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COMANDOS DE COLETTA: ENTREVISTA A UN BARRA BRAVA

La entrevista se realizó en un sitio al que fuimos llevados con los ojos vendados. Por la distancia recorrida, las vueltas que dimos y algunos ruidos cercanos, dedujimos que se trataba de una casona del barrio de Flores, no lejos de la estación del mismo nombre. Llamaremos a nuestro entrevistado J. J. Coletta, usando solamente las iniciales de sus nombres para resguardar su identidad. (Del mismo, modo, en otras ocasiones optaremos por usar nombres modificados, colocados entre corchetes).

Nuestro entrevistado es un hombre de unos 30-35 años, totalmente calvo, moreno, fornido pero con algo de panza. Cuando llegamos, nos invitó a tomar vino tinto y comer unas rodajas de salame y queso. A juzgar por los pósters que vimos en su habitación, sus ídolos son Ricardo Iorio, Pappo, Ozzy Osbourne, el Beto Alonso, el Príncipe Francescoli, Ramón Díaz (tiene una foto con él), el Matador Salas, Osama Bin Laden, Mohamed Alí Seineldín, Moshe Dayan y un oficial alemán que resultó ser Otto Skorzeny (imagen), el jefe de los comandos especiales de Hitler, quienes, entre otras hazañas, rescataron a Benito Mussolini de su prisión.

Le pregunto por la inverosímil conjunción de Bin Laden, Seineldín y Skorzeny junto a un legendario Ministro de Defensa del Estado de Israel. Su explicación es un tanto larga y algo confusa, tal vez porque simultáneamente insistió en beber sangre de una comadreja recién degollada, desarmar y limpiar un impecable AK-47 y practicar puntería con una Parabellum sobre un blanco en el que se destacaban restos de un póster del antiguo goleador de Boca, Martín Palermo. Según J. J., no se trata de una muestra de afinidades ideológicas sino de admiración por "la gente con huevos, chabones con aguante, fiera" (sic).

J. J. es uno de los jefes de la barra brava de un importante club porteño al que, con el fin de mantener el anonimato de la fuente, llamaremos Defensores de Núñez. J. J. es el jefe de la Sección Comando de la barra, el sector más duro de la misma, especializado en "operaciones especiales". Le pido que me cuente cómo nació el grupo. J. J. dice:

"Fue en Caseros, cuando todavía estaba la cárcel. Yo era el pluma [cacique, jefe] de un grupito de chabones que éramos todos de [Defensores de Núñez], y le dábamos masa a los otros giles. Un día nos enteramos que [Los Pizzeros Genoveses, el rival dilecto de Defensores] mataron a uno de los nuestros en Mar del Plata, al Gordo Ricky. Ahí juramos que por cada uno de los nuestros que cayera, caerían cinco de ellos. Con nosotros estaba el Viejo, un quía que fue con el club a todas partes, qué se yo, Témperley, Victoria, La Plata... Una vez hasta fue a Rosario. El Viejo era un loco de la Segunda Guerra Mundial, de los comandos alemanes. Nos contaba historias de esos tipos, del frente ruso, la invasión de Creta... estaba muy loco. Medio trastornado. A mí me decía Skorzeny porque era el jefe. El tipo me hizo tomarle el gusto a esas historias de tipos con cojones de verdad, con aguante. Y ojo que los contrarios no eran ningunas monjitas. Los rusos eran terribles. Los yanquis y los ingleses, con todo lo mariquitas que son, tampoco eran nenes de pecho. Ésos son hombres, viejo. Qué me venís con paz y amor y esas boludeces hippies, loco. Me dan ganas de vomitar..." (aprovecha para descargar una ráfaga de AK-47 contra lo que parece ser un muñeco de peluche Beatle tamaño monstruo, sospechosamente parecido a John Lennon).

