Los chiítas creen que tras la muerte de Mahoma hubo (hay) doce líderes infalibles mediando entre lo divino y lo humano, los Doce Imanes, cuya presencia continua es imprescindible para la salvación. El primero fue Alí, el yerno y lugarteniente de Mahoma, a quien sucedieron sus hijos Hassan y Husaín, y luego ocho descendientes directos de Husaín. El Undécimo Imán, Hasan al-Askari, murió en 874, tal vez envenenado por sus enemigos sunitas, y sin heredero aparente. Su hombre de confianza Uthman al-Amri proclamó a un Duodécimo Imán, Muhammad al-Mahdi, hijo pequeño de su antecesor, que permanecía oculto de sus adversarios. Pero hacia 941 se desarrolló la doctrina de que su ocultación sería permanente, a la espera de que lleguen los últimos días, cuando vencerá a la iniquidad y conducirá al mundo a la obediencia a Alá.
Para los chiítas ismailíes, la línea de sucesión de los Imanes termina con Ismail, un hijo del Sexto Imán, Jafar al-Sadiq, que no es reconocido por la corriente principal del chiísmo. El primer Mahdi de esta corriente de pensamiento fue su líder Abdulá al-Mahdi Billah, a quien un prematuro alzamiento de sus impacientes seguidores sirios en 902 obligó a proclamarse como tal. El levantamiento fue vencido rápidamente y Abdulá fue obligado a exiliarse en los confines del mundo conocido, al sur de Marruecos. Pero su proclamación entusiasmó a las tribus bereberes de Túnez, que derrocaron a sus gobernantes de la Dinastía Aglabí y proclamaron el Califato de los Fatimitas, o seguidores de Fátima, la hija de Mahoma, en 909. Abdulá decepcionó a sus seguidores al demostrar acabadamente no poseer poder sobrenatural alguno, pero por otra parte fue un gobernante suficientemente astuto como para conservar el poder por décadas y morir en su ancianidad. Sus sucesores, ya prescindiendo de toda reivindicación mesiánica, fueron capaces de conquistar Sicilia, Libia, Egipto, Levante y el oeste de Arabia hasta La Meca, y convertirse en una gran potencia musulmana por más de dos siglos desde su nueva capital egipcia, en El Cairo.
El sexto califa de los fatimitas, Hakim, pronto se hizo notar por su crueldad. Pese a que su propia madre era cristiana, abandonó la tradicional política de tolerancia religiosa del Islam y comenzó a perseguir a judíos y cristianos. Llegó a ordenar el incendio del barrio judío de El Cairo, y en 1010 mandó destruir la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Prohibió el ajedrez, el vino, los burdeles, la música, el canto y que los zapateros fabricasen calzado para mujeres, porque se suponía que jamás debían salir de sus hogares. También ordenó exterminar a todos los perros. Hacia 1016-1017, el líder religioso Hamza ibn Ali anunció en la mezquita de El Cairo que Al-Hakim era la encarnación de Alá. La proclama sólo fue aceptada en Siria, donde aún hoy es abrazada por los drusos, una comunidad religiosa sincrética de Medio Oriente con raíces islámicas y fuertes influencias gnósticas y neoplatónicas. El anuncio de Hamza señala el comienzo del calendario druso, y sus cartas pastorales conforman sus escrituras, el Kitab al-hikma, o Rasail al-Hakim.
En febrero de 1021, Hakim fue asesinado, aunque sus seguidores creen que en realidad se ocultó, como el Duodécimo Imán de los chiítas. Entonces Hamza se proclamó la verdadera manifestación de la realidad divina de Hakim, y afirmó que "sus acciones, aunque a veces hubieran parecido crueles, estaban más allá de la comprensión [humana] y su simbolismo creador era conocido solamente por Hamza como imán". Los fieles creen que Alá hizo su última apelación a la redención a los seres humanos en la persona de Al-Hakim y que, encarnado en él, volverá en un inminente final de los tiempos para establecer la primacía de su fe.
