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TAKASHI MIIKE, AUTOR DE "POR UN PUÑADO DE DÓLARES"

Sukiyaki Western Django, la película de Takashi Miike que se estrenara en Japón en 2007, es una película sobre la inocencia perdida. Pero no sobre la inocencia perdida de un personaje o personajes, sino de la del espectador, o al menos del espectador exigido por esta apoteosis de la cita para deleite del cinéfilo. (Ya hace mucho aprendimos, o debimos aprender, que la cita es el hurto a los precursores bajo la elegante coartada del homenaje).

Takashi Miike se divierte y nos divierte en este filme en el que juega con tradiciones que ama. Ya lo hace desde el título, que recrea al spaghetti western en clave nipona, porque sukiyaki es una especie de guisado típico de la cocina japonesa. Ya lo hace en el extraordinario prólogo, al que hay que ver para creer, a partir de unos pocos elementos: un decorado que evoca tanto las pinturas del Monte Fuji de Hokusai como los falsos exteriores de las series del Oeste de los años cincuenta o sesenta, un cadáver con un agujero de bala en la frente, unas gallinas, una serpiente, un halcón y un tirador de puntería sobrenatural, Piringo, que resulta ser nada menos que Quentin Tarantino. [En el video de abajo, el mencionado prólogo: los primeros cinco minutos del filme]

Que la película además esté hablada en un inglés farsesco expone constantemente el artificio, la ficcionalidad que se ríe en todo momento del verosímil, en suma la falta de inocencia a la que me refería al comienzo: el tema de Sukiyaki Western Dyango no es la Guerra Genpei entre los clanes Heike y Genji, ni aún su relectura anacrónica con revólveres y sombreros Stetson, sino el amor compartido de Miike y el espectador por el spaghetti western. Amor por el clásico Django de Sergio Corbucci, citado innumerables veces. Amor por A fistful of dollars de Sergio Leone, con el que comparte también la característica del protagonista innominado. En definitiva, amor por Yojimbo, el filme de Akira Kurosawa en que ambas películas abrevaron copiosamente. Lo que es decir amor por Cosecha roja, la brillante novela de Dashiell Hammett que la inspiró, y que sería un western modélico de no ser porque está ambientada en la década de 1920. ¿Plagios, dice usted? ¿Una reivindicación tácita de Pierre Menard? ¡La forma natural en la que la cultura circula, diré yo a todas las María Kodama del mundo y sus frenesís recaudatorios!

La propuesta de Miike es hacer cine sobre el cine, enancar una construcción ficcional en un acercamiento promiscuo a los géneros, por lo cual no vale la pena explayarse demasiado en un argumento que funciona como mera excusa y que, dadas las referencias mencionadas, será fácil de intuir.

Otra de las claves de lectura es expuesta por el citado Piringo, mediante una frase cuyo regusto zen es perceptible: “florecer es comenzar a caer”. Las rosas tienen una importancia capital en el filme, como identificación de los clanes, como cifra del destino de algunos personajes, como puerta a la enésima referencia intertextual: en este caso a la Guerra de las Rosas en la Inglaterra apenas salida del Medievo y a la pertinente obra de Shakespeare, Enrique VI, que uno de los personajes lee y relee.

También hay una historia secundaria evocadora de la de Romeo y Julieta, con lo cual ya comenzamos a preguntarnos si Miike no habrá exagerado un poco y no nos estará sirviendo un sukiyaki pasado de punto, tal vez recalentado en el microondas.

Para el final, una observación más general: el mash-up de Oriente y Occidente, de historias de samurais y de pistoleros del Lejano Oeste, funciona tan bien básicamente porque ambos géneros rinden culto a la misma deidad primordial, que es el coraje. Como también lo hacen esos antepasados del western que son las historias medievales de caballeros andantes, o los mitos clásicos centrados en el héroe.

 

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