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CON LA EXCUSA DE IL GATTOPARDO
No sé si vale la pena que escriba una crítica de la gran película de Luchino Visconti, algo que, antes de que yo termine de tipiar esta mismísima línea, ya se puede encontrar sin mucho esfuerzo en Internet gracias a los servicios de Google. Sólo quería apuntar una idea que me surgió al ver el filme, aunque lo haré después de rendir tributo a la fotografía de la película, a la excelente reescritura de la novela del Príncipe de Lampedusa en clave cinematográfica (1), a la increíble belleza de algunos escenarios sicilianos, a la soberbia reconstrucción de época (Sicilia, 1860) y a la sensualidad de una entonces joven Claudia Cardinale.
Dice un aristócrata sumamente culto, perceptivo, inteligente y (en consecuencia) desengañado como el Príncipe Salina (Burt Lancaster) al rechazar la oferta de una banca en el nuevo Senado del nuevo Reino de Italia: “pertenezco a una generación desgraciada, a caballo entre dos mundos e incómoda en ambos. Y lo que es peor, carezco totalmente de ilusiones. ¿Qué haría el Senado de mí, un legislador sin experiencia que carece de la facultad de autoengaño, un requisito esencial si se quiere conducir a otros? No, yo no puedo mover un dedo en política. Me lo morderían”. Dice el Príncipe acerca de la rapaz burguesía capitalista que ya está remplazando a la nobleza
feudal, no sólo en Italia sino en todo el mundo occidental: “nosotros somos los leopardos, los leones, y aquellos que tomen nuestro lugar serán los chacales [la burguesía] y las ovejas [el pueblo raso] y todos nosotros, leopardos, leones, chacales y ovejas, pensaremos por igual que cada uno de nosotros es la sal de la tierra”. Dice el Príncipe al caricaturesco y multimillonario burgués en ascenso Calogero Sedara (Paolo Stoppa) acerca de su ahijado Tancredi (Alain Delon), quien le ha pedido que interceda ante Sedara para que le otorgue la mano de su bella hija Angelica (la mencionada Cardinale): “acaso no sea posible ser tan distinguido, sensible y fascinante como Tancredi sin que sus mayores hayan dilapidado una docena de patrimonios. Al menos así es en Sicilia”.
Lo que quería señalar, a partir de estas tres citas, es esto: el Príncipe Salina era un espíritu refinado, probablemente un hombre superior, y alguien mucho más elevado e interesante que el pedestre Sedara o que cualquiera de los miles de campesinos analfabetos que se deslomaban para mantenerlo así, tan refinado, tan superior, tan elevado y tan interesante. Sedara, al menos y con todas las prevenciones que podamos tener ante su modo de enriquecerse, se había hecho a sí mismo: Salina había llegado a ser un espíritu exquisito sobre el polvo de los huesos de generaciones de hombres y mujeres que nunca tuvieron ni el tiempo ni la educación para apreciar tal exquisitez. En eso me recuerda al emperador romano y filósofo estoico Marco Aurelio, que emprendió la saludable búsqueda de la sabiduría sobre los hombros de los millones de esclavos y campesinos de su imperio genocida. Me recuerda también a un gran escritor argentino como el estanciero de Pardo Adolfo Bioy Casares, cuya sensibilidad ante una página bien escrita corría pareja con la insensatez de sus reaccionarias posiciones políticas. Me recuerda al Conde Tolstoi, quien a edad avanzada comprendió varias de estas cosas. Así es la naturaleza humana de compleja y de insondable.
Usted que es un caballero sabrá disculpar, Príncipe. Seguramente me hubiera agradado beber una copa con usted y hablar de arte, de literatura y de esa extraña aventura que llamamos vivir, acerca de la cual yo tampoco guardo demasiadas ilusiones. Pero creo que una existencia condenada fatalmente al envejecimiento, la enfermedad y la muerte ya es algo suficientemente desgraciado como para que, además, haya que padecer explotación en beneficio de un semejante, para peor, de espíritu “elevado”. Discúlpeme si su falta de ilusiones en materia política me parece un lujo que sólo se pueden dar los privilegiados. Discúlpeme si pienso que su lúcido desengaño ante la vida ha sido adquirido a un precio exorbitante en sangre, sudor y lágrimas ajenas.
Sobre todo, discúlpeme usted y los que hoy son como usted que, pese a todo el encanto de los leopardos y los leones, me sienta del lado de las ovejas.
NOTAS
(1) No resisto a la tentación de transcribir algunas brillantes líneas de diálogo del filme, más allá de la célebre y muy citada frase de Tancredi (Alain Delon) de que la unificación de Italia en curso en 1860 se hace porque “si queremos que las cosas sigan como están, las cosas tienen que cambiar”.
Una es la confesión del Príncipe Salina al jesuita Pirrone (Romolo Valli) acerca de sus visitas a una prostituta: “¿Qué quiere de mí? Soy un hombre vigoroso. No puedo hallar placer con una esposa que se persigna antes de que la abrace en la cama y que dice ‘Jesús y María’ después. He tenido siete hijos con ella y jamás le vi su ombligo. ¿Eso está bien? Se lo pregunto. ¡La pecadora es ella!”.
Otra del Príncipe, que afirma que la voluntad profunda de los sicilianos es reacia a los cambios y a reconocer errores porque “su vanidad es más fuerte que su miseria”.
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