Abu'l-Fadl al-Isfahani no merece ser omitido en una lista de los Mahdis. El caudillo Abu Tahir al-Jannabi, líder de la secta de los cármatas, un desprendimiento del ismailismo, fundó un imperio en las costas árabes del Golfo Pérsico que amenazó a la capital del califato, Bagdad, y ocupó, saqueó y profanó La Meca en 930, llevándose la Piedra Negra de la Kaaba, supuestamente para provocar con estas acciones impías la aparición del Mahdi. Abu Tahir creyó reconocerlo en Abu'l-Fadl, un joven prisionero originario de Persia que decía ser descendiente de sus antiguos reyes. Pero el flamante Mahdi denunció como falsos a todos los profetas abrahámicos y llamó a celebrar el fuego, como hacían los zoroastrianistas que, como él, todavía restaban en su tierra. Sus proclamas escandalizaron tanto a sus propios seguidores que ellos mismos terminaron desautorizándolo en meros ocho días y condenándolo a muerte en 931.
En 1094, Al-Musta'li accedió al liderazgo de los fatimitas egipcios merced a un golpe palaciego dirigido por el visir al-Afdal Shahanshah, que postergó a su hermano mayor y heredero aparente Nizar ibn al-Mustansir. La sucesión no fue reconocida por algunos ismailitas, que se separaron fundando la rama nizarí del culto. Su líder fue Hasan-i Sabbah, un astuto erudito persa que fijó su residencia en la fortaleza de Alamut, lo que le valió un nombre que llegó hasta tan lejos como Europa: el Viejo de la Montaña. Hasan montó una red de plazas fuertes y escondites secretos por todo Medio Oriente, y para alcanzar sus objetivos políticos organizó un muy eficaz ejército secreto de espías y sicarios: la Secta de los Asesinos, que en sus dos siglos de existencia aterrorizó por iguala los monarcas de la región, sin importar su fe ni su etnia. Sólo enemigos tan crueles y decididos como los Asesinos, los mongoles, fueron capaces de acabar con ellos. Pero lo que nos importa a los efectos de este largo artículo es uno de los sucesores de Hasan, Hasan II, que en 1164 anunció a "demonios, hombres y ángeles" que el Imán Oculto que su secta veneraba le había comunicado que sus fieles quedaban liberados de la observancia a los aspectos externos de la ley islámica o Sharia, lo que ritualizó con un banquete en pleno mes de ayuno diurno o Ramadán, en el que además se sirvió vino. Declaró ser el Duodécimo Imán, el del Fin de los Tiempos, y ordenó que se persiguiese con severidad todo cumplimiento de los ritos islámicos. Su propio cuñado lo asesinó en 1166, y sus disposiciones fueron abolidas a la muerte de su hijo y sucesor en 1210.
EL RETORNO DE LA BESTIA
Hacia 1143-46, un culto monje cisterciense de sangre real llamado Otto, u Otón, obispo de la localidad bávara de Freising, escribió un tratado histórico y religioso, Chronica de duabus civitatibus, o Crónica o la Historia de dos Ciudades. Otón sostenía que la conversión del Imperio Romano al cristianismo había abierto una era de armonía universal, continuada por reinos sucesores igualmente cristianos como el Imperio Bizantino, el Imperio Carolingio y el Sacro Imperio Romano de su tiempo. Pero pensaba que el conflicto político-religioso entre su monarca Enrique IV y el Papa Gregorio VII en 1075 había afectado irreversiblemente esa armonía y había desencadenado una nueva era en la historia de la humanidad, una de crisis incesantes, que acabaría con la aparición del Anticristo.
Éste es un término que apareció por primera vez en las epístolas juaninas, escritas en las últimas décadas del siglo I, pero en referencia a una categoría de personas, los enemigos de Cristo, y no a un individuo. Un texto apócrifo del siglo II, la Ascensión de Isaías, identificó como uno de ellos a nuestro conocido Nerón, en el marco de un relato que se refiere a la Segunda Venida de Cristo. Hipólito de Roma, a comienzos del siglo III, afirmó que el Anticristo es la Bestia del Libro del Apocalipsis. Cirilo de Jerusalén, en el siglo IV, enseñaba que el Anticristo iba a reinar como amo del mundo por tres años y medio, hasta ser destronado por Cristo a su regreso. A mediados del siglo X, el abate benedictino Adso de Montier-en-Der escribió una carta a la Reina Consorte de Francia titulada De Antichristi. Adso en realidad compiló y organizó textos anteriores, pero el resultado cautivó a la Europa de la Edad Media: se convirtió en algo similar a un éxito editorial de los tiempos anteriores a la imprenta, porque fue copiada innumerables veces. Con el concepto ya firmemente establecido es que se conoció el trabajo de Otón, que despertó mucha inquietud.