"Al salir de la tumba [cárcel] hicimos un entrenamiento tipo milico. Conocimos a otro loco, Sandoval, un correntino que había sido sargento y había estado en Malvinas, con los comandos. El tipo estaba prófugo, me parece... fue por la época de [la sublevación militar de] Semana Santa, los carapintadas, todo eso. Le hablamos a un dirigente del club, un amigo nuestro, y nos prestaron una quinta en Castelar. Un mes estuvimos. Corríamos diez kilómetros diarios, hacíamos una hora de gimnasia a la mañana y otra a la tarde. Había prácticas de tiro, armábamos y desarmábamos un arma con los ojos cerrados mientras recitábamos la formación de [Defensores] de 1975, Metropolitano y Nacional, al derecho y al revés. Al Viejo le costaba un huevo todo, era un tipo grande... y se nos quedó el día que Sandoval nos hizo una práctica de interrogatorio. Nos había enterrado hasta el cuello, nos untó con miel y nos hizo atacar por hormigas coloradas. El Viejo se hinchó, parecía un sapo cuando lo sacamos, pero no dijo nada. Al rato hacemos la práctica que más miedo nos daba, la de corte y confección. Teníamos que bordar una bandera del club pero con lo que encontrábamos a mano, tipo supervivencia en la selva, bien de comando, y el Viejo no va y se pincha un dedo con una aguja de coser... estuvo llorando y delirando tres días seguidos. Se murió nomás. Quedó sequito. Le pedimos permiso al presidente del club y tiramos las cenizas en la cancha. Pero había viento ese día y casi todo terminó en el foso. Pobre Viejo... le tenía terror al agua. Debe ser por eso que no se bañaba. Decía que de chiquito casi se ahogó una vez y que le quedó el trauma. Andá a saber".

Afuera empieza a anochecer. Son los primeros calores que anuncian el verano. Para mantener el fresco, J. J. Coletta (no, no insistan, no daremos su identidad; ni siquiera daremos el dato del club de sus amores) no enciende la luz. La oscuridad empieza a adueñarse de la habitación, y J. J. comienza a ser sólo una voz y una silueta en el corazón de la tiniebla: una cabeza calva y grande que se recorta contra la claridad que aún entra por la ventana. Su voz suena grave, lenta y profunda, tal vez por la oscuridad, o porque su voz es grave, lenta y profunda.

Después de una larga parrafada sobre las virtudes nutricionales de la sangre de comadreja ("tiene ácidos grasos y es buena contra el colesterol", dice) J. J. está listo para contarnos uno de los principales episodios de su vida de leyenda: el robo del Libro de Oro del Centenario del Club.

"Todo empezó cuando al Mostro [sic] González se le puso en la cabeza que nosotros no podíamos ganarle el clásico a esos putos porque [el ex presidente argentino Al Kassar] es un mufa de mierda, y decía que ese garca nos había cagado para toda la cosecha cuando firmó el Libro de Oro del Centenario del Club. Nadie le dio bola, hasta que perdimos otro clásico 3 a 0. El Mostro se sacó y dijo que si nadie hacía nada, él lo iba a hacer: iba a chorearse el libro y a quemarlo en medio del estadio. Ahí todos decidimos intentarlo: para probar, total... Además era un lindo desafío. Hicimos un laburo de inteligencia buenísimo, estuvimos como mil años con eso, hasta que uno de la Comisión Directiva que pensaba como nosotros nos batió la justa. Lo hicimos una noche que jugábamos en Colombia, por la Libertadores, que todo el mundo estaba mirando el partido. Para disimular, compramos los pasajes y todo, y a último momento nos bajamos del avión y no viajamos. Éramos cinco: dos coparon las entradas y los otros entramos por una ventana. Dejamos todo impecable. No rompimos nada; el cabeza del Indio se afanó una lapicera de oro con la cara del Enzo, pero nada más. Sacamos el libro de una vitrina y lo quemamos en el medio de la cancha. ¿Podés creer que la hoja que firmó el hijo de puta ése se voló del fuego? El Indio la corrió hasta el área chica, la rompió en cuatro, se comió un pedazo y tiró los otros al fuego A los quince días ganamos el clásico 3 a 0 de visitantes, con baile. Creer o reventar. Y el Indio... Pobre Indio. Creyó y reventó. Se le declaró un tumor fulminante en los intestinos y al mes se murió".

