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Más allá de la
incandescente guitarra de John Frusciante, de los gallos de Sting, de la energía
de los Foo Fighters, de las actuaciones (!) de Enrique Iglesias y Xuxa, los
múltiples conciertos de Live Earth intentaban crear conciencia acerca del problema
del calentamiento global. ¿Sirven para algo este tipo de acontecimientos?
"Vamos
a hacer un té con masas para juntar arroz, porotos y esas cosas que comen los
pobres".
Susanita,
en Mafalda, de Quino
Live Earth dio para
mucho, demasiado para el espacio de este artículo y para las limitaciones de
su autor. Empecemos por aquello que dejaremos de lado: de entrada nomás, ya
dijimos, el aspecto artístico del mismo. Internarse en las cenagosas aguas del
debate acerca del compromiso político y social del arte también trasciende los
objetivos de esta nota. (El debate no es la trivialidad de si está bien o mal
que León Gieco lo tenga o que Babasónicos no, sino si el artista debe necesariamente
asumir una postura ante los problemas de su tiempo). Lo mismo
pasa
con la discusión acerca de la ideología del rock, discusión que plantea una
petición de principio: que el rock es un movimiento o corriente que tiene una ideología definida, que permitiría explicar desde el nihilismo de los Sex
Pistols al hedonismo de Duran Duran, y de las proclamas filomarxistas de Manic
Street Preachers al Elvis Presley que defendía el servicio militar obligatorio,
por no mencionar a incontables bandas de skinheads neonazis. Y lo mismo sucede
con el análisis de las raíces del compromiso político y social de aquel rock
que sí lo tiene, y que podrían rastrearse en uno de sus antepasados musicales
(el folk y el country norteamericanos) mucho antes que en el otro (el blues
afroamericano).
¿Sirven los Live
Earth? Uso el plural porque el del 7 de julio pasado no fue el primer concierto
que postuló un determinado mensaje político o social. El precursor fue el Concierto
por Bangladesh de 1971, convocado por George Harrison, que recaudó fondos para
paliar la hambruna desatada en esa nación asiática durante su secesión de Pakistán.
(El concierto fue verdaderamente bueno, por cierto). ¿Los fondos? Llegaron en
cuentagotas, algunos
dicen que por un error burocrático, algunos dicen que gracias a los célebres
afanes del célebre empresario Allen Klein. ¿Bangladesh? Hoy, casi tanto
como entonces, una de las naciones más desdichadas del mundo. (Con la suba del
nivel de los océanos ocasionada por el calentamiento global, se afirma que el
país incluso podría desaparecer tragado por el mar).
El recuerdo del Live
8 de 2005 todavía está fresco. Hablo de la reunión de Pink Floyd, porque ¿quién
se acuerda de que su objetivo fue influir en las deliberaciones que el Grupo
de los Ocho celebraba simultáneamente en Escocia?
Y aquí estamos, Live
Earth mediante. Cuando llovían las críticas por el carácter escasamente ecológico
de una serie de conciertos que consumían tanta energía como una pequeña ciudad,
los organizadores contestaron que el impacto ambiental de los conciertos sería
medido por expertos y contrarrestado con acciones como plantar árboles, que
todas las luces utilizadas serían de bajo consumo, y que se invitaba a quienes
acudieran a los conciertos a compartir sus vehículos para que hubiera menos
emisiones de dióxido de carbono...
Hablamos de los organizadores.
Tampoco se escapó de las críticas la figura del impulsor principal del acontecimiento,
que por una vez no fue el omnipresente Bono (¡esas fotos con Bush
y
Tony Blair!) sino... el ex vicepresidente norteamericano Al Gore, realizador
del documental "Una verdad incómoda".
Además de que su nombre permanecerá asociado por siempre a la campaña censora
que su esposa Tipper desatara contra el rock en el mismo 1985 de Live Aid,
Gore fue el vicepresidente de un gobierno que no dudó en atacar militarmente
países hundidos en la miseria como Somalia, Sudán, Irak, Afganistán, Haití o
Serbia. Y por último, Gore es el político que se dejó robar sin chistar la elección
presidencial de 2000 por... un tal George W. Bush.
(En inglés, gore
es un subgénero del cine de terror, caracterizado por la extrema truculencia
de sus temas e imágenes. A lo mejor hay que entender la propuesta desde ese
punto de vista; entonces, uno podría considerar como ausencias imperdonables
las de Alice Cooper y su masticación de murciélagos, y KISS y su puré de pollitos).
Y aquí es donde
hay que admitir que, bajo ciertas condiciones, estos acontecimientos pueden
ser importantes: cuando operan sobre la conciencia colectiva. Después
de todo, el rock aportó su granito de arena para detener la guerra de Vietnam,
a través de artistas como Frank Zappa, Bob Dylan, John Lennon, John Fogerty,
Jerry García. Sin el rock, la historia de muchas conquistas sociales hubiera
sido mucho más difícil, desde las campañas de prevención del contagio de HIV
hasta la integración racial en Gran Bretaña o Estados Unidos, pasando por la
liberalización de la actitud ante la sexualidad y el aislamiento y derrumbe
del régimen racista sudafricano. Pero en todos esos casos, no se trató de tomarse
un fin de semana para hacer una buena acción: se trató de luchas que perseveraron
durante años, enfrentando la oposición de casi todo el establishment
político, económico, mediático y religioso. Esas luchas raramente tuvieron
vicepresidentes a su favor; por lo general los tuvieron enfrente.
En conclusión y por
última vez ¿sirven estos conciertos? Está por verse. (¿Se animarían las
estrellas de rock, de ser necesario, a cuestionar los fundamentos del mismo
orden de cosas al que le deben sus millones y su estrellato?). Como la respuesta
la dará el tiempo, creo justo que mantengamos abierto el crédito. A lo mejor,
en unos años, recordaremos a Live Earth como un momento importante en la creación
de una conciencia planetaria sobre el apocalipsis que las actuales generaciones
le estamos legando a nuestros hijos y nietos.
A lo mejor, entonces,
podríamos llegar a decir que Live Earth comenzó verdaderamente cuando se callaron
las guitarras.
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