A fines del mismo siglo XII se conoció una obra que influiría en todas las interpretaciones posteriores del Anticristo: un libro de un monje calabrés llamado Gioacchino da Fiore, o Joaquín de Flores, Expositio in Apocalipsim. Joaquín afirmó que la Historia era homologable a la Trinidad: había una primera edad que correspondía al Antiguo Testamento y se llamaba Era del Padre, una segunda que identificaba con el Nuevo Testamento y llamaba Era del Hijo, y una tercera que comenzaría en 1260 y llamaba Era del Espíritu Santo, que vería realizarse la utopía del amor universal y verificaría la caída de todas las instituciones antes imprescindibles, entre ellas la propia Iglesia. También sostuvo que esa era dorada llegaría una vez derrotado el Anticristo, de quien dijo que sería Papa, y que la Babilonia de la Revelación era una figura de Roma. Sus ideas causaron fuerte impresión en la orden de los franciscanos, fundada pocas décadas después, y en un literato florentino llamado Dante Aligheri. Quien, por cierto, en la Comedia ubica a Joaquín en el Paraíso.
La Iglesia nunca se atrevió a condenar a Joaquín, que era admirado en su época como un sabio y un profeta que hasta mereció una visita reverencial de Ricardo Corazón de León, el Rey de Inglaterra, e incluso su proceso de canonización fue abierto en 2001. Pero varias de sus ideas fueron condenadas apenas empezaron a inspirar a movimientos igualitaristas que, durante los siglos XIII y XIV, se opusieron fieramente al poder temporal de la Iglesia, algunos desde dentro como los monjes franciscanos que se dieron en llamar espirituales, otros desde fuera como los Hermanos Apostólicos de Gherardo Segarelli o Segalelli, los fraticelli y los dulcinianos, todos nombres que el lector de Umberto Eco recordará de su novela El nombre de la rosa. La repugnancia que despertaban las riquezas de la Iglesia y su participación en los conflictos políticos de la época, unidas a las profecías de Joaquín contra el Papado, conformaban un cuerpo de ideas explosivo. Los movimientos mencionados fueron condenados oportunamente, y la propia orden franciscana se salvó por poco de correr la misma suerte. Segarelli fue quemado en la hoguera en Parma en 1300 y los dulcinianos masacrados en Biella en 1307, y sus caudillos Dulcino y Margarita de Trento fueron ejecutados también.
La idea de que la Iglesia era la guarida del Anticristo se hizo inmensamente popular, e influyó al primer y principal líder de la Reforma, Martín Lutero. Las rebeliones campesinas europeas de los siglos XIV a XVI, diversos episodios de un fenómeno permanente de la Baja Edad Media y la Edad Moderna, solían derivar rápidamente en el saqueo y destrucción de iglesias y monasterios, tanto como el de la propiedad señorial. La mayor de ellas, la revuelta de 1524-25 en Alemania, fue liderada por un culto predicador, Thomas Müntzer, que había leído a Joaquín de Flores y que proclamaba que "el tiempo de la cosecha [el apocalipsis] ha comenzado, y es para ello que Dios me convocó" (4).
Por su parte, el mundo musulmán se aterrorizó ante las depredaciones de los mongoles durante los siglos XIII y XIV. En Hilla, una ciudad del actual Irak que se encuentra muy cerca de las ruinas de Babilonia, conocida por sus escuelas de estudios islámicos, se celebraron plegarias rituales para suplicar al Altísimo que condescendiese a enviar al Mahdi. Cada jornada, desde el mediodía hasta el rezo del crespúsculo, cien creyentes solicitaban la intervención divina contra los invasores: mientras se batían tambores y sonaban trompetas, un caballo ensillado para el anhelado Mahdi era llevado hasta el templo, y se rogaba a Alá que pusiera fin al "desorden rampante y la extendida iniquidad" porque "¡éste es el momento para que aparezcas! ¡A través tuyo, Alá hará conocer lo verdadero y separarlo de lo falso!". Plegarias similares se celebraron en toda Persia, sin resultado alguno. Los mongoles se derrumbaron décadas más tarde, víctimas de su costumbre de dividir el reino de un monarca fallecido entre todos sus herederos y de que no había pueblo conquistado que no los odiara con todas sus fuerzas.