Pide más vino a su madre (vive solo con ella). Mientras la mujer viene, J. J. despotrica contra Rambo y las películas de ese estilo. "Si los americanos eran tan buenos ¿por les rompieron bien roto el orto en Vietnam? Los putos estaban llenos de falopa, escuchaban música marica y se cagaban hasta las patas con los ponjas. Por eso yo le pedí al presidente del club que nos ayudara a poner una fundación donde saquemos a los pibes de la calle y les enseñemos cosas útiles, instrucción militar, artes marciales, escuela de fútbol, todo eso que es tan lindo. Así los sacamos de la droga y de toda esa mierda, de la música de maricas faloperos, porque ya no se respeta ni a la madre ni al barrio ni nada. No hay códigos. ¿Cómo le vas a robar a un vecino? Habiendo tantos barrios con giles de guita... No se respeta la Patria, viejo. Ni a un patriota como Seineldín ¿a vos te parece? Si a los chicos no los sacamos de la calle nosotros, los agarra el Padre Grassi y les rompe el culo con la pija bañada en agua bendita".

Noto por la voz que está algo excitado, tal vez por el efecto flashback de la sangre de comadreja. Le pregunto si mira fútbol por TV, tratando de sacarlo de tema y tranquilizarlo. "Sí, miro fútbol inglés, mucho. El Liverpool. Me gustaba cuando estaba Lord Red Hell." Le digo que desconozco a ese jugador. "Ma' qué jugador. El jefe de la barra, un hooligan. Murió en la batalla del Heysel, contra la Juventus. Murió como un hombre." Tragando saliva, le pregunto si ahora le gusta alguno. "Los del Galatasaray. Los turcos ésos son re-jodidos. Los Diablos Rojos. Hay tipos que estuvieron en Bosnia, de voluntarios en la guerra. O en España, cuando cagaron a patadas a los putazos del Madrid. Me encanta Hakan Saray, el capo, que fue teniente de comandos en Chechenia. Un señor. Hablé con él en el aeropuerto, en Japón, en el Mundial. Un tipo correcto, un caballero. Sabe mucho de acá: me reconoció de la tele, de la vez en que le robamos la bandera a los putos [Pizzeros] en su cancha, en medio de la popular, el día que bajamos el helicóptero de la cana con un misil Stinger y salimos en la CNN. Me regaló una faca de mango verde con versículos del Corán."

J. J. afila una y otra vez un cuchillo que, me dice, es el que le regaló Saray. Respira agitadamente. Le pregunto qué acciones son las que recuerda más. "La vez que copamos una quinta donde el [Potrillito Omega] estaba enfiestado, de joda. Lo sacamos de los pelos y lo trajimos al club. Del susto, se alejó de la joda hasta que lo vendieron afuera. Pero lo recuperamos al pibe. Después... La vez que volamos con explosivo plástico la tanqueta de asalto de los [Sepultureros]. Usamos una bomba lapa que nos mandó un amigo que se fue a España. El chabón se puso en contacto con la gente del Bilbao, que tiene el mismo proveedor de armas que la ETA. Buena gente, los vascos."

O cuando "fuimos a hacer la pretemporada a un lugar en Misiones, porque hacemos pretemporada" – aclara, con tono amenazante - "y encontramos que los de [el Castillo del Virrey] nos habían ganado de mano. Los sacamos, pero fue terrible. La selva, el calor, los mosquitos... el horror. El horror."

Se queda absorto, silencioso en la oscuridad. Al rato lo sentimos sollozar. Nos miramos con el fotógrafo. Me acerco y le digo que se desahogue, que cuente esa temporada en el infierno verde. "El horror... el horror", me dice, triste. "La vieja me prohibió el postre por una semana, chabón. Por no hacerle los mandados. Pero la vieja es la vieja..." - suspira.

Nos vamos lentamente. Dejamos a J. J. desahogándose en paz. Oímos un par de veces más aquella apagada letanía - "el horror... el horror". Su madre nos abre la puerta de calle. La saludamos con respeto no exento de cierto temor. Afuera, los que nos trajeron con los ojos vendados no están. Miramos calle arriba y calle abajo, nos encogemos de hombros y tomamos Bacacay hacia el centro. En la esquina paramos un taxi.

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