La primera página de Internet con sabor a frutos del bosque: por favor, lama aquí
* * * * * * * * * CINE BRAILLE * * *
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CON
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El
rock irrumpió en los años ’50 como la música de fondo de la adolescencia;
la misma carga hormonal que le daba frescura y vitalidad lo hacía también simplote,
y a veces hasta un poco
tonto. En los ’60 lo retomaron los Beach Boys, los Beatles, los Rolling Stones,
y al llevarlo más allá de sus (estrechos) límites, lo hicieron pedazos: entre
“Blue suede
shoes” y “A day in the life” media una década
que parece un siglo. Por cierto que no quedaba otro camino: crecer es perder
una inocencia tras otra. Pero ese alejamiento del punto de partida no iba a
resultar gratis…
Sus
grandes nombres (Yes, Genesis,
Pink Floyd, Emerson Lake & Palmer, el primer King Crimson) son todos ingleses: llamativamente, nunca
prendió en Estados Unidos, donde pasó casi desapercibido a la sombra del funk,
del glam,
del rock pesado y de
los grandes solistas folk.
Para aquellos que llegamos al rock entre comienzos
y mediados de los años '80, tras el punk,
tras
Esto es, en buena medida, una racionalización:
en mí coexisten esa visión sarcástica del estilo con, por ejemplo, absoluta
admiración por la capacidad de Peter Gabriel para montar un espectáculo
en vivo que vaya más allá (¡mucho más allá!)
de ver y oír a una banda interpretando canciones. Por no hablar de mi amor por Pink Floyd, o
A estos tres temas les sucede una balada acústica menor, “More
fool me”, cantada por el baterista de la banda, Phil Collins, no sé si ubican… Los
problemas comienzan ahí. Con la extensa "The
battle of Epping
Forest" (¡11:49!) tenemos, por un lado, un festival
de cambios de tempo y de voces, partes de una complejidad infrecuente y dignas
de ser estudiados por cualquiera que se dedique a la música pero… si antes de
llegar a la mitad del tema, uno espía la pantalla para ver cuánto falta para
que termine… Mala señal. El instrumental “After
the ordeal” no está mal, pero tal vez baste decir que Gabriel
y Banks no querían incluirlo, y que aparece en el
disco por insistencia de uno de sus autores, Hackett.
En el final, otro tema extenso, “The
cinema show” y el breve “Aisle
of
plenty”, terminan convergiendo en la línea melódica
de la primera pista y redondean la idea del disco. Los once minutos y pico de
“The cinema show” abundan en métricas infrecuentes y cambiantes, pero se nota
demasiado que las partes instrumentales están como injertadas; no suenan a desarrollos
del tema principal. Tal vez se perjudique por estar al final del disco: después
de las tres brillantes primeras obras, pareciera que lo que sigue ya estaba
expresado antes, con mayor concisión y destreza. Al Genesis sinfónico (y vaya esto como modesta conclusión) parece pasarle lo que a todo
arte barroco: el fatigoso virtuosismo de los detalles atenta contra la armonía
del cuadro, si se me permite la metáfora pictórica. (El Genesis pop de los ’80 tendrá el mismo nombre y algunos mismos integrantes, pero
haríamos mejor en considerarlo un grupo diferente).
El rock había comenzado en los ’50, acompañando
los primeros besos y las primeras copas de la generación de posguerra; a mitad
de los ’70, esa misma generación trabajaba en un banco o una zapatería, pensaba
cómo pagar la hipoteca y llevaba a sus hijos a la escuela en su auto. En el
camino escuchaba… rock. Pero no, a ese rock le faltaba algo que se habia perdido
en el camino (crecer es perder una inocencia tras otra). Había que una raíz
con la que se había perdido contacto. Fue entonces cuando aparecieron
los Ramones en Nueva York
y los Sex Pistols
en Londres.
Pero ésa es otra historia.
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