Por esa misma época, en China, crecía el descontento contra el mal gobierno de los siempre impopulares ocupantes mongoles, agravado por las malas cosechas y una sucesión de epidemias. Fue entonces que se oyó el llamado a la rebelión de la Sociedad del Loto Blanco, un culto sincrético originado en una escuela del pensamiento budista del siglo V que, a partir del siglo X, había incorporado conceptos taoístas y, sobre todo, maniqueos, y esperaba ansiosamente el advenimiento de Maitreya. Su primer levantamiento fue derrotado en la década de 1330, pero el de 1351, la Rebelión de los Turbantes Rojos, encontró un líder capaz en un antiguo niño mendigo y monje budista, Zhu Yuanzhang, que en 1368 logró expulsar a los últimos ejércitos mongoles y proclamarse el emperador Hongwu, primero de la Dinastía Ming. En el difícil y sangriento camino al trono había debido pactar con el poder religioso confuciano, y la Sociedad fue declarada ilegal, pero su herencia todavía se descubre en muy posteriores rebeliones milenaristas contra los usurpadores manchúes del trono del Celeste Imperio, como la rebelión de Wang Lun de 1774, la revuelta de 1794 o el levantamiento de los Ocho Trigramas de 1813. La Rebelión Taiping de 1854, desencadenante de la guerra civil más atroz de la Historia y de la que ya hemos escrito, es producto de un similar sincretismo entre conceptos chinos y extranjeros, en este caso cristianos, pero su origen es diferente. Pretendía restaurar una totalmente fantástica religión anterior a los invasores manchúes: el camino hacia un porvenir ideal es un regreso a un camino abandonado.
Otra escuela filosófica china desarrolló en el siglo XV la llamada Doctrina de los Tres Soles, una interpretación de la Historia que admite influencias confucianas, taoístas y budistas, y que presenta paralelos sugestivos con la de Joaquín de Flores. Afirma esta escuela que la Historia se puede dividir en tres edades, cada una gobernada por un Buda diferente, y que cada edad representa un progreso al que se llega tras atravesar un número creciente de catástrofes: nueve en la primera Edad del Desorden o del Sol Verde, dieciocho en la segunda Edad de la Paz que se Acerca o del Sol Rojo, ochenta y uno en la tercera y final o del Sol Blanco, que acabará en una Edad de Paz Universal en la que la Humanidad alcance su realización completa y se haga una con todo lo que existe bajo el Cielo.
En el mundo musulmán, a fines del siglo XIV, el gran sabio tunecino Ibn Jaldún, un sunita, estudió críticamente la doctrina mahdista y llegó a la conclusión de que Mahdi es apenas un título que llevará Jesús cuando retorne para juzgar a la humanidad, no un personaje diferente. Además observó que la proclamación de un Mahdi solía unir bajo su mando a a tribus o regiones pero casi siempre por un tiempo limitado, porque apenas su primera derrota alcanzaría para demostrar la falsedad de su reclamo. Aún cuando no sea derrotado, un Mahdi que no traiga la paz y la justicia al mundo entero no es un verdadero Mahdi.
EL RETORNO DEL REY
Hay una leyenda europea que guarda relación con la del rey mesiánico enviado por la divinidad y con la creencia chiíta en un Imán que permanece oculto: es la del antiguo gran rey que duerme en una montaña sagrada, esperando los acontecimientos que hagan necesaria su reaparición para defender a su pueblo de una gran amenaza. En el folklore medieval alemán ese gran rey era Federico II, monarca del Sacro Imperio, Rey de Sicilia y Rey de Jerusalén, y la montaña el Kyffhäuser de Turingia o el Etna siciliano. La leyenda tal vez surgió de una reversión alemana de la creencia de los discípulos italianos de Joaquín de Flores de que Federico, excomulgado ¡tres veces! por enfrentarse a los planes políticos del Papado, era el Anticristo. Con los siglos, el rey del mito pasó a ser su abuelo, Federico Barbarroja, cuya muerte había sucedido tan lejos, en Asia Menor, mientras lideraba la Tercera Cruzada, que se ajustaba mejor a la creencia de que no había muerto, y además no cargaba con la antipática circunstancia de haber establecido su corte en Palermo, en Sicilia, muy lejos de su Alemania.
