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NOCHE DE AGOSTO

La cosa es que me confundí y terminé bajándome en ese pueblo que no figuraba en el mapa. Era una noche de luna nueva, fría y desangelada. No había nadie en los andenes.

Tampoco había nadie en la sala de espera, y la cafetería estaba cerrada. Me senté en un banco, saqué del bolso los cigarrillos y los fósforos, me levanté el cuello de la campera, prendí un cigarrillo. Uno de los fluorescentes estaba quemado. Ya llevaba unos cuantos minutos sentado cuando me di cuenta de que había un gato dormido debajo del último banco de la fila de enfrente.

Cuando gané la calle eran las dos y cinco de la madrugada. Era un pueblo de casas bajas, con veredas arboladas en las que silbaba el viento. No había luces en las casas, ni gente a la vista; a lo lejos se oían ladridos. Tomé la que parecía la calle principal y marché hacia lo que, a la distancia, parecía una plaza. El asfalto estaba sucio de barro, y las cunetas estaban inundadas de agua aceitosa.

El monótono ruido de las copas de los árboles agitándose a merced del viento; un postigo que se abrió violentamente; mis pasos sobre la calle. En la esquina de la plaza había un bar: vi luz y entré. El calor de la habitación fue como un abrazo materno.

Me quité la campera y los guantes y me senté junto a la barra. Como pasaran unos minutos sin que nadie apareciese, pasé al otro lado de la barra y aparté una botella de coñac. Me serví una medida generosa, y una vez que sentí que el alma me volvía al cuerpo, otra que podría definirse como "magnánima". Encendí otro cigarrillo. El coñac era bueno, de una marca francesa que yo no conocía. Ociosamente recorrí los estantes con la mirada. Fuera de una cerveza uruguaya que solía tomar mi vpadre, no había bebidas de ninguna marca que yo hubiera visto antes.

A eso de las tres tomé un tercer coñac, dejé el dinero que me pareció justo y salí a la calle. El cielo se había nublado; un relámpago rasgó en dos las tinieblas del occidente. Di una vuelta a la plaza. Vi una iglesia, un banco, un almacén, la delegación municipal, pero no vi ningún hotel. Volví hacia el bar. Tenía las luces apagadas. La puerta estaba cerrada con llave. ¿Volver a la estación del tren? Crucé la calle, hacia un lindo chalé de ladrillos a la vista con un farol sobre la puerta. Tanteé la cerradura, que no cedió.

Comenzaba a lloviznar cuando decidí pasar a través de la pared. Un leño ardía suavemente en la chimenea del living, y había café caliente en la cocina. Llegué servirme dos tazas antes de que el sueño me venciera. 

 

Escrito el miércoles 2 y el domingo 6 de febrero de 2000, si no miente el viejo cuaderno de notas de donde acabo de copiar este relato.

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