Otros soberanos de los que se afirmó que no habían muerto y esperaban el momento de volver en toda su gloria fueron el mítico Rey Arturo, el emperador niceano Juan III Ducas Vatatzés, el último emperador bizantino Constantino IX Paleólogo y Sebastián I de Portugal, historia que merece unas líneas.
En 1578 Sebastián I habia decidido intervenir en la guerra civil de Marruecos entre el sultán gobernante y su antecesor depuesto por la fuerza. Desembarcó con un ejército de 20 mil soldados y atacó a su enemigo en la Batalla de Alcazarquivir, en la que fue derrotado decisivamente: apenas cien de sus hombres lograron escapar, casi la mitad murió y el resto fue hecho prisionero, incluyendo la mayor parte de la nobleza del país. El propio rey cayó muerto, al igual que los dos contendientes marroquíes: en Europa se la conoció también como la Batalla de los Tres Reyes. La conmoción en Portugal fue enorme: muchísimas familias tenían parientes en ese ejército desventurado. Además el rey no tenía herederos, y hubo de asumir el trono su tío abuelo, que murió en 1580, desatando una crisis sucesoria que acabó con la invasión española y la consagración de su rey Felipe II como simultáneo soberano del imperio portugués. El dolor por las pérdidas y por ver comprometida la independencia de la patria halló consuelo en la poesía, las Trovas de Gonçalo Annes Bandarra, cuyo tema era el futuro advenimiento de un rey mesiánico que estaba escondido, O Encoberto, a quien también cantaría en el siglo XX Fernando Pessoa. La aparición de impostores que decían ser el propio Sebastián (5) ayudó a darle vuelo a su identificación con ese gran monarca por venir, al menos hasta que la revuelta de 1640 restauró a un príncipe portugués en el trono.
Un jesuita lusitano, Antonio Vieira, defensor de los derechos de los pueblos originarios americanos y de los judíos y perseguido por la Inquisición, comenzó a escribir hacia 1649 un tratado que no logró terminar, História do Futuro. Identificaba a Portugal como el imperio que sucedería en el dominio del mundo a asirios, persas, griegos y romanos, el Quinto Imperio, y que lograría la conversión al catolicismo de herejes e infieles. Vieira murió muy anciano en Salvador de Bahía en 1697, unas dos décadas antes de que su trabajo pudiera ser publicado. Este mesianismo nacionalista, o sebastianismo, nunca desapareció pese a las persecuciones de la Inquisición, y hasta experimentó renovados auges con dos calamidades nacionales en las que sirvió como renovado consuelo, el Terremoto de Lisboa de 1755 y la invasión napoleónica de Portugal en 1807 y la huida de la familia real a Río de Janeiro.
La profecía también fue popular en el nordeste de Brasil. Hacia 1893 un predicador itinerante de Bahía, Antônio Conselheiro, anunció que el Rey Sebastián volvería a restaurar la monarquía brasileña, derrocada por un movimiento militar republicano cuatro años atrás. El Rey Don Sebastián derogaría la legislación civil de inspiración positivista y laica que había acabado con los privilegios de la Iglesia y acabaría con los abusos de los terratenientes, que pese a ser en su mayoría monárquicos se habían avenido a coexistir con una república que no amenazaba sus privilegios. El movimiento del Conselheiro se hizo fuerte en una fazenda de Canudos, en donde estableció una comunidad igualitaria que garantizaba el acceso a la tierra a los desposeídos del nordeste, sin importar su origen étnico. Tres expediciones militares fueron rechazadas hasta que la cuarta, tras un sitio que duró cuatro meses, arrasó con la comunidad masacrando a unas 20 mil personas. Mario Vargas Llosa escribió una novela acerca de esa tragedia, La guerra del fin del mundo, que ya comentamos en este portal.
La era del colonialismo occidental es pródiga en líderes que reclaman la inspiración divina para liderar movimientos de liberación. Agha Muhammad Reza, un chiíta de origen persa, se declaró el Mahdi y levantó a Bengala contra el dominio de la Compañía Británica de las Indias Orientales en 1799. Fue derrotado, capturado y enviado a prisión, donde murió. Bu Ziyan hizo lo mismo en Argelia en 1849 pero contra los franceses, fracasando también. Muhammad Ahmad en Sudán se arrogó la condición de Mahdi y declaró la Guerra Santa contra británicos y egipcios en 1881, a los que venció en una batalla tras otra para establecer su capital en Jartum en 1885, donde cayó muerto el general en jefe británico Charles Gordon, veterano del aplastamiento de la Rebelión Taiping ya mencionada. Muhammad Ahmad predijo que muy pronto rezaría a Alá en El Cairo, Jerusalén, Medina y La Meca, pero murió de tifus apenas seis meses después. Su reino mahdista sobrevivió hasta 1899, cuando fue derrotado finalmente por británicos y egipcios, que regirían Sudán hasta su independencia en 1956.
Las etnias oprimidas de Estados Unidos también tuvieron sus aspirantes a la condición mesiánica. Wovoka, un joven huérfano de la tribu paiute que era conocido como Jack Wilson por la familia blanca para la que trabajaba, tuvo una visión el Día de Año Nuevo de 1889, durante un eclipse, y se proclamó como el mesías que liberaría a los nativos americanos. Enseñaba que sus partidarios debían vivir en armonía con sus tradiciones y participar en una ceremonia de trance que se llamaba la Danza Fantasma. Su doctrina era una mixtura de creencias nativas y cristianas y abjuraba de la violencia. Su mensaje se extendió rápidamente entre las tribus de las planicies y del noroeste norteamericano, en especial entre los sioux, que se alzaron contra el gobierno de Benjamin Harrison. La rebelión culminó con la muerte del cacique Sitting Bull o Toro Sentado y la masacre de Wounded Knee en diciembre de 1890, y entonces el culto de la Danza Fantasma perdió rápidamente su atractivo a los ojos de los pueblos originarios; Wovoka pasó el resto de sus días humildemente, y murió en Nevada en 1932.
Por esos mismos años, en 1930, Wallace Fard Muhammad fundó la Nación del Islam en Detroit, un culto que busca liderar la resistencia de los afroamericanos de Estados Unidos al segregacionismo blanco. Sus seguidores lo consideraron tanto el Mahdi como el Mesías, e incluso una de las encarnaciones de Alá. Estas ideas son consideradas heréticas e incluso blasfemas por las vertientes tradicionales del Islam, tanto que en 1978 se produjo una escisión entre los partidarios de reintegrarse a la comunidad de los seguidores del Profeta, liderados por Warith Deen Mohammed, nieto de Fard Muhammad, y el ala radical del reverendo Louis Farrakhan. Entre las llamativas creencias de este culto están un mito de la Creación cercano a la ciencia ficción más sensacionalista y con puntos de contacto con el misticismo nazi y la Cientología, la idea de la divinidad como una sucesión ininterrumpida de mortales llamados Alá, y la creación divina de una primera tribu de humanos de piel negra que hablaban árabe, mientras que los pueblos de piel blanca son el producto degenerado de los programas de crianza selectiva de un científico llamado Yakub, que viviera hace unos seis mil años en la isla griega de Patmós.
Pero Fard Muhammad no fue la primera persona que anunció cumplir en sí misma, a la vez, la profecía mesiánica y la mahdista. De entre ellos destacamos aqui a Mirza Ghulam Ahmad, un místico nacido en 1835 en el seno de una familia acomodada del norte de India, de remoto origen turquestano. Fundó un movimiento llamado Ahmadiya, al que la mayoría de los musulmanes considera herético y fuera del marco del Islam. Ahmad afirmaba que todos los profetas del judaísmo y el cristianismo habían sido inspirados por la divinidad, pero que habían expuesto versiones incompletas o parciales del Verdadero Mensaje, y que esta revelación gradual había llegado a su culminación con Mahoma. Ahmad se propuso devolver al Islam a su condición prístina: su proclamación como el Mahdi y el Mesías, en 1889, abría paso a la edad última, en la que se llevaría el Mensaje de Alá a la perfección y al imperio universal y definitivo. Rechazó que la Jihad, o Lucha por imponer el Islam, implique de modo alguno el ejercicio de la violencia, sino un camino de autopurificación interna y exterior. También dijo, y en esto fue el primero, que Jesús no murió en la Cruz, que peregrinó a India en busca de las tribus perdidas de Israel, que murió en Cachemira, y que está enterrado en un santuario de Srinagar, el Roza Bal, una afirmación sin base histórica y que tanto cristianos como musulmanes consideran inaceptable.
LAS OCHENTA Y UN CALAMIDADES
Ya presentamos la Doctrina de los Tres Soles. Un culto que adoptó ese pensamiento fue el conocido como Yiguangdao, o del Camino Persistente, fundado por Wang Jueyi en Qingzhou en 1877. Su sucesor Lu Zhongyi, muerto en 1925, presentado por sus seguidores como la encarnación de Maitreya, saludó en 1912 el inicio de la tercera edad o del Sol Blanco con sus ochenta y un calamidades, que acabarían dando paso a una Edad de Paz Universal. No sé si creer en el camino al progreso de la especie humana, pero no me cuesta nada creer que se abría una era de innumerables desastres, al menos desde el punto de vista de un habitante de China. En 1911 había caído un milenario trono imperial y se había proclamado la república, en la década siguiente el poder central se debilitó tanto que el país se fragmentó en territorios regidos por señores de la guerra enriquecidos con el crimen organizado, en los años treinta Japón invadió China con furia genocida mientras el país ardía en la guerra civil, en los años cuarenta acabaron ambos conflictos con la victoria comunista a un precio escalofriante en víctimas, en los años cincuenta y sesenta las desastrosas políticas gubernamentales provocaron una hambruna que causó millones de muertos, y las convulsiones de la década final del gobierno de Mao volvieron a cobrarse un precio muy alto en vidas. La situación actual, en la que un gobierno sin dudas totalitario se ha demostrado extraordinariamente capaz en sacar a centenares de millones de chinos de la miseria y proyectar al país a un destino de potencia hegemónica mundial en pocas décadas, tal vez no sea el paraíso en la tierra pero es un milagro de paz, orden y prosperidad en comparación con los siglos precedentes.
La Historia nunca enseña gran cosa porque a nadie le importa la Historia, y por eso todos sus horrores se repiten incesantemente. El repetido fracaso de la profecía mesiánica hace que probablemente se nos pueda disculpar de no guardar demasiadas esperanzas en ella, pero no nos autoriza a burlarnos de quienes creen aún hoy, en este mundo que es apenas un poco menos cruel que el de Vespasiano, o el de Bar Kojba, o el de Dulcino, o el del Conselheiro. El deseo de un reino de justicia y del fin de la muerte es poderoso: cuánto mejor sería que uno estuviese equivocado, que la Historia tuviera un sentido y que éste fuera de progreso hacia una culminación en paz y prosperidad universales.
Tal vez sólo sea cuestión de saber que esa culminación no está en otras manos que las de todos nosotros.
 

 

NOTAS
(1) La corriente mayoritaria en los estudios históricos modernos considera a los libros de la Biblia Hebrea, o Antiguo Testamento, el producto de una edición llevada a cabo por sacerdotes de Jerusalén en fecha tan avanzada como el siglo IV antes de nuestra era, a partir de textos que parecen remontarse a los tiempos del Reino de Judá (siglos VIII y VII), del exilio en Babilonia (siglo VI) y otros contemporáneos. Hubo un agregado posterior de materiales tardíos, entre ellos el Libro de Daniel, que parece haber sido escrito durante el siglo II antes de nuestra era. Otros estudios datan la labor de edición por esa misma época.
(2) El creyente no necesita de mi permiso o el de los historiadores para considerar ese texto como una profecía inspirada por Dios, del mismo modo que los estudios históricos no requieren autorización alguna para someter esos mismos documentos a un análisis crítico que, como hace toda la ciencia desde hace siglos, prescinda de toda hipótesis de orden sobrenatural.
(3) En los manuscritos más antiguos aparece a menudo 616: de hecho Ireneo de Lyon testimonia que a fines del siglo II circulaban ambos. Recordemos además que 616 o 666 son transcripciones en números arábigos que no se usaban en el Imperio Romano, y que llegaron a Occidente varios siglos después: en tiempos de la redacción de las escrituras se usaban los numerales griegos, como χξϛ. (O χιϛ en el caso del 616).
4) Los ideales de Müntzer eran fieramente igualitaristas, y por ello su figura resultó muy atractiva para los marxistas alemanes. Friedrich Engels le dedicó un ensayo, La Guerra de los Campesinos, y la República Democrática Alemana el billete de 5 marcos, así como un filme de 1956 y muchos libros. El aniversario 450 de su muerte en 1975 y el 500 de su nacimiento en 1989 fueron recordados oficialmente.
5) La aparición de pretendientes al trono que decían ser el legítimo soberano dado por muerto ya ha sido tratada en estas páginas aquí.